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30/05/2006
AMORES RURALES

Autor: jcmartin (7:47 pm)
Perico Lumbreras era un hombre de pocas palabras, no por discreción o reserva, sino por que no le acudían a la boca cuando las necesitaba; particularmente cuando veía aparecer a Inocencia Peinado. Inocencia era hembra flamenca a la antigua usanza; una mujer poderosa, rotunda de carnes, pechos de matrona, sonrisa franca dibujada en un rostro todavía agradable y media melena al viento o recogida en un moño. En los días de fiesta, con la blusa blanca remetida en una falda de tubo azul marino, aún era capaz de atraer las miradas furtivas de los hombres. No podría precisar su edad, ni ella daba muchas pistas. Podríamos decir que estaba en esa edad indescifrable en la que las mujeres se hacen invisibles para los más jóvenes, pero levantan todavía pasiones entre los maduros.
Perico la vio venir, acarreando su cuerpo con aire desenvuelto y la sonrisa esbozada en el rostro. Cuando llegó a su altura, Inocencia amplió la sonrisa y con la naturalidad que le daba conocerlo desde niños, le saludó con afectividad exenta de compromiso:

- ¡Holaaa Perico!- , dijo con marcado acento

Perico apenas acertó a enarcar las cejas, a modo de saludo, sin que pudiera articular palabra, mientras bajaba los ojos evitando su mirada. Cualquier espectador hubiera advertido el rubor en sus mejillas, de no ser por la barba de varios días. Siempre le pasaba lo mismo.
Perico no era un seductor. Y no lo digo por su aspecto: barba de varios días, boina calada, cejijunto, nariz estampada en la cara, orejas ondeando al viento, dientes amarillentos por la nicotina del sempiterno cigarrillo que colgaba en la comisura de sus labios, pantalones de pana gastados, camisa de cuadros que necesitaba algo más que una agua y de ordinario, unas abarcas como calzado. Algo le impedía acercarse a sus congéneres con naturalidad y particularmente a las mujeres. A su edad su experiencia sexual se limitaba a visitas esporádicas al club “La Gata Caliente” de Mainar, acompañado por su amigo Ambrosio, el putero más activo del territorio del Jiloca, y a algunos encuentros sexuales encuadrables en el campo de la zoofilia, mientras pastoreaba a las ovejas, de los que no referiré detalles escabrosos.

Estas experiencias sexuales resultaron traumáticas, al punto de que decidió prescindir de extraños y resolver sus problemas sexuales sin testigos: ora en la soledad de su habitación, ora en la casilla de la viña. La imagen de Inocencia era recurrente en todos estos instantes de placer atropellado y solitario

Ambrosio, buen conocedor de la naturaleza humana y con probada experiencia en lances amorosos, observó que Perico tenía un comportamiento errático, se le veía meditabundo y un punto melancólico. Y así le habló:

- Perico, tú estás enamorado

Perico Lumbreras lo miró con cara de susto y la boca abierta. No sabía exactamente lo que significaba el amor ni que síntomas presentaba semejante desvarío, aunque como seguidor fiel del serial radiofónico “Lucecita”, había oído esas palabras siempre en boca de personajes atormentados y desgarrados por la pasión. Nunca se le hubiera ocurrido que tuviera que ver con él. Sin embargo, algo en su interior le comía las entrañas; se le hacía un nudo en el estómago cuando veía a Inocencia; provocaba encuentros aparentemente casuales con ella; se despertaba sobresaltado por las noches mojado en sudor frío y otros humores. Por un momento se barruntó que Ambrosio podría tener razón y que no eran sino síntomas de un mal mayor: el amor.

Ambrosio interpretó su silencio como reconocimiento de culpa y le recomendó que iniciara un acercamiento a Inocencia.

- Todos los sábados va al baile. Acércate a ver qué pasa -, dijo Ambrosio, a sabiendas de que su intuición no andaba descaminada.

Perico Lumbreras no había ido a un baile en su vida, si exceptuamos los de la plaza Santiago en las tardes del Corpus. En estas ocasiones se apostaba en la barbacana de la Grajera, aprovechando la penumbra y procurando ver sin ser visto. En su fuero interno sentía envidia de aquellos jóvenes que restregaban sus cuerpos, alegres y despreocupados.

Pero esta vez era distinto. El sábado por la tarde se acercó a la barbería de “El Pollo”, se sentó en el sillón y ordenó que le cortaran el pelo y afeitaran. Al barbero le sorprendió verlo por allí porque no era cliente habitual. No obstante, le atendió con profesionalidad, no sin antes hacerle ver, que facilitaría mucho su labor si se quitaba la boina.
No juzgó necesario cambiarse de ropa, bien porque no tuviera otra muda disponible o porque apenas hacía una semana que se había cambiado la camiseta de felpa. Arrumbó la boina en un rincón y se acicaló, o así: metió la cabeza debajo del grifo, se cortó las uñas de las manos con las tijeras de podar y abrió un bote de colonia Brumel, que le habían regalado en la Caja de Ahorros; se roció generosamente y con el líquido sobrante se enjuagó la boca.

Maqueado de esta guisa se dirigió a la discoteca “El Ruejo”. Su determinación se iba resquebrajando conforme se acercaba. En el zaguán de la calle Mayor se detuvo sopesando lo que estaba haciendo. No obstante, despejó cualquier duda e ingresó en la penumbra del local. El contraste le cegó, aunque paulatinamente fue reconociendo las formas: una pareja sobre un sofá buscándose las encías, un corrillo hablando animadamente; una esfera luminosa empedrada de cristales de colores rotaba proyectando haces de luz. En la pista de baile cuerpos sudorosos se desgañitaban en una especie de danza ritual.
Perico oteaba por encima de las cabezas buscando a Inocencia. En un barrido de luz la descubrió conversando con unas amigas. Se acercó por la espalda buscando la oportunidad de abordarla. De repente, la música estridente dejó paso a una melodía edulcorada y la penumbra quedó estampada de una sinfonía de colores. Cuando ya sentía el olor de su cuerpo, un intruso se interpuso en su camino. Pudo ver como hablaba a Inocencia al oído. Momentos más tarde, ella le colgaba los brazos alrededor del cuerpo, mientras él la ceñía por la cintura. Los dos cuerpos, ya uno solo, se dejaban llevar por la música e Inocencia desmayó su cabeza en el hombro de aquel hombre. Perico sintió una punzada en el pecho, los ojos se le nublaron y le faltaba el aire.

A partir de ese momento sólo pensó en cómo salir de allí. Buscaba la salida atropelladamente, empujando los cuerpos que le salían al paso. En la calle inició una frenética huida. Corrió como nunca había hecho; corrió por los callejones sin rumbo ni criterio; corrió con la desesperación de los perdedores. Sus hermanos le oyeron abrir la puerta de la casa y cerrar la de su habitación. Se dejó caer en la cama, mientras como un niño asustado escondía la cabeza debajo de la cama. En ese momento no le hubiera importado morir.

Días más tarde, Ambrosio le convenció de que nada estaba perdido y que debía jugar sus bazas. En el Río Viejo recogió unos ababoles y formó un ramo muy aparente. Una vez en Daroca encaminó sus pasos a la casa de Inocencia en Valcaliente. Llamó a la puerta y cuando oyó su voz, arrojó el ramo en la puerta y corrió a esconderse. Desde la esquina pudo ver cómo se recortaba Inocencia en el portal, cómo descubría las flores y buscaba con la mirada a su admirador. No vio a nadie. Intrigada pero contenta cerró la puerta. Perico lamentó su falta de determinación.

Durante varias semanas el episodio se repitió: unas veces eran los ababoles, en otra ocasión un cestillo de avellanas e incluso, el mejor pollo de su corral en una caja de cartón agujereada para garantizar la supervivencia del animal. El anonimato impedía los progresos del cortejo pero, al menos, la tenía bien alimentada. Muchas veces pensó que festejar era más laborioso que descoronar remolacha.

Aquella tarde, Perico volvía del campo acompañado de Doroteo, su padre, y su hermano Eufemiano. Los tres componían una estampa rescatada del integrismo agrario más profundo. Perico llevaba del ronzal a un tordillo que tiraba de un carro. En el remolque su padre y hermano recostados sobre unos fajos de mielgas para los conejos que criaban en el corral.

A la altura del bar El Ruejo, Perico vio al intruso que le había robado el amor de Inocencia acodado en la barra del bar, rematando con una cerveza su jornada laboral. Al parecer el forastero era un pintor de Calatayud que estaba trabajando en la estación del ferrocarril. Dejándose llevar por un arrebato, abandonó el mulo e irrumpió en el bar. Sin mediar palabra se abalanzó, por la espalda, sobre el pintor. El pobre hombre no sabía por dónde le daba el aire. De repente, se encontró con Perico subido a sus costillas, golpeándole con una mano, mientras le tiraba del pelo con la otra y le mordía donde podía. Para entonces, su padre y hermano le secundaban en una acción más propia de guerrilla urbana. En un primer momento, el factor sorpresa, decantó la pelea a favor del equipo local. No obstante, el pintor era hombre fornido y con un violento giro logró deshacerse de Perico que salió despedido, dando con sus huesos en una pecera que había en el bar. El cristal se quebró por el impacto del cuerpo y un torrente de agua, salpicada de pececillos tropicales, cayó sobre Perico.

Eufemiano se las tenía tiesas con un compañero del pintor que había acudido en su ayuda. La confusa y tumultuaria pelea se había convertido en una batalla campal, donde volaban las sillas y las botellas. Cuando la pelea parecía cambiar de signo, Doroteo pasó a mayores desplegando una navaja de canalera. El camarero, recuperado de la sorpresa inicial, evitó males mayores y sacando una botella de anís del Mono, la estampó en la cabeza de Doroteo, que perdió el conocimiento: más si cabe. En el suelo quedó, tendido cuan largo era, apestando a anís.


Algunos parroquianos salieron a la calle Mayor buscando a la policía municipal. El policía de servicio, del que no revelaré el nombre por razones de seguridad, acudió con más resignación que diligencia. Auxiliado por varios ciudadanos logró parar la pelea, a lo que ayudó el hecho de que los locales habían quedado fuera de combate y los forasteros habían desistido en sus acometidas.

En unos momentos, el municipal nombró a unos comisarios accidentales y la comitiva se dirigió al Cuartel de la Guardia Civil. El séquito iba encabezado por el municipal, seguido por los implicados en la reyerta, separados para evitar que se reanudaran las hostilidades. Los pintores no daban crédito a lo que les había pasado y maldecían su suerte.
El cabo Venancio se encargó de tramitar la denuncia y la remitió al Juzgado con una nota manuscrita, que resumía el altercado con una precisión quirúrgica: “asunto de faldas”.El caso se perdió en los vericuetos judiciales y hasta los protagonistas se olvidaron de él.

Inocencia, ajena a la tormenta que había desatado, conoció a Aniceto, un encofrador gallego que por entonces se dejó caer por Daroca. No se sabe qué pudo ver en él, el caso es que dejando casa y hacienda, se fugó con el tal Aniceto. Durante años no supimos nada de ella, hasta que Ambrosio se la encontró en el club de alterne “La Renault”, cerca de Tudela. El nombre no era gratuito, sino que provenía de un antiguo taller mecánico reconvertido en lupanar. Inocencia le refirió cómo Aniceto la había dejado preñada para abandonarla en una lúgubre pensión de Ribaforada; cómo tuvo que soportar las palizas y vejaciones del sujeto. Todavía recordaba el asco que le producía su olor, mezcla de sudor y alcohol, cuando la forzaba en aquel camastro desvencijado. Cómo tuvo que ganarse el pan fregando los suelos de un convento de Dominicas, donde se le acogió en los últimos meses del embarazo. Las monjas la convencieron para que dejara en el hospicio a su niña recién nacida y ella, entre sollozos, firmó los papeles que le pusieron delante sin leerlos. Abandonó el convento y fue dando tumbos hasta que recaló en “La Renault”, donde ejercía con el nombre de guerra de Susana.

Ambrosio le intentó convencer para que volviera a Daroca, pero ella declinó la invitación con una mezcla de orgullo y vergüenza. La “madame” interrumpió la conversación con hielo en sus palabras:

- Susana, te espera un cliente-, señalando con la cabeza a un tipo de aspecto siniestro, traje negro raído salpicado de caspa, que parecía el gerente de una empresa de pompas fúnebres.

Años más tarde Inocencia regresó a Daroca. Una tarde bajó las escaleras del autobús de Agreda y vio caras conocidas en la calle Mayor que la saludaron como si el tiempo no hubiera pasado. No hubo preguntas ni ella dio explicaciones, pero llevaba dibujada su historia en el rostro.

Empezó a trabajar como dependienta en una tienda, donde dio muestras de conservar el encanto personal que le habíamos conocido. Perico no tardó en acercarse a ella con excusas a cual más peregrina e Inocencia agradeció su compañía.

Al tiempo, Inocencia anunció a las clientas de la tienda que se casaba. La vida siempre da una segunda oportunidad. El lector atento habrá adivinado la identidad del feliz novio. Una mañana de marzo, coincidiendo con la misa de ocho de la mañana, se casaba en la capilla de los Corporales con…Ambrosio. No hubo invitados y más serenidad que alegría. Donde no llegara el amor lo haría el respeto, pensó Inocencia.

A esas horas, Perico arreaba el ganado en la paridera. Su gesto ceñudo no podía ocultar una tristeza infinita y un sentimiento parecido a la traición le reconcomía las entrañas. Durante meses evitó encontrarse con la pareja y retiró el saludo a Ambrosio. Pasaron los días, con los días los meses y el tiempo hizo su trabajo: el odio dejó paso a una suerte de melancolía que bien podría parecerse a la resignación.

Una mañana, Ambrosio, lo encontró con el ganado en un paraje de Jalagra, y lo abordó sin contemplaciones:

- Perico, el domingo hace los años la Inocencia y nos gustaría que vinieses a comer-, en su voz se podría apreciar un difuso sentimiento de culpa.

Perico no contestó. Pero el domingo acudió a la cita con un garrafón de vino de garnacha y un par de perdices. Poco a poco se hicieron inseparables. Perico les llevaba los mejores frutos de su huerta; volvió a cazar con Ambrosio y hay quien dice que se les volvió a ver reír juntos. Inocencia le repasaba las mudas y le zurcía los calcetines. Perico aprendió a querer a Inocencia por persona interpuesta: los besos de Ambrosio eran sus besos y las caricias eran sus caricias.

Durante algunos años vivieron con una placidez que fácilmente se hubiera podido confundir con la felicidad. Una mañana, Inocencia volvía de la consulta de don Germán con las lágrimas corriendo por sus mejillas. Hacía tiempo que se había descubierto algunos bultos en el pecho y al médico le faltó tiempo para mandarla al especialista, que confirmó los pronósticos más pesimistas. La enfermedad corrió más que la vida y tuvo un desenlace rápido. Todo Daroca acudió al entierro y dieron el pésame a Ambrosio y al propio Perico, en calidad de viudo putativo.

Pasaron los años, Ambrosio y Perico terminaban sus días en la residencia de ancianos de Santa Ana, jugando a la petanca en El Paseo y jugando al guiñote en tardes interminables. Una noche, después de cenar, se sentaron a ver la televisión; era un programa de ésos que buscan desaparecidos: ¿Quién sabe dónde?, ¿Dónde coño estás?, Sé dónde te escondes, No te escondas que es peor, o algo parecido. De pronto la imagen de una mujer joven apareció en primer plano en la pantalla. Perico, que se estaba bebiendo un vaso de leche, escupió del susto la leche y de paso un trozo de magdalena que había mojado. Miró a Ambrosio y vio que estaba lívido, con la boca abierta y un compulsivo temblor de labios componiendo una imagen patética. Ante sus ojos tenían la viva imagen de una Inocencia veinteañera que con una desenvoltura impropia de su edad pedía ayuda para descubrir el paradero de su madre, o al menos de familiares o amigos que la hubieran conocido.

Un rótulo en la pantalla anunciaba el nombre de la buscamadres: Carmen Expósito. A Ambrosio no le pasó desapercibido que era el apellido que habitualmente se usaba en La Inclusa para los hijos de padres desconocidos. Resopló, y mientras se rascaba la boina, adelantó los acontecimientos, pues tenía un cierto conocimiento de la mecánica de esos programas de televisión:

- Perico, ¿has salido alguna vez en la televisión?

- En mi puta vida- dijo con seguridad el aludido.

- Pues aféitate que nos vamos a la tele- dijo Ambrosio, sin perder de vista la pantalla.

Marcó el número de teléfono sobreimpresionado en la pantalla y respiró hondo.



JCMartín
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