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Daroca(18)


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21/05/2009
Categoría: Daroca

Autor: jcmartin (1:42 pm)
Siempre me producía inquietud entrar en aquella tienda. Cuando se abría la puerta una campanilla delataba la presencia del cliente y el tendero se hacía presente detrás del mostrador. Bajo su mirada había que recorrer tres o cuatro pasos sobre una tarima de madera que crujía como la cubierta de un galeón pirata. Cuando llegabas al mostrador te encontrabas la mirada grave de Heriberto Heredia interrogándote sobre el propósito que albergabas al irrumpir en su santuario. No era ni alto ni bajo; se peinaba hacia atrás con el pelo engominado; gastaba un bigotillo perfectamente perfilado como era corriente en la época. No me hubiera extrañado encontrarlo con camisa azul, botas altas y correaje, aunque habitualmente usaba una bata gris gastada por el uso.
Junto al mostrador tenía una vieja máquina de escribir Olivetti en la que entretenía el tiempo que le dejaba la escasa afluencia de clientes. Supimos que ejercía como corresponsal en el territorio del Jiloca del periódico de adscripción falangista Amanecer. Algunas veces lo veíamos recorriendo Daroca revisado el estado de conservación de los monumentos que salpican nuestra ciudad. Al parecer sus buenas relaciones con algún preboste del Régimen le había proporcionado una bicoca administrativa y sus visitas no eran altruistas sino que se correspondían con su desempeño como funcionario de Bellas Artes, pues tal era su cometido.

Años atrás había sido albañil y participado en las restauraciones que se produjeron en los años cincuenta en Daroca. Un día, de manera inopinada, dejó la profesión para instalarse como comerciante en la calle Mayor. Aquello dejó sumido en la perplejidad a más de uno y alimentó una leyenda que no le abandonaría en toda su vida. Una versión acabada de la historia la contaba Felicitas a todo el que la quería oír: al parecer, cuando Heriberto trabajaba en la restauración del torreón del Caballero de la Espuela había encontrado una olla repleta de monedas de oro. El hallazgo se produjo cuando trabajaba en solitario, por lo que pudo hacerse con el tesoro sin compartirlo con nadie. Eso le permitió retirase de la albañilería y vivir de las rentas. Como se viera obligado a disimular el hallazgo, montó la tienda para que sirviera de tapadera de los ingresos difícilmente justificables.

Esto explicaría la dejadez comercial que mostraba y la insistencia en mantener la tienda abierta cuando, a todas luces, el negocio era ruinoso. Más que una tienda era un museo: pequeñas muñecas, pistolas y sables, soldados, indios y vaqueros, todo en plástico, que nunca vimos vender. Nosotros no teníamos mayor interés por semejante arsenal de baratijas, sino en el intercambio de tebeos. Era una de esas tiendas de lance en las que, por una módica cantidad, podías cambiar los tebeos, novelas ilustradas de guerra o de vaqueros y fotonovelas. Aunque nuestro mayor proveedor era “El Ordinario”, ocasionalmente pasábamos por allí para renovar el arsenal de lectura.
Aquella mañana, con ese propósito, mi primo Paco y yo traspasamos la puerta. Encima del mostrador pudimos ver un plano y un ejemplar desvencijado de “La isla del tesoro”. Reconocimos de inmediato el libro por haberlo leído en una edición de la editorial Bruguera de la biblioteca. Cuando Heriberto advirtió nuestra presencia retiró discretamente el plano. Sin mediar palabra dejamos los tebeos sobre el mostrador. Heriberto, comprendiendo lo que queríamos, desapareció en la trastienda. Mi primo Paco y yo nos miramos y comprendimos que estábamos pensando lo mismo. Era la oportunidad de nuestra vida: sin duda aquello era el plano del tesoro. En algún momento enterraría la olla de monedas de oro en un rincón recóndito y aquel plano era el pasaporte para llegar a él. Sin ponernos previamente de acuerdo nos abalanzamos sobre el plano y lo desplegamos sobre el mostrador. Lo que vimos confirmó nuestras sospechas; era un plano de Daroca con una cruz sobre la calle Mayor que correspondería a la situación de la tienda. El resto de las calles no estaban marcadas, pero sí se reconocía la Iglesia Colegial y cerca de ella una aspa enmarcada en un círculo. No había nombres de calles ni de lugares pero sí algunos datos manuscritos que resultaban incomprensibles para nuestras mentes infantiles:

X, I ,50 P, D, 40 p…. T

Y una secuencia de letras: L H E A AB C…

Mi primo cogió un bolígrafo que Heriberto tenía en un vaso de cerámica y copió la leyenda sobre un trozo de papel de envoltorio, mientras yo estaba pendiente de la trastienda para advertir el regreso de Heriberto. Apenas me dio tiempo de avisar a Paco y éste precipitadamente dejó el plano y escondió el papel cuando el tendero apareció con un puñado de tebeos para elegir. No sé si nos llegó a ver, pero no me pasó desapercibido que esbozó una media sonrisa mientras nos miraba fijamente. Dejó los tebeos sobre el mostrador. Nosotros estábamos tan nerviosos que apenas reconocíamos los títulos de los tebeos que se nos presentaba para el cambio: algunos Capitán Trueno, mucho Pulgarcito, DDT y Tío Vivo, varios Hazañas Bélicas. Casi al azar elegimos unos cuantos, le dimos los nuestros al cambio y abonamos las diecisiete pesetas que importaba el lance. Salimos atropelladamente de la tienda no sin antes oír la voz de Heriberto que con cierta sorna nos decía:

- La lectura es un tesoro- mientras se reía a mandíbula batiente.

No se reirá tanto el incauto cuando lo desplumemos, pensé, mientras corríamos por la calle Mayor. En un banco de la plaza Santiago nos sentamos para descifrar el enigma.

No nos costó mucho descifrar la primera frase. No podía tratarse sino de una guía para localizar el tesoro. Era evidente que la equis inicial correspondía a la tienda de Heriberto. Y si se trataba de una dirección, la I sería izquierda, la P acompañado de 50 no podría ser otra cosa que 50 pasos. Así fuimos descifrando el misterio: la D es la derecha y así sucesivamente. Pronto estuvimos en disposición de verificar nuestras pesquisas.

Por la tarde nos situamos en la puerta de la tienda. A la izquierda había un callejón y por allí contamos cincuenta pasos. Siguiendo las instrucciones descifradas llegamos a la plaza Colegial y tras un giro hacia el este contamos los últimos pasos. Estábamos en la T, que sería la inicial de tesoro según nuestro corto entender. Llamarle T al tesoro tampoco es un prodigio de imaginación, pero para misterios insondables ya están Los Corporales. Probablemente, Heriberto no contaba con tener que vérselas con unas mentes tan engrasadas como las de la pareja de primos.
Miramos a nuestro alrededor buscando el sitio donde pudiera esconderse el Tesoro. Estábamos de nuevo en la calle Mayor, enfrente del cine Fuertes. De repente a nuestra izquierda divisamos un cartel con una T de dimensiones considerables. Más claro agua. Y por si hubiera alguna duda una leyenda debajo que decía” Letras del Tesoro”. Cuando la euforia se apoderaba de nosotros vimos un letrero que decía “Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Zaragoza, Aragón y Rioja”. Así que de esto se trataba.
El miserable de Heriberto se había reído de nosotros. Así que el tesoro está en el banco. Cómo no habíamos caído antes. Me imaginaba al fulano satisfecho de la lección moral que nos había dado, recordando que el mayor tesoro es el trabajo y otras estupideces semejantes. Se había reído de nosotros aprovechándose de la natural inocencia infantil.
Tras la humillación solo cabía la venganza. Y a ese objetivo encaminamos nuestras brillantes mentes. Qué se había creído. Sabíamos hacer ecuaciones de segundo grado y además mi primo llevaba gafas, datos que avalaban nuestra superioridad intelectual.

La última frase de Heriberto me daba vueltas en la cabeza: la lectura es un tesoro. No le extrañe al lector que la frase me diera vueltas en la cabeza. En realidad, en aquella época mi cabeza parecía una ferretería.

Con la frase en los labios nos encaminamos a la biblioteca pública que regentaba Doña Asunción, que doblaba sus labores de maestra nacional con las de bibliotecaria, gracias al tiempo que le dejaba libre su soltería. Nunca supe la edad que tenía aquella mujer pero sí que puedo afirmar sin riesgo a equivocarme que nunca se le vio despeinada. Tengo para mí que la permanente que exhibía no era obra humana, sino creación divina.

No sentamos en una de las largas mesas que había en la biblioteca con las notas que habíamos tomado en la tienda de Heriberto. Una pregunta me asaltaba: ¿qué significado tenía la secuencia de letras? Si todo el misterio se agotaba en la localización del tesoro ¿qué sentido tenían esas letras que aparentemente no significaban nada? En esas cavilaciones andaba cuando me levanté para ir a buscar una novela de Zane Grey o Emilio Salgari, que en aquella época devorábamos con fruición. Cuando pasaba por la mesa de doña Asunción advertí que tenía un buen número de libros nuevos pendientes de fichar. Me acerqué por curiosidad y me puse a repasar las portadas: un tratado de jardinería, una biografía de Carlos I… De repente un libro llamó mi atención “Numerología y filosofía mística”. Abrí el libro al azar y leí:

“Aquí hay sabiduría. El que tiene entendimiento, cuente el número de la bestia porque es el número de hombre: y el número de ella, seiscientos sesenta y seis”
Apocalipsis 13, 18


Quise entender que el nombre de un hombre puede ser representado por números y que el valor numérico de las letras del nombre de la Bestia asciende a 666. Aquello me interesó. Se citaba un libro “Numerorum mysteria” (¿el misterio de los números?) de un tal Petrus Bungus. Al parecer en el sistema de Bungus los números se asignaban a las letras del nombre. De manera que el 1 correspondía a la A, el 2 a la letra B y así sucesivamente. La letra K era el 10 y la L el 20 y a partir de la T los valores numéricos se incrementaban por centenas.

Empecé a sustituir la secuencia de letras por sus valores numéricos:

20851123……..

Cuando terminé se lo mostré a Paco.

- ¿Te suena este número?- Le dije sin demasiada convicción.

Paco ojeó el número distraídamente y sin darle importancia contestó:

- Eso es el número de una cuenta bancaria- y volvió a la lectura sin prestar mayor atención.

La opinión podía tener fundamento. No en vano, Paco había empezado a estudiar Banca en la celebérrima Academia Izquierdo de Calatayud, la principal cantera de trabajadores de la banca que había en Aragón. Cualquier día en el automotor de Calatayud se podía ver a chicos de toda la comarca haciendo interminables sumas y restas o ejercicios de contabilidad mientras regresaban a casa después de una jornada de estudio.

A partir de ese momento todo tuvo sentido. Era una cuenta corriente de la Caja de Ahorros donde el plano ubicaba el Tesoro. Al día siguiente, con el número cuidadosamente anotado en un papel, entramos en la sucursal de la Caja de Ahorros. En el mostrador estaba Gervasio Sánchez, buen amigo de la familia, lo que nos tranquilizó bastante.

- Hola ¿qué quieren los Gallos?- se dirigió a nosotros por el apodo familiar.

Le dejamos el papel sobre el mostrador y con cierta temeridad mi primo, como experto en asuntos bancarios, dijo con empaque:

-Queremos ver el saldo

Con alguna extrañeza se puso a buscar la cuenta. Y cuando pensábamos que se iba a descubrir el pastel y nos iba a echar a patadas, Gervasio pronunció las palabras mágicas.
- A ver, una cuenta infantil conjunta a nombre de Paco y Juan Carlos…Qué cosa más rara…
- La abuela María que nos abrió una cuenta cuando comulgamos- acerté a decir.
- Eso será…tenéis 100 pesetas, ¿qué queréis hacer?- dijo con profesionalidad.
- Sacar todo el dinero- dijo inmediatamente mi primo.

Con el dinero en la mano corrimos por la calle hasta la escalinata del Colegio, ya en la plaza de la Colegial. Después de una breve deliberación decidimos qué hacer con el dinero. Entramos en la tienda de Luisito “El Ordinario” y compramos el primer libro de nuestra vida:”Aventuras de un soldado de Napoleón”, en una edición barata con ilustraciones que nos dejó a buen precio porque tenía alguna tara en el encuadernado.
Seguidamente nos dirigimos en derechura a la pastelería Segura a por unos helados de nata. Mientras dábamos buena cuenta de los helados pasamos por la puerta de la tienda de Heriberto. El tendero estaba en el quicio de la puerta y riendo abiertamente nos espetó:

- La lectura es un tesoro, chavales

Y tú que lo digas Heriberto.


JCMartín
04/12/2007
Categoría: Daroca

Autor: jcmartin (7:03 pm)
Ricardo siempre dice que le gusta venir a Daroca para poder hablar. No le falta razón. En ningún sitio como Daroca para hablar; pero hablar como una de las bellas artes, sin razón ni necesidad, como no sea la de entretener y ser entretenido. Hablar no para vencer, ni para convencer, ni siquiera para ofender o para deslumbrar. Hablar por hablar.

Hablar de todo y con cualquiera; con conocimiento de causa o sin él. Como aquella legendaria discusión en el “Al fondo Guerra” en la que se ventilaba un asunto tan controvertido y de tan candente actualidad como “El aoristo en el griego clásico”. La cualificación de los tertulianos, en el mejor de los casos, era algún curso de griego en un colegio de curas; y en el peor estaba Fulgencio, que no había terminado la EGB, pero intervenía con la solvencia de un Homero redivivo.

Hablar en Daroca exige una preparación física propia de un atleta olímpico y el hígado de una oca. Bien por la duración de las conversaciones, bien por el alcohol que se ingiere para lubricar la lengua. Hasta donde sé, el récord lo ostentan Perico y Eugenio que sostuvieron una conversación durante veinticinco horas seguidas (testimonio de diferentes testigos han permitido reconstruir la secuencia temporal). Cuando terminó la conversación, la despedida figura en los anales del surrealismo darocense:

- “Ya hablaremos”, dijeron las criaturas.

Por mi parte, he participado en muchas de estas justas verbales. Siempre a favor de la controversia. Si alguien defiende una posición por sensata y bien fundada que sea, yo mantengo lo contrario. Pero si por alguna extraña razón mi interlocutor cambia de opinión, modifico mis posiciones para que el debate no decaiga. No es de extrañar que mis enemigos me atribuyan una insoportable levedad intelectual.

Otro género es el de la narración oral. Tenemos la suerte de contar con alguno de los más portentosos narradores orales que se puedan encontrar. Este género exige el compromiso de no cuestionar la veracidad de la historia; es un dato irrelevante. El único compromiso que tiene el narrador es que la historia sea buena y esté bien contada.
Recuerdo cierta Nochebuena en la que Pedro nos estaba refiriendo su visita a cierto lupanar de lujo en Paris. Un palacete neoclásico regentado por una rubia oxigenada que reventaba las costuras de su vestido como una serpiente antes de mudar la piel; un escote palabra de honor que desnudaba los hombros y escondía los secretos de mil noches de placer mercenario. En el establecimiento ejercía como una diosa del amor su hija: una Lolita pecotosa, con un cuerpo en formación y el vicio en las venas. Escaleras de mármol de Carrara y muebles art decó. Champán servido en copas heladas de cristal de Bohemia. Habitaciones con cortinas estampadas que recreaban escenas del Kama Sutra y sábanas de raso en camas de ébano torneado. En fin, en este plan. La historia y la magia de la narración se vio interrumpida abruptamente por Pilar cuando reprochó al narrador:

- Eso no es verdad

Miramos a la aguafiestas con cara de pocos amigos y tuvo que plegar velas. Eso no se hace.
Nadie osó enmendarle la plana a Martín cuando refería su aventura aérea. Al parecer, un amigo suyo tenía una avioneta para fumigar cereales y le invitó a dar una vuelta por el territorio del Jiloca. Como viera a su amigo Eusebio andando por el camino de Las Suertes decidió gastarle una broma. La avioneta se lanzó en picado hacia el pobre Eusebio que aterrado no acertaba a encontrar un escondite. La pericia del piloto se puso de manifiesto cuando, con la punta del ala del aparato, le quitó la gorra de la cabeza, sin tocarle ni un pelo, para rápidamente ganar altura. Eusebio, apenas se hubo repuesto del susto, elevó el puño al cielo en gesto amenazante. Martín, entre risas, le lanzó en un papelito un mensaje tranquilizador para Eusebio: “no te preocupes, soy tu amigo M.”. El Eusebio, que sabía apreciar una buena broma, devolvió enfervorizados gestos de saludo. Desde el Barón Rojo no se había visto tamaña hazaña aérea.

Adentrándonos ya, en lo que el amigo Víctor denomina el realismo mágico darocense. Contaba mi primo Paco, que Juanillo se ganaba la vida explotando cuatro vacas lecheras. Aquella temporada, bien fuera porque bajó la producción láctea de los animalicos o porque hubiera más personal en el pueblo coincidiendo con las fiestas, el caso es que se las veía y deseaba para poder atender la demanda de leche. Así que recurrió al procedimiento conocido como bautismo, nada infrecuente en su práctica profesional. Tomaba el agua de una rambla próxima para mezclarla con la leche en una versión contemporánea del milagro de las bodas de Caná. Una tormenta veraniega provocó que el agua de la rambla empezará a bajar turbia. Juanillo no era un hombre que se dejará arredrar por minucias. Continuó añadiendo a la leche el agua, antes cristalina. La leche presentaba un color marrón tierra de difícil justificación. Pero todo en esta vida tiene una explicación y Juanillo la encontró. Cuando la tía Jenara mostró su extrañeza por el color de la leche, Juanillo le disipó las dudas que pudiera albergar:

- Pero mujer, no te das cuenta de que esta leche es de la vaca “roya”

La tía Jenara lo entendió perfectamente; nada más lógico que el color de la leche coincida con el de la vaca. El sentido común impidió que prosperaran otras interpretaciones milenaristas, como la que comenzó a propalar Eutimia Barruntos que consideró que el fenómeno de la transubstanciación de la leche era la primera de las plagas bíblicas que preludiaban el fin del mundo. La teoría se vio reforzada al día siguiente cuando cayó una pedregada en el territorio del Jiloca. Eutimia consideró como una evidencia de sus tesis, semejante concatenación de desgracias. Benigno, un monje del racionalismo, consideró que lo milagroso hubiera sido que no apedreara un año en el territorio del Jiloca.


Mis preferidos son los creadores de imágenes o los inventores de palabras o expresiones que renuevan periódicamente el acervo cultural del territorio del Jiloca. Como Luisito, que en una fría noche del franquismo crepuscular, cuando crujía la escarcha, irrumpió en Legido en mangas de camisa y mientras su figura se recortaba en el quicio de la puerta, lanzó su gritó de guerra:

- Viva el comunismo libertario…..-

No había rematado la frase cuando advirtió la presencia de una pareja de la Guardia Civil. Como viera comprometida su situación, reaccionó demostrando una notable rapidez de reflejos y flexibilidad ideológica, completando la frase de manera antológica:

- “Viva el comunismo libertario… y la Guardia Civil”.

Delfín es otro de los más fecundos creadores de imágenes. Una noche, bañada por la luna y la sopeta, nos encontrábamos en las fiestas de San Martín traspasados por la euforia. Esa sensación de bienestar y felicidad mental transitoria la resumió de la mejor manera posible. Me agarró del brazo y mirándome a los ojos me dijo:

- Juan Carlos ,esto es el “ Music- Hall de Comansi”

Todavía hoy no entiendo como se produjo esa prodigiosa asociación de imágenes.

De similar altura visual y literaria es la frase que se atribuye a la peña El Chaparro. Como te vieran en circunstancias escasamente dignas o en estados de conciencia alterada, te espetaban:

- ¿Hay barro u qué, Mildred?

Una versión mejorada de los narradores orales eran los que acompañaban el discurso con una adecuada puesta en escena. Entre ellos estaba Fermín.

Cierta noche se presentó en las fiestas de Báguena con una cabra y una trompeta. Se recorrió todas las peñas atrapando al personal en una disertación que versaba sobre la cabra y sus virtudes como animal de compañía. La “performance” se completaba con diversos números circenses con la cabra como protagonista. Con estas y otras tretas trabó relación con Venusiana, joven escasamente avisada y de encantos discutibles, a la que llamaremos Veni por respetar sus deseos. La madrugada estaba avanzada, cuando la parejita se desfogaba en el asiento trasero de un SEAT 1430 aparcado en la rambla de Anento, mientras la cabra, sentada en el asiento del conductor, devoraba un fajete de cerrajillas, segadas por el propio Fermín en un ribazo al objeto de mantenerla entretenida , mientras le cumplía, o así, a Venusiana. Bien fuera por el alcohol, la ingesta de estupefacientes o la impericia sexual de Venusiana, el caso es que el clímax se retrasaba; Veni había agotado todo su repertorio de gemidos y presentaba síntomas crecientes de aburrimiento. La cabra había dado buena cuenta de las cerrajillas y comenzó a balar desconsoladamente. Los berridos de la cabra estaban desquiciando a Fermín, que se juró que haría chorizos con ella, en cuanto apañara lo de Veni. Así que le abrió la puerta del coche. La cabra saltó a la rambla, no sin antes llevarse en la boca la ropa interior de los amantes. El animal se perdió por la rambla en dirección al pueblo y fue a parar a la plaza, todavía concurrida. Los mozos detuvieron a la cabra y le arrancaron el bocado. ¿De quién serán estas bragas? La pregunta hubiera sido meramente retórica o no hubiera tenido respuesta, si la madre de Veni no hubiera tenido la ocurrencia de bordarle en rojo su nombre en las bragas. Fermín demostró ser hombre precavido porque, si bien había personalizado los calzoncillos, al menos, había utilizado pseudónimo: “Abanderado”. A primera hora de la mañana, el alguacil, bien secundado por una cuadrilla de mozos insomnes que querían ver la reacción de la damisela, le devolvió la ropa interior a Veni y de paso le otorgó la guarda y custodia de la cabra hasta que el pleno del consistorio decidiera sobre su destino último.

No había pasado ni una semana cuando Fermín se presentó en casa de de Veni. Su padre abrió la puerta, con una escopeta cargada de postas en una mano y le espetó:

- ¿Vienes a pedir la mano de la Veni?- le dijo con el ceño fruncido.
- En realidad vengo a por la cabra- le contestó Fermín con un empaque suicida dadas las circunstancias.

El padre entró en casa y salió con la cabra y la Veni, que portaba una vieja maleta. Le hizo entrega de ambas a Fermín. Éste no consideró oportuno llevar la contraria a alguien con una escopeta en la mano. Cuando la comitiva se alejaba de la casa, el padre de la feliz novia, a modo de despedida, le dijo:

- Ah, puedes llamarme papá- y cerró la puerta de un portazo

Y así fue cómo Fermín abandonó la soltería; se recluyó en casa y se volvió taciturno y parco en palabras; él, que había sido el mejor narrador del territorio del Jiloca.

JCMartín
31/05/2007
Categoría: Daroca

Autor: jcmartin (2:54 pm)
En cuestióna de procesiones, Used ha arrasado este año; ya lo siento, porque la del Santo Entierro en Daroca tuvo mucho lustre. En Used recuperaban una vieja procesión de Jueves Santo. El `personal procesionaba disfrazado de romano y otros personajes bíblicos. El evento había atraído la atención de la televisión aragonesa que había desplazado a un aguerrido reportero del programa “Aragón directo”. La presentadora anuncia una conexión con la procesión que se estaba celebrando en ese momento. Se abre el plano y aparece el risueño reportero haciendo su entradilla vestido de romano, con una lanza en una mano y el micrófono en la otra. El tribulete era un chico joven, muy joven y se le veía muy metido en situación; anuncia a la audiencia que va a entrevistar a algunos de los participantes. En ese momento pasa un figurante que hacía el papel de Jesucristo con una gran cruz a cuestas. El animoso periodista le aborda y le mete el micrófono en la boca.

- ¿Cómo va eso Jesucristo?- le pregunta el tribulete.
- Ya ves – le responde lacónico el interpelado

Cuando esperaba que empezara a hacer preguntas de mayor enjundia y habida cuenta de la familiaridad con la que se trataban, el periodista pareció perder el interés por el entrevistado. Creo que fue una ocasión fallida, a ver cuando el fulano va a tener otra vez la oportunidad de entrevistar a Jesucristo en exclusiva. Si hubiera trabajado para otros programas más serios como “El Tomate” le hubiera hecho las preguntas que todo el mundo esperaba: ¿Qué hay de los rumores de su relación con María Magdalena? ¿Es verdad que ha vendido el reportaje de la resurrección al “Hola”?
El caso es que como no le daba mucho juego se dirigió a por otro procesionario; éste representaba la figura de un hombre barbado, de aspecto venerable y túnica hasta los pies. El intrépido enviado especial debió pensar que este daría más juego que el escasamente hablador Jesucristo. Para saber no hay cosa mejor que preguntar y se enfrascó en la faena:

- ¿De quién vas disfrazado?- , el tuteo se imponía porque había confianza.
- De Abraham - , respondió el aludido con patriarcal seguridad
- ¿De Abraham Lincoln?- repreguntó el periodista sin fronteras pensando que estaba vez si que había pillado cacho y tenía un personaje de enjundia.

El momento era tenso; el Abraham no sabía qué responder y el tribulete aguantaba el primer plano esperando inútilmente la contestación a tan aguda pregunta. La situación era delicada porque el uno no sabía quién era Abraham y el otro no sabía quién era el tal Lincoln, ni si tenía familia en Used.

El reportero resolvió la situación buscando con la mirada otro personaje. Más allá vio a una mujer con un disfraz muy aparente y con la lanza y el micrófono se fue hacia ella dando grandes gritos:

- María Magdalena, María Magdalena…, decía la criatura, dejando sumido en la perplejidad al Abraham postizo.

Del Antiguo Testamento no tiene ni idea, pensé, pero del Nuevo Testamento ha debido ver la película.

JCMartín
20/03/2007
Categoría: Daroca

Autor: lorien (2:27 pm)
EL TIEMPO RECUPERADO III

Hoy en día, que pensamos en grandes desarrollos (me refiero a los urbanísticos) en las áreas periurbanas, creando de esta manera la figura de los urbanitas en territorio rural, muy distintos a los rurales o neorrurales que queremos fomentar en nuestros pueblos, tenemos que reflexionar sobre el valor de la vida en el medio rural, tal y como comentaba en el apartado anterior.

Porque una vez que aseguremos los servicios en todos los pueblos, comarcas y subregiones tal y como establece el programa marco de ordenación del territorio para Aragón, debemos fomentar el “modo de vida rural” o “rural way of life”, para que así suene más científico (no sé por qué a los nombres castellanos o aragoneses hay que rebautizarlos en inglés para hacerlos más científicos).

El modo de vida se concreta en esas pequeñas cosas que tenemos los de pueblo y que por cotidianas no les damos valor.

En este modo de vida entran muchas cosas, pero voy a distinguir cuatro:

- El valor del tiempo. En el modo de vida rural hay otra medida de tiempo, pero no por lo típico que se dice de que se aprovecha más (cuando hay que salir de viaje se aprovecha menos), sino por la forma de distribuirlo, y eso es muy importante. Entiendo que en general hay otra manera de vivir el tiempo.
- El valor del vecino. Para bien o para mal, hay “VECINDAD”. Eso tiene muchísimas ventajas e inconvenientes, pero es otro tipo de relación social.
- El valor del entorno paisajístico y ambiental. Saber vivir sin agredir el paisaje, ni el entorno, pero en nuestra vida diaria. En este campo hay mucho por hacer, puesto que nos llegan referencias urbanitas para problemas rurales. Hay quien piensa, como están haciendo en China, que pintando una montaña de verde se solucionan problemas de impacto ambiental. Dígase plantando dos macetas. Un caso claro de esto que digo es que año tras año, durante muchas generaciones se han intentado plantar pinos en la ladera de San Jorge, porque tenemos la herencia del “Día del Arbol” venida sobre todo de la ciudad. Pues bien, al final, y después de varios intentos, han agarrado pinos en una ladera que hasta hace 100 años no tenía ni un árbol, entre otras cosas porque eran terrenos de pastizal, y la consecuencia es que muy probablemente las raíces fastidiarán los restos arqueológicos que salen prácticamente en superficie.
- El valor del entorno urbanístico. Da otra visión del mundo el urbanismo rural, tan distinto al urbano. Por eso siempre que se intentó hacer urbanismo urbano en los pueblos rurales con aspiraciones de “progreso” en los últimos decenios del anterior siglo, han tenido como consecuencia fracasos y que los pueblos dejen de ser atractivos para su desarrollo. Igualmente ahora, en otros muchos sitios se quieren hacer macrourbanizaciones en los alrededores de los pueblos so pretexto de salvar económicamente a los ayuntamientos y fomentar su desarrollo y su futuro. Se ha demostrado que no es así.

Dicho esto, debemos inmediatamente diversificar la economía rural. El mundo rural no es sinónimo de agrario. Debe compartir su economía con los sectores secundario (transformación) y terciario, incluida la comercialización, servicios técnicos, etc… Es así como se dibujará también una economía sostenible en un medio de vida propio que debe mirarse con orgullo, aceptándose en lo distinto, en lo que se es, en el recuerdo de la herencia de ser de los antepasados (que por cierto eran de orígenes muy distintos y plurales).

PD.: Boi agora a dezir bellas parabras en aragonés ta que remeremos que bi-ha atrás luengas en iste país, entre eras ista que aspreso, que ye de raso parato. Mos da muita bergoña mesmamén charrar lo castellán con azento, asina que no digo atras esprisións. No estarba de más que se fe-sen curséz ta conoxela y amostra-la
11/10/2006
Categoría: Daroca

Autor: jcmartin (9:09 am)
No había razones para que aquella mañana de domingo fuera diferente a otras. Los hijos de Juan estaban plantando las patatas en la partida de santa Bárbara. Agustín, el mayor, aunque no había cumplido los dieciocho años, cortaba las patatas de siembra. Antonio, el mediano, abría los surcos con un arado de vertedera, tirado por una mula torda que respondía al nombre de Leona(o no; porque el animalico era harto imprevisible). Felisín, todavía un muchacho imberbe, depositaba con cuidado los gajos de patata en la ladera del surco procurando mantener la distancia de un paso entre bocados.
La mañana había sido fresca, pero desaparecida la neblina matinal, el día se prometía luminoso. Solamente la voz de Antonio dirigiendo a la caballería rompía el silencio en aquella mañana primaveral. La faena corría cierta prisa porque se estaba pasando el tempero.

Cuando la labor estaba ya vencida, dos figuras fácilmente reconocibles se recortaron por la ladera de un tozal. Vestían de verde con capa y tricornio. Agustín levantó la mirada y los vio a menos de un centenar de pasos; dio el aviso a sus hermanos, que se apresuraron a quitarle el aparejo a la mula. Pero ya era tarde. Los civiles cayeron sobre ellos cuando apenas le habían quitado el collerón y habían soltado la mula del arado.

- Estaos quietos- dijo el cabo Tiburcio que parecía dirigir el operativo policial.
- Es que se pasaba el tempero y en las fechas que estamos….-, apuntó Agustín a modo de disculpa.
- Chavales, sabéis que no se puede trabajar en domingo.- dijo Tiburcio, mientras sacaba una especie de libreta para iniciar el procedimiento sancionador.

La situación se barruntaba complicada. Tiburcio no era persona que atendiera a razones salvo cuando revestían forma de órdenes. Además, eran conocidos los métodos de persuasión del personaje. La única posibilidad que se atisbaba era que el cabo Tiburcio no fuera capaz de redactar el boletín de denuncia. Hipótesis no absolutamente descartable habida cuenta de la manera en que escribía:

- A- GUS- TIN…-, el interfecto anotaba en la libreta los nombres de los infractores, mientras los deletreaba en voz alta.


Leoncio, el número que completaba la pareja, observaba a su superior con una mezcla de fastidio y desaprobación. Fijó la mirada en los muchachos, dio un respingo y preguntó:

- ¿No sois los hijos de Juan?

Los muchachos se miraron y comprendieron que había una última oportunidad de salir bien librados del chandrío. Comoquiera que Leoncio viera confirmadas sus sospechas se dirigió a su superior jerárquico.

- Son los hijos de Juan.- dijo a modo de sentencia, como si ya no hiciera falta decir más.
Juan era guarda rural y compañero de correrías de Leoncio. Ambos eran conocidos en la comarca por su afición al morapio y a las mujeres, con las que tenían un éxito tan notable como sorprendente.

Tiburcio, bien por no enfrentarse a su compañero o bien para librarse del engorroso trámite burocrático, rompió el boletín de denuncia con cierto alivio. La historia parecía resolverse en una mera anécdota. Pero no estaba de Dios que las cosas quedaran así.
Tiburcio pasó la mano por el lomo de la caballería mientras pronunciaba las palabras que iban a desencadenar los acontecimientos:

- ¡Ay! qué mulica torda…

No pudo terminar la frase. Apenas sintió la mano del guardia sobre su lomo, la mula soltó una coz brutal que dio con Tiburcio en el suelo. Los hijos de Juan no pudieron evitar una discreta sonrisa entre dientes. Sin embargo, Leoncio no pudo, ni quiso, amortiguar las carcajadas. Era más de lo Tiburcio estaba dispuesto a aguantar. Así que se incorporó; se echó a la cara el fusil Máuser que llevaba en bandolera y se dispuso a acabar con el animal del demonio. Aquello hizo cambiar el semblante de los hijos de Juan que mudaron de inmediato su gesto por otro de alarma. El animal era el único medio de tracción de que disponían y en buena medida del trabajo de la mula dependía el sustento de toda la familia. El pequeño Felisín, dotado como pocos para el melodrama, decidió salir a escena. Se interpuso entre el animal y Tiburcio (qué coincidencia) y con los brazos y piernas en forma de aspa intentaba detener al guardia en su pretensión de acabar con el animal.

- Aparta, chaval que te pego cuatro tiros a ti también.- dijo Tiburcio fuera de sí y con el dedo acariciando el gatillo del arma. Su mirada devolvía una fanática determinación.


Felisín se abrazó a la mula y se hizo uno con ella, en un intento de protegerla con su cuerpo. Había pánico en su expresión pero también una decisión cercana al martirio. Sus hermanos dudaban si hacerse solidarios con el inconsciente Felisín o lanzarse a por Tiburcio; aunque no descartaban, ni mucho menos, otras posibilidades menos heroicas, como echarse a correr o implorar a Tiburcio que no matara a la caballería (bueno, y a Felisín, claro).

Leoncio intervino de nuevo para evitar el drama rural y le habló a Tiburcio en término conciliadores, pero con firmeza en su voz:

- Vamos, no me jodas. Deja al chico en paz.- mientras con la mano desviaba el cañón del máuser hacia el cielo.

Tiburcio pareció tranquilizarse; se echó el fusil al hombro, iniciando una retirada estratégica que a los muchachos les supo a victoria. Cuando se alejaba del animal vio unas iniciales grabadas a fuego en el cuarto trasero derecho del animal: “C. N. T”.
Aquello pareció sublevar de nuevo al levantisco guardia.

- ¿Y esto que es?- preguntó con rabia.

Esas siglas, en los años siguientes a la Guerra Civil, sólo podían significar una cosa. Y era la excusa perfecta para que Tiburcio acabara con el jumento.

Pero el mayor de los hijos de Juan anduvo despierto y le ofreció una improvisada explicación, no exenta de ingenio.

- Es que compramos la caballería al tío Canuto y por eso lleva sus iniciales-, dijo con empaque

Tiburcio silabeó la palabra canuto mientras contaba con los dedos y pareció dar por buena la explicación, aunque sin mucho convencimiento.

No tardó Tiburcio en convertirse en el hazmerreír de la Casa Cuartel cuando se divulgó el incidente. Como un loco salió a la calle dispuesto a zanjar la cuestión. Entró en Casa Macanche (en realidad en el cartel ponía “El Imperio Vinos”, pero como la mayoría de los parroquianos no tenían letras, pocos lo sabían) e interrogó a varios clientes sobre el particular. Tras varias rondas de gañote, a los parroquianos se les fue soltando la lengua y Tiburcio pudo atar cabos. La mula pertenecía al ejército comandado por el anarquista Ascaso que luchaba en la parte de Huesca. Cuando las tropas franquistas rompieron el frente requisaron abundante material bélico, entre el que se encontraba el jumento. Un oficial vendió el animal a los especuladores que, en la retaguardia, acompañaban al ejército franquista en su avance, haciéndose por cuatro reales con los despojos del ejército republicano, en plena desbandada. Con el cargamento acudió a la feria de san Andrés de Daroca y vendió el animal a Juan por treinta duros.

Tiburcio salió de la cantina con los ojos inyectados en sangre, bien porque la rabia le quemaba la sangre, bien por el morapio ingerido en el curso de la investigación policial. Montó el arma reglamentaria y se dirigió al camino del Puente Tablas, por donde habrían de pasar los hijos de Juan, camino de casa.

No tardaron en aparecer los chavales llevando del ronzal a la mula. En medio del camino los esperaba Tiburcio: el arma en la mano derecha pegada a la pernera; el puño izquierdo cerrado, un Ideales en la comisura de los labios e ira, mucha ira, en el rostro.

Los hijos de Juan que lo vieron desde el Puente Tablas ralentizaron el paso mientras cuchicheaban entre ellos. No tardaron en interpretar la situación: le quitaron la albarda y el ronzal a la caballería; le dieron una palmada en los cuartos traseros y el animal volvió grupas iniciando una huida al galope tendido. Así fue como “Leona” pasó a la clandestinidad.

Pero Tiburcio era un hombre de acción y comenzó la balacera. Aquello parecía el duelo en O. K. Corral. Las balas silbaban por encima de la orejas del animal, mientras los muchachos, tumbados en el suelo, mordían la hierba del ribazo y lloraban de miedo.

Afortunadamente, el pulso de Tiburcio ya no era el que había sido cuando perseguía al maquis por la serranías del Maestrazgo. Qué tiempos. Cuando en una noche de plenilunio tuvo en el punto de mira a un guerrillero mientras huía por una escarpada ladera. Desde entonces había vivido macerado en cazalla. Hay quién dice que los remordimientos no le dejaban vivir y otros que el odio le impedía morir.

El animal ganó la carretera de Atea y se perdió por la rambla de Daroquilla. Tiburcio tiró con rabia el fusil al suelo, mientras elevaba al cielo un juramento.

Al día siguiente los muchachos volvieron a la pieza con la intención de rematar la faena, esta vez con las azadas, ya que no contaban con el concurso de la mula. Cuando llegaron a la finca no podían dar crédito a lo vieron: la mula estaba al pie del tajo esperando para reanudar la tarea. Después de las carantoñas de rigor, engancharon al animal en el arado.

Al acabar la tarea, le despojaron del aparejo y el animal volvió a recobrar la libertad. El episodio se repitió a diario; unas veces campaleando la remolacha, otras surqueando la tierra para sembrar las judías…Día tras día la mula acudía al trabajo como si de un imperativo moral se tratara.

El hecho se difundió con celeridad por el territorio del Jiloca. El animal empezó a ser tratado como un símbolo de libertad en una sociedad cautiva. En una casilla de los Rebollares nunca le faltaba grano y paja en el pesebre. El herrero del pueblo le cambió una herradura que tenía en mal estado y Toribio, el esquilador, le arregló las crines. El día del Corpus se pudo ver su silueta recortada en el Alto del Val.

El asunto traía de cabeza a Tiburcio que acosaba a los hijos de Juan en busca de la mula fugitiva. Los muchachos desplegaban todo tipo de ardides para evitar que el guardia pudiera seguir la pista del animal. El resto de los guardias se desentendieron del asunto que se convirtió en algo personal entre Toribio y el animal. Dos inteligencias enfrentadas. En una ocasión Toribio creyó sorprender al animal bebiendo en el Jiloca, pero el animal pudo huir vadeando el río. Desde la otra orilla el animal desafiaba al guardia piafando, antes de desaparecer por un panizo.

Al tiempo la mula dejó de verse; no acudía a trabajar, ni pernoctaba en los lugares donde solía.

Entonces comenzó la leyenda. Hubo gente que aseguraba haberla visto por las cresterías de la sierra de Orcajo. Pronto se hablaba de un caballo azabache que corría con la crines al viento por la Pedrosa. Nicomedes Ventura, el pastor, juró haber visto a un caballo blanco en una noche de luna abrevando en la rambla de Balconchán. Don Manuel, maestro nacional, tan aficionado a la mitología como a los revueltos de anís, contó en el Capi, cómo un centauro rampante le apareció en medio del camino de Ancho en actitud amenazante.

Un día Tiburcio apareció muerto. Al parecer, borracho, cayó de bruces en el cauce del Río Viejo. Encontraron el cuerpo boca abajo, la cara hundida en el fango entre berros y carrizos. La autopsia hablaba de muerte accidental por ahogamiento. Sin embargo, el forense añadió una coletilla inquietante:

“Se desconoce el origen y relación con el ahogamiento de una herida en la espalda en forma de U invertida”.

O en forma de herradura, pensó Leoncio, cuando leyó el informe forense.

J C Martín
03/09/2006
Categoría: ciencia ficcion

Autor: jcmartin (5:34 pm)
El automotor paró en la estación de Daroca con estrépito. Un individuo de aspecto siniestro se asomó a la puerta del vagón y durante un instante mantuvo la mirada perdida en la lejanía. Parecía dudar si había llegado a su destino, pero tras unos momentos, decidió que Daroca era un lugar tan bueno como otro cualquiera. No era ni alto ni bajo, pero debajo del gabán marrón con cuello de piel se adivinaba un cuerpo robusto. Su rostro anguloso y de mentón poderoso componía un gesto hierático, como esculpido en piedra; portaba en su mano derecha una vieja maleta de madera que habría conocido tiempos mejores. En el andén cruzó la mirada con Evaristo Casillas, el jefe de estación, que le observaba mientras se hurgaba las encías con un palillo, tratando de adivinar qué habría traído a esta parte del Jiloca a ese raro personaje. El forastero encendió un cigarrillo negro sin boquilla, se ajustó el cuello del gabán al cuello y con paso decidido se encaminó al pueblo.

En el abrevadero de la Puerta Baja jugueteaban dos niños con el agua. No tendrían más de trece años. Gastaban pantalones cortos que dejaban ver sus rodillas roñosas; alpargatas rotas de lona azul y jersey con cuello en uve que mostraban los cuellos sucios de sus camisas. Interrumpieron sus juegos al ver la extraña figura del forastero que avanzaba con parsimonia envuelto en una neblina vespertina que le proporcionaba un halo de misterio. Los miró desde la acera, ya a la altura de la casa de los Lozano. El autobús de Molina venía por la calzada haciendo sonar el claxon. El forastero esbozó lo que parecía una leve sonrisa e inopinadamente se lanzó a las ruedas del autobús. Apenas pudo reaccionar el conductor, pero en un alarde de reflejos pisó el frenó hasta el fondo y clavó el autobús en el empedrado. Las ruedas delanteras quedaron a un par de dedos del forastero, ahora ya el suicida, dejando el cuerpo oculto bajo la carrocería del vehículo.

Casimiro, el conductor, bajó apresuradamente del vehículo con el susto en el cuerpo pensando que lo había mandado al otro mundo. Maldecía su suerte. Pero la congoja se convirtió en ira cuando descubrió al individuo ileso sobre el empedrado. Lo cogió de la solapa del gabán y lo levantó del suelo hasta tener la cara enfrentada con la del suicida. No había miedo ni dolor en su cara e impertérrito soportó la arenga del airado conductor:

- Tú eres imbécil. Por qué quieres buscarme la ruina. Si te quieres suicidar cuélgate en un manzano o échate al tren o tírate al río, pero nunca, me oyes, nunca, te arrojes a las ruedas de un autobús, porque tu capricho es mi desgracia y la mis pasajeros- le dijo con una elocuencia que parecía salir de sus entrañas porque Casimiro era más un hombre de silencios que de palabras.

El conductor arrojó el cuerpo violentamente a la acera sin que hubiera reacción alguna del forastero, montó en su vehículo y desapareció por la calle Mayor.

Los niños habían presenciado toda la escena con una mezcla de curiosidad y asombro. El frustrado suicida se incorporó con la ayuda de los chicos. Las criaturas habían escuchado atentamente las rectas razones que asistían a Casimiro y la exhaustiva relación de posibilidades de suicidio que estaban a su alcance. Siempre a favor de obra y en su ánimo de colaborar con el forastero los zagales apuntaron otra posibilidad bien cercana:

- Si te quieres suicidar ahí tienes la balsa- apuntaron los muchachos con un punto de malicia.

Se referían a la balsa donde se recogían las aguas del molino de harina de la fábrica de los Lozano en su camino al río. La balsa tenía una compuerta que regulaba el caudal y donde se formaba un remolino, antes de desaparecer las aguas por un cauce soterrado que salía a la superficie formando otra balsa en la casa de los Iñigo, en su camino al Jiloca.

Los niños no hablaban a humo de pajas: el lugar era uno de los predilectos de los suicidas de la comarca para ahogar sus penas. Aunque también los había partidarios de la balsa del Santo Cristo en el Carmen o del tren, como apuntaba Casimiro, aunque en este caso el índice de mortandad descendía escandalosamente; mayormente, porque había mucho arrepentido de última hora que retiraba la cabeza del raíl en cuanto oía el pitido del tren, si bien presentaba un alto porcentaje de cojos y mancos por cuanto, no siempre daba tiempo a poner a salvo la anatomía completa. Ese fue el caso de Teodomiro Trasobares que se tiró al tren por un mal de amores y en el último momento se acordó de que tenía encaminada el agua a las patatas en Ancho y, por aquello del qué dirán, decidió ir a cerrar la tajadera. El arrepentimiento le llegó pronto para morir pero tarde para salvar la pierna derecha.

El forastero que desconocía la geografía del suicidio en el Jiloca Medio, miró la balsa que le señalaban los mozalbetes y debió apreciar su idoneidad para los propósitos que abrigaba. El caso es que se despojó del gabán y a la carrera se lanzó a la balsa. En escasos segundos el cuerpo se fue al fondo y desapareció de la vista. Pero al llegar a las proximidades de la compuerta el remolino de agua hizo aflorar el cuerpo a la superficie. Los muchachos vieron aparecer la mano y el pie derecho y pensaron que el suicida los saludaba antes de emprender su postrero viaje. Suicida pero educado debieron pensar, mientras con la mano contestaban diciéndole adiós. La corriente volvió a tragarse el cuerpo y el remolino volvió a llevarlo a la superficie, repitiéndose por tanto la escena de saludos y despedidas entre el que se iba y los que se quedaban. A la tercera ronda de saludos, cuando los muchachos ya daban síntomas de aburrimiento, el cuerpo desapareció y los chicos comprendieron que la corriente lo había arrastrado por el canal subterráneo y que ya no volvería a aparecer. Entonces corrieron hasta la balsa de los Iñigo donde de manera inexcusable debería aflorar el cuerpo.

Parece que estaban en lo cierto, porque en unos segundos vieron aparecer el cuerpo flotando a merced de la corriente. Se aproximaron a la orilla y con sus cinturones trenzaron un cabo que lanzaron con una maestría notable para su edad. Tras varios intentos, lograron enlazar el cuerpo y lo acercaron a la orilla. Todavía respiraba pero mantenía los ojos entornados. Uno de ellos recordó algunas nociones de primeros auxilios que le habían enseñado en el Frente de Juventudes y empezó a apretarle la tripa con las dos manos. El forastero empezó a expulsar el agua como un cachalote del Atlántico Norte pero no recuperaba el conocimiento, si alguna vez lo había tenido.

- ¿Qué habéis hecho esta vez, cabrones?- dijo la voz ronca del cabo Tiburcio.

El cabo Tiburcio era un animal con galones; jefe del puesto de la Guardia Civil en la Daroca de los años cuarenta; despiadado con los débiles y obsequioso con los poderosos. Apaleaba con igual saña a ladronzuelos de fruta que a padres de familia sorprendidos trabajando en festivo, por no hablar de los sospechosos de desafección al Régimen. Pero siempre saludaba con mucha ceremonia a las fuerzas vivas de la comarca, que lo despreciaban tanto como lo necesitaban. En esas circunstancias era la última persona que los mozalbetes hubieran querido ver.

Tuvieron que hacer un relato sucinto de los hechos reservándose algunos detalles por una razón de prudencia elemental; entre otros, cualquier referencia al intento de suicidio. En pocos minutos apareció el doctor Yus que certificó la gravedad del estado del forastero y ordenó su evacuación urgente al hospital de Zaragoza.

Durante semanas se debatió entre la vida y la muerte. Pero un buen día su organismo dio síntomas de recuperación, sin una razón aparente, que una de las enfermeras achacó a “sus ganas de vivir” y el capellán del hospital a la intercesión de la Virgen del Pilar.

Una mañana el médico le dio el alta. Antes de salir del hospital, en las únicas palabras que salieron de su boca desde el ingreso, preguntó a un celador dónde podía coger el tranvía “porque era de Monreal y no conocía la ciudad”.

Momentos después un hombre era atropellado por un tranvía en una calle de Zaragoza.

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Al día siguiente Casimiro leía el “Amanecer” en la puerta del Capi cuando se encontró la siguiente noticia:

“Un hombre de Monreal muere atropellado por un tranvía en una calle zaragozana”

La información se completaba con detalles del suceso que el periódico atribuía a un caso de mala suerte, así como la paradoja de que ingresó ya cadáver en el mismo hospital del que acababa de salir tras una larga convalecencia tras un accidente que sufrió en Daroca. No había ninguna referencia a un posible intento de suicidio.

Esbozó una amarga sonrisa y vio a los mozalbetes apedreando a un perro por la plaza Santiago. Con un gesto los llamó y les mostró el periódico mientras les decía.
- ¿Sabéis leer?- pregunta que puede parece hoy al lector absurda, pero nada irrelevante en aquella época.

Los muchachos sabían lo suficiente para comprender lo que decía y lo que ocultaba el periódico. Sin mediar palabra devolvieron el diario a Casimiro con el que intercambiaron una mirada de inteligencia.

La voz ronca pero desagradable de Tiburcio resonó como un trueno:

- Hombre, qué casualidad. Con vosotros quería hablar- mientras les administraba sendas collejas a los muchachos que se ya se barruntaban que no serían las últimas.

Otro que ya había leído la prensa aquel día.


JCMartín
30/05/2006
Categoría: Daroca

Autor: jcmartin (7:47 pm)
Perico Lumbreras era un hombre de pocas palabras, no por discreción o reserva, sino por que no le acudían a la boca cuando las necesitaba; particularmente cuando veía aparecer a Inocencia Peinado. Inocencia era hembra flamenca a la antigua usanza; una mujer poderosa, rotunda de carnes, pechos de matrona, sonrisa franca dibujada en un rostro todavía agradable y media melena al viento o recogida en un moño. En los días de fiesta, con la blusa blanca remetida en una falda de tubo azul marino, aún era capaz de atraer las miradas furtivas de los hombres. No podría precisar su edad, ni ella daba muchas pistas. Podríamos decir que estaba en esa edad indescifrable en la que las mujeres se hacen invisibles para los más jóvenes, pero levantan todavía pasiones entre los maduros.
Perico la vio venir, acarreando su cuerpo con aire desenvuelto y la sonrisa esbozada en el rostro. Cuando llegó a su altura, Inocencia amplió la sonrisa y con la naturalidad que le daba conocerlo desde niños, le saludó con afectividad exenta de compromiso:

- ¡Holaaa Perico!- , dijo con marcado acento

Perico apenas acertó a enarcar las cejas, a modo de saludo, sin que pudiera articular palabra, mientras bajaba los ojos evitando su mirada. Cualquier espectador hubiera advertido el rubor en sus mejillas, de no ser por la barba de varios días. Siempre le pasaba lo mismo.
Perico no era un seductor. Y no lo digo por su aspecto: barba de varios días, boina calada, cejijunto, nariz estampada en la cara, orejas ondeando al viento, dientes amarillentos por la nicotina del sempiterno cigarrillo que colgaba en la comisura de sus labios, pantalones de pana gastados, camisa de cuadros que necesitaba algo más que una agua y de ordinario, unas abarcas como calzado. Algo le impedía acercarse a sus congéneres con naturalidad y particularmente a las mujeres. A su edad su experiencia sexual se limitaba a visitas esporádicas al club “La Gata Caliente” de Mainar, acompañado por su amigo Ambrosio, el putero más activo del territorio del Jiloca, y a algunos encuentros sexuales encuadrables en el campo de la zoofilia, mientras pastoreaba a las ovejas, de los que no referiré detalles escabrosos.

Estas experiencias sexuales resultaron traumáticas, al punto de que decidió prescindir de extraños y resolver sus problemas sexuales sin testigos: ora en la soledad de su habitación, ora en la casilla de la viña. La imagen de Inocencia era recurrente en todos estos instantes de placer atropellado y solitario

Ambrosio, buen conocedor de la naturaleza humana y con probada experiencia en lances amorosos, observó que Perico tenía un comportamiento errático, se le veía meditabundo y un punto melancólico. Y así le habló:

- Perico, tú estás enamorado

Perico Lumbreras lo miró con cara de susto y la boca abierta. No sabía exactamente lo que significaba el amor ni que síntomas presentaba semejante desvarío, aunque como seguidor fiel del serial radiofónico “Lucecita”, había oído esas palabras siempre en boca de personajes atormentados y desgarrados por la pasión. Nunca se le hubiera ocurrido que tuviera que ver con él. Sin embargo, algo en su interior le comía las entrañas; se le hacía un nudo en el estómago cuando veía a Inocencia; provocaba encuentros aparentemente casuales con ella; se despertaba sobresaltado por las noches mojado en sudor frío y otros humores. Por un momento se barruntó que Ambrosio podría tener razón y que no eran sino síntomas de un mal mayor: el amor.

Ambrosio interpretó su silencio como reconocimiento de culpa y le recomendó que iniciara un acercamiento a Inocencia.

- Todos los sábados va al baile. Acércate a ver qué pasa -, dijo Ambrosio, a sabiendas de que su intuición no andaba descaminada.

Perico Lumbreras no había ido a un baile en su vida, si exceptuamos los de la plaza Santiago en las tardes del Corpus. En estas ocasiones se apostaba en la barbacana de la Grajera, aprovechando la penumbra y procurando ver sin ser visto. En su fuero interno sentía envidia de aquellos jóvenes que restregaban sus cuerpos, alegres y despreocupados.

Pero esta vez era distinto. El sábado por la tarde se acercó a la barbería de “El Pollo”, se sentó en el sillón y ordenó que le cortaran el pelo y afeitaran. Al barbero le sorprendió verlo por allí porque no era cliente habitual. No obstante, le atendió con profesionalidad, no sin antes hacerle ver, que facilitaría mucho su labor si se quitaba la boina.
No juzgó necesario cambiarse de ropa, bien porque no tuviera otra muda disponible o porque apenas hacía una semana que se había cambiado la camiseta de felpa. Arrumbó la boina en un rincón y se acicaló, o así: metió la cabeza debajo del grifo, se cortó las uñas de las manos con las tijeras de podar y abrió un bote de colonia Brumel, que le habían regalado en la Caja de Ahorros; se roció generosamente y con el líquido sobrante se enjuagó la boca.

Maqueado de esta guisa se dirigió a la discoteca “El Ruejo”. Su determinación se iba resquebrajando conforme se acercaba. En el zaguán de la calle Mayor se detuvo sopesando lo que estaba haciendo. No obstante, despejó cualquier duda e ingresó en la penumbra del local. El contraste le cegó, aunque paulatinamente fue reconociendo las formas: una pareja sobre un sofá buscándose las encías, un corrillo hablando animadamente; una esfera luminosa empedrada de cristales de colores rotaba proyectando haces de luz. En la pista de baile cuerpos sudorosos se desgañitaban en una especie de danza ritual.
Perico oteaba por encima de las cabezas buscando a Inocencia. En un barrido de luz la descubrió conversando con unas amigas. Se acercó por la espalda buscando la oportunidad de abordarla. De repente, la música estridente dejó paso a una melodía edulcorada y la penumbra quedó estampada de una sinfonía de colores. Cuando ya sentía el olor de su cuerpo, un intruso se interpuso en su camino. Pudo ver como hablaba a Inocencia al oído. Momentos más tarde, ella le colgaba los brazos alrededor del cuerpo, mientras él la ceñía por la cintura. Los dos cuerpos, ya uno solo, se dejaban llevar por la música e Inocencia desmayó su cabeza en el hombro de aquel hombre. Perico sintió una punzada en el pecho, los ojos se le nublaron y le faltaba el aire.

A partir de ese momento sólo pensó en cómo salir de allí. Buscaba la salida atropelladamente, empujando los cuerpos que le salían al paso. En la calle inició una frenética huida. Corrió como nunca había hecho; corrió por los callejones sin rumbo ni criterio; corrió con la desesperación de los perdedores. Sus hermanos le oyeron abrir la puerta de la casa y cerrar la de su habitación. Se dejó caer en la cama, mientras como un niño asustado escondía la cabeza debajo de la cama. En ese momento no le hubiera importado morir.

Días más tarde, Ambrosio le convenció de que nada estaba perdido y que debía jugar sus bazas. En el Río Viejo recogió unos ababoles y formó un ramo muy aparente. Una vez en Daroca encaminó sus pasos a la casa de Inocencia en Valcaliente. Llamó a la puerta y cuando oyó su voz, arrojó el ramo en la puerta y corrió a esconderse. Desde la esquina pudo ver cómo se recortaba Inocencia en el portal, cómo descubría las flores y buscaba con la mirada a su admirador. No vio a nadie. Intrigada pero contenta cerró la puerta. Perico lamentó su falta de determinación.

Durante varias semanas el episodio se repitió: unas veces eran los ababoles, en otra ocasión un cestillo de avellanas e incluso, el mejor pollo de su corral en una caja de cartón agujereada para garantizar la supervivencia del animal. El anonimato impedía los progresos del cortejo pero, al menos, la tenía bien alimentada. Muchas veces pensó que festejar era más laborioso que descoronar remolacha.

Aquella tarde, Perico volvía del campo acompañado de Doroteo, su padre, y su hermano Eufemiano. Los tres componían una estampa rescatada del integrismo agrario más profundo. Perico llevaba del ronzal a un tordillo que tiraba de un carro. En el remolque su padre y hermano recostados sobre unos fajos de mielgas para los conejos que criaban en el corral.

A la altura del bar El Ruejo, Perico vio al intruso que le había robado el amor de Inocencia acodado en la barra del bar, rematando con una cerveza su jornada laboral. Al parecer el forastero era un pintor de Calatayud que estaba trabajando en la estación del ferrocarril. Dejándose llevar por un arrebato, abandonó el mulo e irrumpió en el bar. Sin mediar palabra se abalanzó, por la espalda, sobre el pintor. El pobre hombre no sabía por dónde le daba el aire. De repente, se encontró con Perico subido a sus costillas, golpeándole con una mano, mientras le tiraba del pelo con la otra y le mordía donde podía. Para entonces, su padre y hermano le secundaban en una acción más propia de guerrilla urbana. En un primer momento, el factor sorpresa, decantó la pelea a favor del equipo local. No obstante, el pintor era hombre fornido y con un violento giro logró deshacerse de Perico que salió despedido, dando con sus huesos en una pecera que había en el bar. El cristal se quebró por el impacto del cuerpo y un torrente de agua, salpicada de pececillos tropicales, cayó sobre Perico.

Eufemiano se las tenía tiesas con un compañero del pintor que había acudido en su ayuda. La confusa y tumultuaria pelea se había convertido en una batalla campal, donde volaban las sillas y las botellas. Cuando la pelea parecía cambiar de signo, Doroteo pasó a mayores desplegando una navaja de canalera. El camarero, recuperado de la sorpresa inicial, evitó males mayores y sacando una botella de anís del Mono, la estampó en la cabeza de Doroteo, que perdió el conocimiento: más si cabe. En el suelo quedó, tendido cuan largo era, apestando a anís.


Algunos parroquianos salieron a la calle Mayor buscando a la policía municipal. El policía de servicio, del que no revelaré el nombre por razones de seguridad, acudió con más resignación que diligencia. Auxiliado por varios ciudadanos logró parar la pelea, a lo que ayudó el hecho de que los locales habían quedado fuera de combate y los forasteros habían desistido en sus acometidas.

En unos momentos, el municipal nombró a unos comisarios accidentales y la comitiva se dirigió al Cuartel de la Guardia Civil. El séquito iba encabezado por el municipal, seguido por los implicados en la reyerta, separados para evitar que se reanudaran las hostilidades. Los pintores no daban crédito a lo que les había pasado y maldecían su suerte.
El cabo Venancio se encargó de tramitar la denuncia y la remitió al Juzgado con una nota manuscrita, que resumía el altercado con una precisión quirúrgica: “asunto de faldas”.El caso se perdió en los vericuetos judiciales y hasta los protagonistas se olvidaron de él.

Inocencia, ajena a la tormenta que había desatado, conoció a Aniceto, un encofrador gallego que por entonces se dejó caer por Daroca. No se sabe qué pudo ver en él, el caso es que dejando casa y hacienda, se fugó con el tal Aniceto. Durante años no supimos nada de ella, hasta que Ambrosio se la encontró en el club de alterne “La Renault”, cerca de Tudela. El nombre no era gratuito, sino que provenía de un antiguo taller mecánico reconvertido en lupanar. Inocencia le refirió cómo Aniceto la había dejado preñada para abandonarla en una lúgubre pensión de Ribaforada; cómo tuvo que soportar las palizas y vejaciones del sujeto. Todavía recordaba el asco que le producía su olor, mezcla de sudor y alcohol, cuando la forzaba en aquel camastro desvencijado. Cómo tuvo que ganarse el pan fregando los suelos de un convento de Dominicas, donde se le acogió en los últimos meses del embarazo. Las monjas la convencieron para que dejara en el hospicio a su niña recién nacida y ella, entre sollozos, firmó los papeles que le pusieron delante sin leerlos. Abandonó el convento y fue dando tumbos hasta que recaló en “La Renault”, donde ejercía con el nombre de guerra de Susana.

Ambrosio le intentó convencer para que volviera a Daroca, pero ella declinó la invitación con una mezcla de orgullo y vergüenza. La “madame” interrumpió la conversación con hielo en sus palabras:

- Susana, te espera un cliente-, señalando con la cabeza a un tipo de aspecto siniestro, traje negro raído salpicado de caspa, que parecía el gerente de una empresa de pompas fúnebres.

Años más tarde Inocencia regresó a Daroca. Una tarde bajó las escaleras del autobús de Agreda y vio caras conocidas en la calle Mayor que la saludaron como si el tiempo no hubiera pasado. No hubo preguntas ni ella dio explicaciones, pero llevaba dibujada su historia en el rostro.

Empezó a trabajar como dependienta en una tienda, donde dio muestras de conservar el encanto personal que le habíamos conocido. Perico no tardó en acercarse a ella con excusas a cual más peregrina e Inocencia agradeció su compañía.

Al tiempo, Inocencia anunció a las clientas de la tienda que se casaba. La vida siempre da una segunda oportunidad. El lector atento habrá adivinado la identidad del feliz novio. Una mañana de marzo, coincidiendo con la misa de ocho de la mañana, se casaba en la capilla de los Corporales con…Ambrosio. No hubo invitados y más serenidad que alegría. Donde no llegara el amor lo haría el respeto, pensó Inocencia.

A esas horas, Perico arreaba el ganado en la paridera. Su gesto ceñudo no podía ocultar una tristeza infinita y un sentimiento parecido a la traición le reconcomía las entrañas. Durante meses evitó encontrarse con la pareja y retiró el saludo a Ambrosio. Pasaron los días, con los días los meses y el tiempo hizo su trabajo: el odio dejó paso a una suerte de melancolía que bien podría parecerse a la resignación.

Una mañana, Ambrosio, lo encontró con el ganado en un paraje de Jalagra, y lo abordó sin contemplaciones:

- Perico, el domingo hace los años la Inocencia y nos gustaría que vinieses a comer-, en su voz se podría apreciar un difuso sentimiento de culpa.

Perico no contestó. Pero el domingo acudió a la cita con un garrafón de vino de garnacha y un par de perdices. Poco a poco se hicieron inseparables. Perico les llevaba los mejores frutos de su huerta; volvió a cazar con Ambrosio y hay quien dice que se les volvió a ver reír juntos. Inocencia le repasaba las mudas y le zurcía los calcetines. Perico aprendió a querer a Inocencia por persona interpuesta: los besos de Ambrosio eran sus besos y las caricias eran sus caricias.

Durante algunos años vivieron con una placidez que fácilmente se hubiera podido confundir con la felicidad. Una mañana, Inocencia volvía de la consulta de don Germán con las lágrimas corriendo por sus mejillas. Hacía tiempo que se había descubierto algunos bultos en el pecho y al médico le faltó tiempo para mandarla al especialista, que confirmó los pronósticos más pesimistas. La enfermedad corrió más que la vida y tuvo un desenlace rápido. Todo Daroca acudió al entierro y dieron el pésame a Ambrosio y al propio Perico, en calidad de viudo putativo.

Pasaron los años, Ambrosio y Perico terminaban sus días en la residencia de ancianos de Santa Ana, jugando a la petanca en El Paseo y jugando al guiñote en tardes interminables. Una noche, después de cenar, se sentaron a ver la televisión; era un programa de ésos que buscan desaparecidos: ¿Quién sabe dónde?, ¿Dónde coño estás?, Sé dónde te escondes, No te escondas que es peor, o algo parecido. De pronto la imagen de una mujer joven apareció en primer plano en la pantalla. Perico, que se estaba bebiendo un vaso de leche, escupió del susto la leche y de paso un trozo de magdalena que había mojado. Miró a Ambrosio y vio que estaba lívido, con la boca abierta y un compulsivo temblor de labios componiendo una imagen patética. Ante sus ojos tenían la viva imagen de una Inocencia veinteañera que con una desenvoltura impropia de su edad pedía ayuda para descubrir el paradero de su madre, o al menos de familiares o amigos que la hubieran conocido.

Un rótulo en la pantalla anunciaba el nombre de la buscamadres: Carmen Expósito. A Ambrosio no le pasó desapercibido que era el apellido que habitualmente se usaba en La Inclusa para los hijos de padres desconocidos. Resopló, y mientras se rascaba la boina, adelantó los acontecimientos, pues tenía un cierto conocimiento de la mecánica de esos programas de televisión:

- Perico, ¿has salido alguna vez en la televisión?

- En mi puta vida- dijo con seguridad el aludido.

- Pues aféitate que nos vamos a la tele- dijo Ambrosio, sin perder de vista la pantalla.

Marcó el número de teléfono sobreimpresionado en la pantalla y respiró hondo.



JCMartín
23/05/2006
Categoría: Daroca

Autor: neska (5:19 pm)
Hoy descubrí, por casualidad, que lo que me contó mi madre de mi bisabuela era cierto: Daroca existió hace mucho, mucho tiempo.
Justo donde yo resido, bajo mis pies, se contaba, sin tener muchas referencias ciertas, que esto que hoy llamamos darnik, una especie de habitáculo-dormitorio que se utiliza para relacionarse con la propia familia, según mi madre “antes eran otros tiempos” a esto lo llamaban pisos o casas. Entiendo que era un dialecto ancestral, pero mirando entre las cosas que mi madre guarda en la resi (entonces llamado desván) encontré un disco en una torre muy antigua de ordenador, que perteneció a mis bisabuelos.
Sin pensar que aquello cambiaría mi existencia y con la creencia de que Daroca no fue un invento del futuro, me introduje sin quererlo en la vida pasada de mis ancestros. Lo primero que me sorprendió fue la cantidad de individuos que allí se agolpaban para vivir y que ¡se comunicaban entre ellos! Eso aquí resulta curioso pues no nos vemos físicamente, nos comunicamos por pantalla y no hay contacto físico hasta la unión de dos, lo que entonces era matrimonio o algo así.
Volviendo a la historia, descubrí mucho de aquella civilización pasada a través de aquel artefacto tan rústico. Entre sus archivos vi una página virtual dedicada exclusivamente a esta ciudad de Daroca, donde se hablaba de cosas como murallas, castillos y cosas como eventos y comunicación física con los demás, ¡qué extraño! Me fui adentrando más y más y, con las fotos y comentarios que allí había, fui poco a poco entendiendo cómo se vivía en aquella época tan remota del año 2006, de cuya fecha databa tanta información. Me adentré a estudiar cómo vivían, qué hacían y, sorprendentemente, llegué a descubrir incluso que hacían una especie de pasteles de un producto dulce llamado azúcar, que existía el vino, una especie de caldo rojo, y muchas cosas más. Como digo, sus costumbres eran muy extrañas. Por ejemplo, lo que os cuento, que se juntaban físicamente para hablar (con el peligro que ello conllevaba de transmisión de enfermedades), ¡pobre gente! No era como ahora, que nuestro contacto es limpio y controlado, sólo se permite un contacto anual y bajo mucha verificación para que no haya agentes nocivos. En aquella época su contacto era incontrolado, lo que ellos llamaban hacer el amor para procrear. Claro, no tenían los adelantos de ahora, que sólo existe ese contacto bajo control exhaustivo y seguro y, si no es así se desecha. A lo que voy, todo eso me extrañó, incluso pensé que mi madre se lo inventaba para poder calmar mi curiosidad, pero ahí estaba la prueba de que lo que decía era cierto, había también una especie de artilugios que llamaban coches, lo que son aquí más o menos los bolins, con la diferencia de que los bolins no afectan a la atmósfera con su combustible regenerado. Pues eso, los coches iban por el suelo y haciendo un ruido enorme, claro que, según mi madre, a lo que se le llamaba casas no estaban tan insonorizadas como ahora en 2330.
La gente en aquella época tenía que servir a otro para lo que ellos llamaban trabajo y “ganar para vivir”. Ahora eso es distinto: no se sale, se compra a través de la pantalla, todo es higiénicamente seguro. Ellos no sabían el riesgo que corrían al salir al exterior sin protección, por eso su edad al morir era tan temprana, apenas alcanzaban los 115 años que es lo normal ahora. Gracias a que la vida ha dado este salto tan grande en cuanto a evolución, somos capaces de guardar las células para implantar en personas no sanas, así el avance en la edad es más extenso.
Escribo esto porque me sorprende que por entonces aún no se supiera cuidar el paso del tiempo, la destrucción del medio ambiente y la conservación de sus antepasados. Pongo el ejemplo de su muralla que dicen que existió, que no fue leyenda, pero que a raíz del año 2006 dejaron que el paso del tiempo la consumiera con sus torreones, sus iglesias y demás riquezas que existían, según dicen, en esa ciudad. Ahora entiendo lo que quería decirme mi madre cuando comentaba que mi bisabuela lloraba con la caída del Castillo Mayor, el deterioro de la muralla y la deforestación de los alrededores.
Quizá nunca sepamos la verdad, pero yo creo que sí existió un lugar mágico que se llamaba Daroca, que perdió su riqueza y tesoro por la dejadez de aquellas gentes, que quizá no pensaron que a las generaciones futuras nos hubiera gustado tener ese tesoro. Ahora ya es tarde ¿no?... ojala pudiéramos dar marcha atrás e hiciéramos algo, sería estupendo recuperar la historia.
Por cierto, en la torre del ordenador que encontré había también una cosa muy curiosa que no se ha perdido aquí en el futuro: la radio, y les puedo decir que sigue oyéndose un programa de aquellos tiempos,… si, ¿cómo se llamaba? ... ¡ah! si, ya me acuerdo "no solo sexo", aunque, por lo que se ve, pudieron hacer poco por Daroca en aquel momento.
14/03/2006
Categoría: Daroca

Autor: jcmartin (7:16 pm)
Por nada del mundo Luisito Zarragón se perdía la Semana Santa de Daroca a pesar de que llevaba más de treinta años en Madrid, donde trabajaba en la Casa de la Moneda, merced a la intervención de D. Mariano Navarro Rubio, a la sazón Ministro de Hacienda. Por el territorio del Jiloca circulaba la especie de que su trabajo consistía en quemar los billetes en mal estado que el banco de España retiraba del tráfico mercantil. Esto justificaría, según los malpensados, el que hubiera venido a mejor fortuna y que mostrara signos externos de riqueza impropios de su modesta canonjía funcionarial.

Aquel año había venido con su nuevo coche, un deslumbrante SEAT 850 Coupé, tuneado a modo, y llevaba colgada del brazo una media novia que respondía al nombre de Ingrid Parker, a la que presentaba como hija del tercer agregado comercial de la embajada inglesa en Madrid. La hija de la Pérfida Albión era escueta de carnes para el gusto de la época, aunque embutida en una falda de tubo no pasaba desapercibida; gastaba media melena rubia y fumaba rubio emboquillado con un aire ausente y lánguido que a mi amigo Pascualín le parecía el colmo de la sofisticación.

Luisito la llevó a la procesión de Viernes Santo; se situaron en la puerta de la pastelería de Tomás Segura, en la calle Mayor a su paso por la plaza Santiago, donde podían divisar la estatua de su egregio benefactor. Ingrid se interesó por uno de los cofrades que destacaba del resto por su altura y porte distinguido.

- Es Rudy Rodríguez. Algún día será un gran músico-, le informó solícito Zarragón.

No era un secreto que Rudy Rodríguez tenía ante sí una prometedora carrera musical. Con apenas dieciocho años ya era jefe de bombos en la cofradía de la Piedad. Embutido en el hábito azul y blanco rompía el silencio con un bombo de gran tamaño; con el brazo en alto llamaba la atención del resto de los tambores y con solemnidad dejaba caer la maza sobre el bombo; primero, de manera pausada y posteriormente, frenéticamente hasta que entraba en trance. Era la señal que esperaban el resto de los tambores y bombos para crear una atmósfera atronadora.

Aquel Viernes Santo, Rudy golpeaba el bombo como poseído. La sangre no tardó en aparecer en sus nudillos manchando el bombo en una orgía de sangre y sudor. De repente, en un gesto especialmente violento, el mazo se le escapó de la mano, salió volando y fue a parar a la cabeza del alcalde, que marchaba al frente de la Corporación Local, metros más atrás. Sorprendentemente el alcalde recibió el impacto y el mazo, rebotado vino a caer en la cabeza de uno de los maceros o andadores que abrían el séquito municipal. El alcalde no mostró mayores daños, hecho que no extrañó a la oposición municipal. Peor suerte corrió el macero que cayó fulminado por el impacto, perdiendo en la caída la peluca que, junto a la capa, constituye su indumentaria habitual.

El macero que completaba la pareja al ver a su compañero en el suelo inconsciente no pudo reprimir un impulso atávico y blandiendo la maza de plata repujada, joya de la orfebrería medieval darocense, arremetió contra Rudy Rodríguez. Afortunadamente, el capirote de nazareno dificultaba un cálculo exacto del golpe y el mazazo no alcanzó zonas vitales, aunque produjo su destocamiento. Ya sin el capirote pudo ver a su agresor y en un acto de legítima defensa estampó el bombo en la cabeza del macero.

La acción fue secundada, como un solo hombre, por el resto de los tambores que se emplearon a fondo, al punto de constituir un serio quebradero de cabeza para el macero. Por suerte, intervino la pareja de policías municipales que escoltaban a la Corporación municipal. La Policía Municipal no era un cuerpo propiamente represivo; no es que ejercieran el monopolio legítimo de la violencia con condescendencia, es que no habían puesto una multa de tráfico en la vida. Sin embargo, el cabo Celestino estaba bregado en las algaradas reivindicativas de la Autovía por Daroca. Así que viendo al macero en el suelo sintió la llamada de la selva, desenfundó la porra y arremetió contra los cofrades, escasamente armados con sus baquetas y a los que los tambores y bombos dificultaban la maniobra en el campo de batalla. No tardó en unirse a la represión, Bernardino, el otro municipal, y entre los dos rompieron las líneas de los insurrectos y sembraron el pánico entre los cofrades.

La victoria hubiera estado próxima si los monaguillos que encabezaban la procesión no hubieran cargado contra los municipales enristrando como lanzas sus cruces procesionales, bien aleccionados por el sacristán que, hisopo en mano, repartía mandobles a diestro y siniestro. El cabo Celestino se vio en el suelo al ser derribado por el impacto de la cruz procesional de Pedrillo, el monaguillo estrella de la Colegial, de buen fondo pero malas pulgas.

Momento que aprovechó Gervasio, que doblaba sus funciones como basurero y presidente del Comité de Empresa del Ayuntamiento para abalanzarse sobre el sacristán causándole lesiones de pronóstico reservado. Las Damas del Santísimo Misterio, tacón en mano, pusieron a la fuga al retén de bomberos que por un sentimiento de corporativismo mal entendido, habían salido en defensa del funcionariado y de la Corporación Municipal. Los músicos de la Banda Municipal que cerraban la procesión, cargaron contra los porteadores del paso del Descendimiento a los que dejaron fuera de combate utilizando los saxofones y los clarinetes como bates de béisbol. Pero no pudieron evitar la acometida de la cohorte de Romanos que, en perfecta formación de tortuga, se deshicieron de los aguerridos músicos.

Para entonces, los dos bandos estaban ya definidos: por un lado, los Consistorialistas y por otro, los Confesionales. El alcalde reunió al gabinete de crisis y solicitó lealtad municipal a los concejales. Los socialistas al grito de “lo que mandes alcalde” se pusieron a su disposición; los aragonesistas los secundaron, no sin antes consultarlo con Biel y los del PP, tras alguna duda de conciencia, decidieron apoyar a la autoridad civil, aunque en su gesto había más tibieza que determinación.
Por su parte, el párroco había llamado a capítulo a los priores de las cofradías, a los máximos responsables de los Esclavos y Damas del Santísimo Misterio y a Antonino, que hacía las veces de centurión de los Romanos, al que se encomendó el mando militar de las operaciones, reservándose el párroco la dirección espiritual.

Los Estados Mayores de ambos bandos comenzaron los movimientos tácticos. El Paso de la Cruz haciendo un último esfuerzo, se precipitó contra la formación de concejales, todavía entretenidos en deliberaciones, intentando descabezar el mando de los Consistorialistas. Y hubieran conseguido su propósito si Teodoro no hubiera tenido la ocurrencia de sacar a la calle la máquina barredora y con desprecio de su integridad física no se hubiera lanzado contra el Paso procesional. El ingenio mecánico hizo valer su superioridad tecnológica y dejó fuera de combate al Paso. El pánico cundió entre los porteadores ante la estratagema. Pero Teodoro embebido en su victoria no pudo ver al Cristo penitente que esgrimiendo la cruz como ariete neutralizó la diabólica barredora.

Para entonces la línea de frente había desaparecido y se luchaba cuerpo a cuerpo en una lucha fraticida, en la que familiares se encontraron en bandos distintos y otros se encontraron defendiendo, por pura casualidad, posiciones alejadas de sus convicciones ideológicas. Eutimio que portaba el paso del Ecce Homo, se las entendió con su hermano Cipriano, el concejal y a su vez miembro de la cofradía desde niño, al que su representación política le había llevado al bando de los Consistorialistas. O el caso de Leoncio, secretario general de la UGT local, que procesionaba como hermano de la Piedad y que se vio en la necesidad de estamparle el cirio en la cabeza a su correligionario Tomasico, a la sazón concejal del PSOE. Una dama del Santísimo Misterio le sacudía con la peineta a su hijo Fernandito, que en mala hora había decidido tocar el bombardino en la Banda Municipal. O qué decir de Orencio Bemoles, de comunión diaria y con acta de concejal, que vestido de nazareno se pasó a las filas de los Consistorialistas donde fue recibido como un héroe por sus correligionarios del PAR y el resto de la Corporación, mientras el otro bando lo tachaba de quintacolumnista.
Muy comentado fue el caso de Chesús Hipólito Torquemada, carismático jefe de bomberos, que compatibilizaba su cargo de secretario local de la CHA con el de Prior de los Esclavos del Santísimo Misterio, que desertó del bando consistorialista para organizar la agitación y propaganda de los Confesionales para sorpresa de sus correligionarios y alegría de su tía monja que daba gracias al cielo por la vuelta al redil de su díscolo sobrino.

En un momento de la refriega se encontraron frente a frente el alcalde y el párroco, sin acólitos; sus miradas se cruzaron con la ira reflejada en las pupilas. No podría precisar quién desató las hostilidades, sólo que los vi de hinojos cruzándose golpes con las armas propias de su dignidad: uno con el bastón municipal y el otro, con el hisopo en una mano y la Biblia, edición rústica, en la otra. El cruce de golpes estaba adobado por un intercambio de amenazas e improperios que producían escalofríos al observador imparcial, si lo hubiere.

- Olvídate de la subvención para la merienda de San Isidro -, le gritaba fuera de sí el alcalde.
- No pienso bendecir el nuevo camión de la basura-, le contestaba con escasa piedad cristiana el exaltado párroco.


La noche se hizo en la calle Mayor y un trueno pavoroso paralizó a los contendientes, antesala de los chorros de agua que empezaron a caer. Esto fue interpretado por unos como un designio de la Providencia y por el otro bando, como una confirmación del parte metereológico que había anunciado agua a la hora de la procesión. La lluvia suspendió las hostilidades y se licenciaron a los combatientes de ambos bandos que corrían despavoridos buscando un refugio.

El Alcalde se dirigió al Párroco, en tono grave:
-¿ A qué hora es el Vía Crucis mañana?
- A las once de la mañana, como siempre- contestó el cura.

Convenida la cita para el día siguiente, ambos se perdieron en la noche.

Ingrid Parker, que estaba entusiasmada del espectáculo y no había parado de sacar fotos de la refriega, expresó su sentir en un magnífico castellano:

- Esto es mucho mejor que los desfiles de Moros y Cristianos de Valencia ¿Cómo dices que se llama?,- dijo la criatura
- La procesión del Santo Entierro-, le contestó Luisito Zarragón.
- No me extraña.- dijo con voz apenas audible no exenta de cierta sorna.


El domingo de Pascua la llevó a la romería del pinar de San Cristóbal, donde la Parker disfrutó y de qué modo, pero lo que allí ocurrió debería contarlo Luisito Zarragón, si quiere o Rudy Rodríguez, si se atreve.

La inglesa se despidió de todos con gran efusividad y prometió volver al año siguiente. Sin embargo, viendo la cara de Luisito, algo me decía que no iba a ser posible.

JCMartín
24/01/2006
Categoría: sociedad

Autor: lorien (10:35 am)
Así pues, es necesario realizar un verdadero mapa de ordenación del territorio, en el que se incluyan también razones sociales en la valoración que se realiza de la prestación de determinados servicios.

Cuando se realizan las directrices generales de ordenación del territorio, por técnicos expertos en la materia, finalmente se introducen valores eminentemente políticos. Y claro las alegaciones pertinentes se admiten en función del color político o su interés.

Pongamos un ejemplo:

En Aragón hay 6 rangos de ciudades – pueblo de cara a su asistencia:

- Zaragoza
- Huesca y Teruel (como capitales de provincia)
- Ciudades de rango supracomarcal: Calatayud, Barbastro, Alcañiz, Tarazona, Ejea, Jaca, Fraga y.... ¡Calamocha!
- Ciudades de rango comarcal: cabeceras de comarca
- Pueblos de rango subcomarcal
- Resto de municipios

Naturalmente, para realizar esta clasificación no sólo se atienden criterios de tamaño – población sino también de función vertebradora del territorio.

A cada núcleo las administraciones les disponen servicios en función de su rango – centralidad. Por ejemplo, las ciudades de rango supracomarcal deberán aspirar en un futuro a contar con un hospital, un centro importante de la administración, etc....

Pero claro, eso conlleva también a la concentración de servicios, y por consiguiente, a la concentración de población.

El error ha sido no corregir los déficits evaluatorios de los municipios con dispersión asistencial.

Pongo dos ejemplos: Barbastro es de rango supracomarcal, mientras que Monzón, a 14 kms. y de más población (este año ha superado a la primera), tan sólo es cabecera comarcal. No sería normal instalar otro hospital en Monzón, pero tampoco sería lógico que todos los servicios de una cabecera supracomarcal se los llevara el primero, y más teniendo en cuenta que también a pocos kilómetros está Binéfar.

El otro ejemplo lo tenemos bien cerca: se ha clasificado a Calamocha como cabecera supracomarcal, siendo que no da ninguna de las medidas necesarias para tal fin, y teniendo en cuenta que su espacio vertebrador ha de desarrollarse a lo largo de todo el Jiloca, curiosamente coincidiendo con la antigua Comunidad de Daroca (somos la única comunidad histórica que no tiene su nombre en la comarca, Comunidad de Calatayud, Comunidad de Albarracín, Comunidad de Teruel, y nosostros ¿Campo? de Daroca), cuenta con dos cabeceras comarcales: Daroca y Monreal. Bueno, pues Daroca siendo cabecera comarcal aún se puede resguardar algo de los servicios a otorgar, y se deriva la supracomarcalidad hacia Calatayud. Monreal de esta manera pierde servicios por concentración en la cabecera.

A todo esto se dirá que se puede alegar cuando se exponen las directrices generales. Pues bien, da igual, el comportamiento de los técnicos y políticos en las alegaciones funciona también por cuestión de pactos, y si no es algo que clame al cielo no te hacen ni caso.

Y todo esto viene a cuento de los servicios que debe contar un ciudadano cuando decide instalarse en los núcleos rurales y cabeceras de comarca, que no son zona periurbana y que son capaces de atraer población.

Otro día reflexionaremos más sobre este asunto.

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