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Bitacora - Entrada de jcmartin
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11/10/2006
El centauro del Jiloca

Autor: jcmartin (9:09 am)
No había razones para que aquella mañana de domingo fuera diferente a otras. Los hijos de Juan estaban plantando las patatas en la partida de santa Bárbara. Agustín, el mayor, aunque no había cumplido los dieciocho años, cortaba las patatas de siembra. Antonio, el mediano, abría los surcos con un arado de vertedera, tirado por una mula torda que respondía al nombre de Leona(o no; porque el animalico era harto imprevisible). Felisín, todavía un muchacho imberbe, depositaba con cuidado los gajos de patata en la ladera del surco procurando mantener la distancia de un paso entre bocados.
La mañana había sido fresca, pero desaparecida la neblina matinal, el día se prometía luminoso. Solamente la voz de Antonio dirigiendo a la caballería rompía el silencio en aquella mañana primaveral. La faena corría cierta prisa porque se estaba pasando el tempero.

Cuando la labor estaba ya vencida, dos figuras fácilmente reconocibles se recortaron por la ladera de un tozal. Vestían de verde con capa y tricornio. Agustín levantó la mirada y los vio a menos de un centenar de pasos; dio el aviso a sus hermanos, que se apresuraron a quitarle el aparejo a la mula. Pero ya era tarde. Los civiles cayeron sobre ellos cuando apenas le habían quitado el collerón y habían soltado la mula del arado.

- Estaos quietos- dijo el cabo Tiburcio que parecía dirigir el operativo policial.
- Es que se pasaba el tempero y en las fechas que estamos….-, apuntó Agustín a modo de disculpa.
- Chavales, sabéis que no se puede trabajar en domingo.- dijo Tiburcio, mientras sacaba una especie de libreta para iniciar el procedimiento sancionador.

La situación se barruntaba complicada. Tiburcio no era persona que atendiera a razones salvo cuando revestían forma de órdenes. Además, eran conocidos los métodos de persuasión del personaje. La única posibilidad que se atisbaba era que el cabo Tiburcio no fuera capaz de redactar el boletín de denuncia. Hipótesis no absolutamente descartable habida cuenta de la manera en que escribía:

- A- GUS- TIN…-, el interfecto anotaba en la libreta los nombres de los infractores, mientras los deletreaba en voz alta.


Leoncio, el número que completaba la pareja, observaba a su superior con una mezcla de fastidio y desaprobación. Fijó la mirada en los muchachos, dio un respingo y preguntó:

- ¿No sois los hijos de Juan?

Los muchachos se miraron y comprendieron que había una última oportunidad de salir bien librados del chandrío. Comoquiera que Leoncio viera confirmadas sus sospechas se dirigió a su superior jerárquico.

- Son los hijos de Juan.- dijo a modo de sentencia, como si ya no hiciera falta decir más.
Juan era guarda rural y compañero de correrías de Leoncio. Ambos eran conocidos en la comarca por su afición al morapio y a las mujeres, con las que tenían un éxito tan notable como sorprendente.

Tiburcio, bien por no enfrentarse a su compañero o bien para librarse del engorroso trámite burocrático, rompió el boletín de denuncia con cierto alivio. La historia parecía resolverse en una mera anécdota. Pero no estaba de Dios que las cosas quedaran así.
Tiburcio pasó la mano por el lomo de la caballería mientras pronunciaba las palabras que iban a desencadenar los acontecimientos:

- ¡Ay! qué mulica torda…

No pudo terminar la frase. Apenas sintió la mano del guardia sobre su lomo, la mula soltó una coz brutal que dio con Tiburcio en el suelo. Los hijos de Juan no pudieron evitar una discreta sonrisa entre dientes. Sin embargo, Leoncio no pudo, ni quiso, amortiguar las carcajadas. Era más de lo Tiburcio estaba dispuesto a aguantar. Así que se incorporó; se echó a la cara el fusil Máuser que llevaba en bandolera y se dispuso a acabar con el animal del demonio. Aquello hizo cambiar el semblante de los hijos de Juan que mudaron de inmediato su gesto por otro de alarma. El animal era el único medio de tracción de que disponían y en buena medida del trabajo de la mula dependía el sustento de toda la familia. El pequeño Felisín, dotado como pocos para el melodrama, decidió salir a escena. Se interpuso entre el animal y Tiburcio (qué coincidencia) y con los brazos y piernas en forma de aspa intentaba detener al guardia en su pretensión de acabar con el animal.

- Aparta, chaval que te pego cuatro tiros a ti también.- dijo Tiburcio fuera de sí y con el dedo acariciando el gatillo del arma. Su mirada devolvía una fanática determinación.


Felisín se abrazó a la mula y se hizo uno con ella, en un intento de protegerla con su cuerpo. Había pánico en su expresión pero también una decisión cercana al martirio. Sus hermanos dudaban si hacerse solidarios con el inconsciente Felisín o lanzarse a por Tiburcio; aunque no descartaban, ni mucho menos, otras posibilidades menos heroicas, como echarse a correr o implorar a Tiburcio que no matara a la caballería (bueno, y a Felisín, claro).

Leoncio intervino de nuevo para evitar el drama rural y le habló a Tiburcio en término conciliadores, pero con firmeza en su voz:

- Vamos, no me jodas. Deja al chico en paz.- mientras con la mano desviaba el cañón del máuser hacia el cielo.

Tiburcio pareció tranquilizarse; se echó el fusil al hombro, iniciando una retirada estratégica que a los muchachos les supo a victoria. Cuando se alejaba del animal vio unas iniciales grabadas a fuego en el cuarto trasero derecho del animal: “C. N. T”.
Aquello pareció sublevar de nuevo al levantisco guardia.

- ¿Y esto que es?- preguntó con rabia.

Esas siglas, en los años siguientes a la Guerra Civil, sólo podían significar una cosa. Y era la excusa perfecta para que Tiburcio acabara con el jumento.

Pero el mayor de los hijos de Juan anduvo despierto y le ofreció una improvisada explicación, no exenta de ingenio.

- Es que compramos la caballería al tío Canuto y por eso lleva sus iniciales-, dijo con empaque

Tiburcio silabeó la palabra canuto mientras contaba con los dedos y pareció dar por buena la explicación, aunque sin mucho convencimiento.

No tardó Tiburcio en convertirse en el hazmerreír de la Casa Cuartel cuando se divulgó el incidente. Como un loco salió a la calle dispuesto a zanjar la cuestión. Entró en Casa Macanche (en realidad en el cartel ponía “El Imperio Vinos”, pero como la mayoría de los parroquianos no tenían letras, pocos lo sabían) e interrogó a varios clientes sobre el particular. Tras varias rondas de gañote, a los parroquianos se les fue soltando la lengua y Tiburcio pudo atar cabos. La mula pertenecía al ejército comandado por el anarquista Ascaso que luchaba en la parte de Huesca. Cuando las tropas franquistas rompieron el frente requisaron abundante material bélico, entre el que se encontraba el jumento. Un oficial vendió el animal a los especuladores que, en la retaguardia, acompañaban al ejército franquista en su avance, haciéndose por cuatro reales con los despojos del ejército republicano, en plena desbandada. Con el cargamento acudió a la feria de san Andrés de Daroca y vendió el animal a Juan por treinta duros.

Tiburcio salió de la cantina con los ojos inyectados en sangre, bien porque la rabia le quemaba la sangre, bien por el morapio ingerido en el curso de la investigación policial. Montó el arma reglamentaria y se dirigió al camino del Puente Tablas, por donde habrían de pasar los hijos de Juan, camino de casa.

No tardaron en aparecer los chavales llevando del ronzal a la mula. En medio del camino los esperaba Tiburcio: el arma en la mano derecha pegada a la pernera; el puño izquierdo cerrado, un Ideales en la comisura de los labios e ira, mucha ira, en el rostro.

Los hijos de Juan que lo vieron desde el Puente Tablas ralentizaron el paso mientras cuchicheaban entre ellos. No tardaron en interpretar la situación: le quitaron la albarda y el ronzal a la caballería; le dieron una palmada en los cuartos traseros y el animal volvió grupas iniciando una huida al galope tendido. Así fue como “Leona” pasó a la clandestinidad.

Pero Tiburcio era un hombre de acción y comenzó la balacera. Aquello parecía el duelo en O. K. Corral. Las balas silbaban por encima de la orejas del animal, mientras los muchachos, tumbados en el suelo, mordían la hierba del ribazo y lloraban de miedo.

Afortunadamente, el pulso de Tiburcio ya no era el que había sido cuando perseguía al maquis por la serranías del Maestrazgo. Qué tiempos. Cuando en una noche de plenilunio tuvo en el punto de mira a un guerrillero mientras huía por una escarpada ladera. Desde entonces había vivido macerado en cazalla. Hay quién dice que los remordimientos no le dejaban vivir y otros que el odio le impedía morir.

El animal ganó la carretera de Atea y se perdió por la rambla de Daroquilla. Tiburcio tiró con rabia el fusil al suelo, mientras elevaba al cielo un juramento.

Al día siguiente los muchachos volvieron a la pieza con la intención de rematar la faena, esta vez con las azadas, ya que no contaban con el concurso de la mula. Cuando llegaron a la finca no podían dar crédito a lo vieron: la mula estaba al pie del tajo esperando para reanudar la tarea. Después de las carantoñas de rigor, engancharon al animal en el arado.

Al acabar la tarea, le despojaron del aparejo y el animal volvió a recobrar la libertad. El episodio se repitió a diario; unas veces campaleando la remolacha, otras surqueando la tierra para sembrar las judías…Día tras día la mula acudía al trabajo como si de un imperativo moral se tratara.

El hecho se difundió con celeridad por el territorio del Jiloca. El animal empezó a ser tratado como un símbolo de libertad en una sociedad cautiva. En una casilla de los Rebollares nunca le faltaba grano y paja en el pesebre. El herrero del pueblo le cambió una herradura que tenía en mal estado y Toribio, el esquilador, le arregló las crines. El día del Corpus se pudo ver su silueta recortada en el Alto del Val.

El asunto traía de cabeza a Tiburcio que acosaba a los hijos de Juan en busca de la mula fugitiva. Los muchachos desplegaban todo tipo de ardides para evitar que el guardia pudiera seguir la pista del animal. El resto de los guardias se desentendieron del asunto que se convirtió en algo personal entre Toribio y el animal. Dos inteligencias enfrentadas. En una ocasión Toribio creyó sorprender al animal bebiendo en el Jiloca, pero el animal pudo huir vadeando el río. Desde la otra orilla el animal desafiaba al guardia piafando, antes de desaparecer por un panizo.

Al tiempo la mula dejó de verse; no acudía a trabajar, ni pernoctaba en los lugares donde solía.

Entonces comenzó la leyenda. Hubo gente que aseguraba haberla visto por las cresterías de la sierra de Orcajo. Pronto se hablaba de un caballo azabache que corría con la crines al viento por la Pedrosa. Nicomedes Ventura, el pastor, juró haber visto a un caballo blanco en una noche de luna abrevando en la rambla de Balconchán. Don Manuel, maestro nacional, tan aficionado a la mitología como a los revueltos de anís, contó en el Capi, cómo un centauro rampante le apareció en medio del camino de Ancho en actitud amenazante.

Un día Tiburcio apareció muerto. Al parecer, borracho, cayó de bruces en el cauce del Río Viejo. Encontraron el cuerpo boca abajo, la cara hundida en el fango entre berros y carrizos. La autopsia hablaba de muerte accidental por ahogamiento. Sin embargo, el forense añadió una coletilla inquietante:

“Se desconoce el origen y relación con el ahogamiento de una herida en la espalda en forma de U invertida”.

O en forma de herradura, pensó Leoncio, cuando leyó el informe forense.

J C Martín
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