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04/12/2007
Viva el comunismo libertario y otras historias

Autor: jcmartin (7:03 pm)
Ricardo siempre dice que le gusta venir a Daroca para poder hablar. No le falta razón. En ningún sitio como Daroca para hablar; pero hablar como una de las bellas artes, sin razón ni necesidad, como no sea la de entretener y ser entretenido. Hablar no para vencer, ni para convencer, ni siquiera para ofender o para deslumbrar. Hablar por hablar.

Hablar de todo y con cualquiera; con conocimiento de causa o sin él. Como aquella legendaria discusión en el “Al fondo Guerra” en la que se ventilaba un asunto tan controvertido y de tan candente actualidad como “El aoristo en el griego clásico”. La cualificación de los tertulianos, en el mejor de los casos, era algún curso de griego en un colegio de curas; y en el peor estaba Fulgencio, que no había terminado la EGB, pero intervenía con la solvencia de un Homero redivivo.

Hablar en Daroca exige una preparación física propia de un atleta olímpico y el hígado de una oca. Bien por la duración de las conversaciones, bien por el alcohol que se ingiere para lubricar la lengua. Hasta donde sé, el récord lo ostentan Perico y Eugenio que sostuvieron una conversación durante veinticinco horas seguidas (testimonio de diferentes testigos han permitido reconstruir la secuencia temporal). Cuando terminó la conversación, la despedida figura en los anales del surrealismo darocense:

- “Ya hablaremos”, dijeron las criaturas.

Por mi parte, he participado en muchas de estas justas verbales. Siempre a favor de la controversia. Si alguien defiende una posición por sensata y bien fundada que sea, yo mantengo lo contrario. Pero si por alguna extraña razón mi interlocutor cambia de opinión, modifico mis posiciones para que el debate no decaiga. No es de extrañar que mis enemigos me atribuyan una insoportable levedad intelectual.

Otro género es el de la narración oral. Tenemos la suerte de contar con alguno de los más portentosos narradores orales que se puedan encontrar. Este género exige el compromiso de no cuestionar la veracidad de la historia; es un dato irrelevante. El único compromiso que tiene el narrador es que la historia sea buena y esté bien contada.
Recuerdo cierta Nochebuena en la que Pedro nos estaba refiriendo su visita a cierto lupanar de lujo en Paris. Un palacete neoclásico regentado por una rubia oxigenada que reventaba las costuras de su vestido como una serpiente antes de mudar la piel; un escote palabra de honor que desnudaba los hombros y escondía los secretos de mil noches de placer mercenario. En el establecimiento ejercía como una diosa del amor su hija: una Lolita pecotosa, con un cuerpo en formación y el vicio en las venas. Escaleras de mármol de Carrara y muebles art decó. Champán servido en copas heladas de cristal de Bohemia. Habitaciones con cortinas estampadas que recreaban escenas del Kama Sutra y sábanas de raso en camas de ébano torneado. En fin, en este plan. La historia y la magia de la narración se vio interrumpida abruptamente por Pilar cuando reprochó al narrador:

- Eso no es verdad

Miramos a la aguafiestas con cara de pocos amigos y tuvo que plegar velas. Eso no se hace.
Nadie osó enmendarle la plana a Martín cuando refería su aventura aérea. Al parecer, un amigo suyo tenía una avioneta para fumigar cereales y le invitó a dar una vuelta por el territorio del Jiloca. Como viera a su amigo Eusebio andando por el camino de Las Suertes decidió gastarle una broma. La avioneta se lanzó en picado hacia el pobre Eusebio que aterrado no acertaba a encontrar un escondite. La pericia del piloto se puso de manifiesto cuando, con la punta del ala del aparato, le quitó la gorra de la cabeza, sin tocarle ni un pelo, para rápidamente ganar altura. Eusebio, apenas se hubo repuesto del susto, elevó el puño al cielo en gesto amenazante. Martín, entre risas, le lanzó en un papelito un mensaje tranquilizador para Eusebio: “no te preocupes, soy tu amigo M.”. El Eusebio, que sabía apreciar una buena broma, devolvió enfervorizados gestos de saludo. Desde el Barón Rojo no se había visto tamaña hazaña aérea.

Adentrándonos ya, en lo que el amigo Víctor denomina el realismo mágico darocense. Contaba mi primo Paco, que Juanillo se ganaba la vida explotando cuatro vacas lecheras. Aquella temporada, bien fuera porque bajó la producción láctea de los animalicos o porque hubiera más personal en el pueblo coincidiendo con las fiestas, el caso es que se las veía y deseaba para poder atender la demanda de leche. Así que recurrió al procedimiento conocido como bautismo, nada infrecuente en su práctica profesional. Tomaba el agua de una rambla próxima para mezclarla con la leche en una versión contemporánea del milagro de las bodas de Caná. Una tormenta veraniega provocó que el agua de la rambla empezará a bajar turbia. Juanillo no era un hombre que se dejará arredrar por minucias. Continuó añadiendo a la leche el agua, antes cristalina. La leche presentaba un color marrón tierra de difícil justificación. Pero todo en esta vida tiene una explicación y Juanillo la encontró. Cuando la tía Jenara mostró su extrañeza por el color de la leche, Juanillo le disipó las dudas que pudiera albergar:

- Pero mujer, no te das cuenta de que esta leche es de la vaca “roya”

La tía Jenara lo entendió perfectamente; nada más lógico que el color de la leche coincida con el de la vaca. El sentido común impidió que prosperaran otras interpretaciones milenaristas, como la que comenzó a propalar Eutimia Barruntos que consideró que el fenómeno de la transubstanciación de la leche era la primera de las plagas bíblicas que preludiaban el fin del mundo. La teoría se vio reforzada al día siguiente cuando cayó una pedregada en el territorio del Jiloca. Eutimia consideró como una evidencia de sus tesis, semejante concatenación de desgracias. Benigno, un monje del racionalismo, consideró que lo milagroso hubiera sido que no apedreara un año en el territorio del Jiloca.


Mis preferidos son los creadores de imágenes o los inventores de palabras o expresiones que renuevan periódicamente el acervo cultural del territorio del Jiloca. Como Luisito, que en una fría noche del franquismo crepuscular, cuando crujía la escarcha, irrumpió en Legido en mangas de camisa y mientras su figura se recortaba en el quicio de la puerta, lanzó su gritó de guerra:

- Viva el comunismo libertario…..-

No había rematado la frase cuando advirtió la presencia de una pareja de la Guardia Civil. Como viera comprometida su situación, reaccionó demostrando una notable rapidez de reflejos y flexibilidad ideológica, completando la frase de manera antológica:

- “Viva el comunismo libertario… y la Guardia Civil”.

Delfín es otro de los más fecundos creadores de imágenes. Una noche, bañada por la luna y la sopeta, nos encontrábamos en las fiestas de San Martín traspasados por la euforia. Esa sensación de bienestar y felicidad mental transitoria la resumió de la mejor manera posible. Me agarró del brazo y mirándome a los ojos me dijo:

- Juan Carlos ,esto es el “ Music- Hall de Comansi”

Todavía hoy no entiendo como se produjo esa prodigiosa asociación de imágenes.

De similar altura visual y literaria es la frase que se atribuye a la peña El Chaparro. Como te vieran en circunstancias escasamente dignas o en estados de conciencia alterada, te espetaban:

- ¿Hay barro u qué, Mildred?

Una versión mejorada de los narradores orales eran los que acompañaban el discurso con una adecuada puesta en escena. Entre ellos estaba Fermín.

Cierta noche se presentó en las fiestas de Báguena con una cabra y una trompeta. Se recorrió todas las peñas atrapando al personal en una disertación que versaba sobre la cabra y sus virtudes como animal de compañía. La “performance” se completaba con diversos números circenses con la cabra como protagonista. Con estas y otras tretas trabó relación con Venusiana, joven escasamente avisada y de encantos discutibles, a la que llamaremos Veni por respetar sus deseos. La madrugada estaba avanzada, cuando la parejita se desfogaba en el asiento trasero de un SEAT 1430 aparcado en la rambla de Anento, mientras la cabra, sentada en el asiento del conductor, devoraba un fajete de cerrajillas, segadas por el propio Fermín en un ribazo al objeto de mantenerla entretenida , mientras le cumplía, o así, a Venusiana. Bien fuera por el alcohol, la ingesta de estupefacientes o la impericia sexual de Venusiana, el caso es que el clímax se retrasaba; Veni había agotado todo su repertorio de gemidos y presentaba síntomas crecientes de aburrimiento. La cabra había dado buena cuenta de las cerrajillas y comenzó a balar desconsoladamente. Los berridos de la cabra estaban desquiciando a Fermín, que se juró que haría chorizos con ella, en cuanto apañara lo de Veni. Así que le abrió la puerta del coche. La cabra saltó a la rambla, no sin antes llevarse en la boca la ropa interior de los amantes. El animal se perdió por la rambla en dirección al pueblo y fue a parar a la plaza, todavía concurrida. Los mozos detuvieron a la cabra y le arrancaron el bocado. ¿De quién serán estas bragas? La pregunta hubiera sido meramente retórica o no hubiera tenido respuesta, si la madre de Veni no hubiera tenido la ocurrencia de bordarle en rojo su nombre en las bragas. Fermín demostró ser hombre precavido porque, si bien había personalizado los calzoncillos, al menos, había utilizado pseudónimo: “Abanderado”. A primera hora de la mañana, el alguacil, bien secundado por una cuadrilla de mozos insomnes que querían ver la reacción de la damisela, le devolvió la ropa interior a Veni y de paso le otorgó la guarda y custodia de la cabra hasta que el pleno del consistorio decidiera sobre su destino último.

No había pasado ni una semana cuando Fermín se presentó en casa de de Veni. Su padre abrió la puerta, con una escopeta cargada de postas en una mano y le espetó:

- ¿Vienes a pedir la mano de la Veni?- le dijo con el ceño fruncido.
- En realidad vengo a por la cabra- le contestó Fermín con un empaque suicida dadas las circunstancias.

El padre entró en casa y salió con la cabra y la Veni, que portaba una vieja maleta. Le hizo entrega de ambas a Fermín. Éste no consideró oportuno llevar la contraria a alguien con una escopeta en la mano. Cuando la comitiva se alejaba de la casa, el padre de la feliz novia, a modo de despedida, le dijo:

- Ah, puedes llamarme papá- y cerró la puerta de un portazo

Y así fue cómo Fermín abandonó la soltería; se recluyó en casa y se volvió taciturno y parco en palabras; él, que había sido el mejor narrador del territorio del Jiloca.

JCMartín
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