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EL HOMBRE DE MONREAL
Fecha de post 3/9/2006 17:34:56
Autor jcmartin
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El automotor paró en la estación de Daroca con estrépito. Un individuo de aspecto siniestro se asomó a la puerta del vagón y durante un instante mantuvo la mirada perdida en la lejanía. Parecía dudar si había llegado a su destino, pero tras unos momentos, decidió que Daroca era un lugar tan bueno como otro cualquiera. No era ni alto ni bajo, pero debajo del gabán marrón con cuello de piel se adivinaba un cuerpo robusto. Su rostro anguloso y de mentón poderoso componía un gesto hierático, como esculpido en piedra; portaba en su mano derecha una vieja maleta de madera que habría conocido tiempos mejores. En el andén cruzó la mirada con Evaristo Casillas, el jefe de estación, que le observaba mientras se hurgaba las encías con un palillo, tratando de adivinar qué habría traído a esta parte del Jiloca a ese raro personaje. El forastero encendió un cigarrillo negro sin boquilla, se ajustó el cuello del gabán al cuello y con paso decidido se encaminó al pueblo.
En el abrevadero de la Puerta Baja jugueteaban dos niños con el agua. No tendrían más de trece años. Gastaban pantalones cortos que dejaban ver sus rodillas roñosas; alpargatas rotas de lona azul y jersey con cuello en uve que mostraban los cuellos sucios de sus camisas. Interrumpieron sus juegos al ver la extraña figura del forastero que avanzaba con parsimonia envuelto en una neblina vespertina que le proporcionaba un halo de misterio. Los miró desde la acera, ya a la altura de la casa de los Lozano. El autobús de Molina venía por la calzada haciendo sonar el claxon. El forastero esbozó lo que parecía una leve sonrisa e inopinadamente se lanzó a las ruedas del autobús. Apenas pudo reaccionar el conductor, pero en un alarde de reflejos pisó el frenó hasta el fondo y clavó el autobús en el empedrado. Las ruedas delanteras quedaron a un par de dedos del forastero, ahora ya el suicida, dejando el cuerpo oculto bajo la carrocería del vehículo.
Casimiro, el conductor, bajó apresuradamente del vehículo con el susto en el cuerpo pensando que lo había mandado al otro mundo. Maldecía su suerte. Pero la congoja se convirtió en ira cuando descubrió al individuo ileso sobre el empedrado. Lo cogió de la solapa del gabán y lo levantó del suelo hasta tener la cara enfrentada con la del suicida. No había miedo ni dolor en su cara e impertérrito soportó la arenga del airado conductor:
- Tú eres imbécil. Por qué quieres buscarme la ruina. Si te quieres suicidar cuélgate en un manzano o échate al tren o tírate al río, pero nunca, me oyes, nunca, te arrojes a las ruedas de un autobús, porque tu capricho es mi desgracia y la mis pasajeros- le dijo con una elocuencia que parecía salir de sus entrañas porque Casimiro era más un hombre de silencios que de palabras.
El conductor arrojó el cuerpo violentamente a la acera sin que hubiera reacción alguna del forastero, montó en su vehículo y desapareció por la calle Mayor.
Los niños habían presenciado toda la escena con una mezcla de curiosidad y asombro. El frustrado suicida se incorporó con la ayuda de los chicos. Las criaturas habían escuchado atentamente las rectas razones que asistían a Casimiro y la exhaustiva relación de posibilidades de suicidio que estaban a su alcance. Siempre a favor de obra y en su ánimo de colaborar con el forastero los zagales apuntaron otra posibilidad bien cercana:
- Si te quieres suicidar ahí tienes la balsa- apuntaron los muchachos con un punto de malicia.
Se referían a la balsa donde se recogían las aguas del molino de harina de la fábrica de los Lozano en su camino al río. La balsa tenía una compuerta que regulaba el caudal y donde se formaba un remolino, antes de desaparecer las aguas por un cauce soterrado que salía a la superficie formando otra balsa en la casa de los Iñigo, en su camino al Jiloca.
Los niños no hablaban a humo de pajas: el lugar era uno de los predilectos de los suicidas de la comarca para ahogar sus penas. Aunque también los había partidarios de la balsa del Santo Cristo en el Carmen o del tren, como apuntaba Casimiro, aunque en este caso el índice de mortandad descendía escandalosamente; mayormente, porque había mucho arrepentido de última hora que retiraba la cabeza del raíl en cuanto oía el pitido del tren, si bien presentaba un alto porcentaje de cojos y mancos por cuanto, no siempre daba tiempo a poner a salvo la anatomía completa. Ese fue el caso de Teodomiro Trasobares que se tiró al tren por un mal de amores y en el último momento se acordó de que tenía encaminada el agua a las patatas en Ancho y, por aquello del qué dirán, decidió ir a cerrar la tajadera. El arrepentimiento le llegó pronto para morir pero tarde para salvar la pierna derecha.
El forastero que desconocía la geografía del suicidio en el Jiloca Medio, miró la balsa que le señalaban los mozalbetes y debió apreciar su idoneidad para los propósitos que abrigaba. El caso es que se despojó del gabán y a la carrera se lanzó a la balsa. En escasos segundos el cuerpo se fue al fondo y desapareció de la vista. Pero al llegar a las proximidades de la compuerta el remolino de agua hizo aflorar el cuerpo a la superficie. Los muchachos vieron aparecer la mano y el pie derecho y pensaron que el suicida los saludaba antes de emprender su postrero viaje. Suicida pero educado debieron pensar, mientras con la mano contestaban diciéndole adiós. La corriente volvió a tragarse el cuerpo y el remolino volvió a llevarlo a la superficie, repitiéndose por tanto la escena de saludos y despedidas entre el que se iba y los que se quedaban. A la tercera ronda de saludos, cuando los muchachos ya daban síntomas de aburrimiento, el cuerpo desapareció y los chicos comprendieron que la corriente lo había arrastrado por el canal subterráneo y que ya no volvería a aparecer. Entonces corrieron hasta la balsa de los Iñigo donde de manera inexcusable debería aflorar el cuerpo.
Parece que estaban en lo cierto, porque en unos segundos vieron aparecer el cuerpo flotando a merced de la corriente. Se aproximaron a la orilla y con sus cinturones trenzaron un cabo que lanzaron con una maestría notable para su edad. Tras varios intentos, lograron enlazar el cuerpo y lo acercaron a la orilla. Todavía respiraba pero mantenía los ojos entornados. Uno de ellos recordó algunas nociones de primeros auxilios que le habían enseñado en el Frente de Juventudes y empezó a apretarle la tripa con las dos manos. El forastero empezó a expulsar el agua como un cachalote del Atlántico Norte pero no recuperaba el conocimiento, si alguna vez lo había tenido.
- ¿Qué habéis hecho esta vez, cabrones?- dijo la voz ronca del cabo Tiburcio.
El cabo Tiburcio era un animal con galones; jefe del puesto de la Guardia Civil en la Daroca de los años cuarenta; despiadado con los débiles y obsequioso con los poderosos. Apaleaba con igual saña a ladronzuelos de fruta que a padres de familia sorprendidos trabajando en festivo, por no hablar de los sospechosos de desafección al Régimen. Pero siempre saludaba con mucha ceremonia a las fuerzas vivas de la comarca, que lo despreciaban tanto como lo necesitaban. En esas circunstancias era la última persona que los mozalbetes hubieran querido ver.
Tuvieron que hacer un relato sucinto de los hechos reservándose algunos detalles por una razón de prudencia elemental; entre otros, cualquier referencia al intento de suicidio. En pocos minutos apareció el doctor Yus que certificó la gravedad del estado del forastero y ordenó su evacuación urgente al hospital de Zaragoza.
Durante semanas se debatió entre la vida y la muerte. Pero un buen día su organismo dio síntomas de recuperación, sin una razón aparente, que una de las enfermeras achacó a “sus ganas de vivir” y el capellán del hospital a la intercesión de la Virgen del Pilar.
Una mañana el médico le dio el alta. Antes de salir del hospital, en las únicas palabras que salieron de su boca desde el ingreso, preguntó a un celador dónde podía coger el tranvía “porque era de Monreal y no conocía la ciudad”.
Momentos después un hombre era atropellado por un tranvía en una calle de Zaragoza.
-------------------------- Al día siguiente Casimiro leía el “Amanecer” en la puerta del Capi cuando se encontró la siguiente noticia:
“Un hombre de Monreal muere atropellado por un tranvía en una calle zaragozana”
La información se completaba con detalles del suceso que el periódico atribuía a un caso de mala suerte, así como la paradoja de que ingresó ya cadáver en el mismo hospital del que acababa de salir tras una larga convalecencia tras un accidente que sufrió en Daroca. No había ninguna referencia a un posible intento de suicidio.
Esbozó una amarga sonrisa y vio a los mozalbetes apedreando a un perro por la plaza Santiago. Con un gesto los llamó y les mostró el periódico mientras les decía. - ¿Sabéis leer?- pregunta que puede parece hoy al lector absurda, pero nada irrelevante en aquella época.
Los muchachos sabían lo suficiente para comprender lo que decía y lo que ocultaba el periódico. Sin mediar palabra devolvieron el diario a Casimiro con el que intercambiaron una mirada de inteligencia.
La voz ronca pero desagradable de Tiburcio resonó como un trueno:
- Hombre, qué casualidad. Con vosotros quería hablar- mientras les administraba sendas collejas a los muchachos que se ya se barruntaban que no serían las últimas.
Otro que ya había leído la prensa aquel día.
JCMartín
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