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14/03/2006
LA SEMANA DE PASIÓN DE INGRID PARKER

Autor: jcmartin (7:16 pm)
Por nada del mundo Luisito Zarragón se perdía la Semana Santa de Daroca a pesar de que llevaba más de treinta años en Madrid, donde trabajaba en la Casa de la Moneda, merced a la intervención de D. Mariano Navarro Rubio, a la sazón Ministro de Hacienda. Por el territorio del Jiloca circulaba la especie de que su trabajo consistía en quemar los billetes en mal estado que el banco de España retiraba del tráfico mercantil. Esto justificaría, según los malpensados, el que hubiera venido a mejor fortuna y que mostrara signos externos de riqueza impropios de su modesta canonjía funcionarial.

Aquel año había venido con su nuevo coche, un deslumbrante SEAT 850 Coupé, tuneado a modo, y llevaba colgada del brazo una media novia que respondía al nombre de Ingrid Parker, a la que presentaba como hija del tercer agregado comercial de la embajada inglesa en Madrid. La hija de la Pérfida Albión era escueta de carnes para el gusto de la época, aunque embutida en una falda de tubo no pasaba desapercibida; gastaba media melena rubia y fumaba rubio emboquillado con un aire ausente y lánguido que a mi amigo Pascualín le parecía el colmo de la sofisticación.

Luisito la llevó a la procesión de Viernes Santo; se situaron en la puerta de la pastelería de Tomás Segura, en la calle Mayor a su paso por la plaza Santiago, donde podían divisar la estatua de su egregio benefactor. Ingrid se interesó por uno de los cofrades que destacaba del resto por su altura y porte distinguido.

- Es Rudy Rodríguez. Algún día será un gran músico-, le informó solícito Zarragón.

No era un secreto que Rudy Rodríguez tenía ante sí una prometedora carrera musical. Con apenas dieciocho años ya era jefe de bombos en la cofradía de la Piedad. Embutido en el hábito azul y blanco rompía el silencio con un bombo de gran tamaño; con el brazo en alto llamaba la atención del resto de los tambores y con solemnidad dejaba caer la maza sobre el bombo; primero, de manera pausada y posteriormente, frenéticamente hasta que entraba en trance. Era la señal que esperaban el resto de los tambores y bombos para crear una atmósfera atronadora.

Aquel Viernes Santo, Rudy golpeaba el bombo como poseído. La sangre no tardó en aparecer en sus nudillos manchando el bombo en una orgía de sangre y sudor. De repente, en un gesto especialmente violento, el mazo se le escapó de la mano, salió volando y fue a parar a la cabeza del alcalde, que marchaba al frente de la Corporación Local, metros más atrás. Sorprendentemente el alcalde recibió el impacto y el mazo, rebotado vino a caer en la cabeza de uno de los maceros o andadores que abrían el séquito municipal. El alcalde no mostró mayores daños, hecho que no extrañó a la oposición municipal. Peor suerte corrió el macero que cayó fulminado por el impacto, perdiendo en la caída la peluca que, junto a la capa, constituye su indumentaria habitual.

El macero que completaba la pareja al ver a su compañero en el suelo inconsciente no pudo reprimir un impulso atávico y blandiendo la maza de plata repujada, joya de la orfebrería medieval darocense, arremetió contra Rudy Rodríguez. Afortunadamente, el capirote de nazareno dificultaba un cálculo exacto del golpe y el mazazo no alcanzó zonas vitales, aunque produjo su destocamiento. Ya sin el capirote pudo ver a su agresor y en un acto de legítima defensa estampó el bombo en la cabeza del macero.

La acción fue secundada, como un solo hombre, por el resto de los tambores que se emplearon a fondo, al punto de constituir un serio quebradero de cabeza para el macero. Por suerte, intervino la pareja de policías municipales que escoltaban a la Corporación municipal. La Policía Municipal no era un cuerpo propiamente represivo; no es que ejercieran el monopolio legítimo de la violencia con condescendencia, es que no habían puesto una multa de tráfico en la vida. Sin embargo, el cabo Celestino estaba bregado en las algaradas reivindicativas de la Autovía por Daroca. Así que viendo al macero en el suelo sintió la llamada de la selva, desenfundó la porra y arremetió contra los cofrades, escasamente armados con sus baquetas y a los que los tambores y bombos dificultaban la maniobra en el campo de batalla. No tardó en unirse a la represión, Bernardino, el otro municipal, y entre los dos rompieron las líneas de los insurrectos y sembraron el pánico entre los cofrades.

La victoria hubiera estado próxima si los monaguillos que encabezaban la procesión no hubieran cargado contra los municipales enristrando como lanzas sus cruces procesionales, bien aleccionados por el sacristán que, hisopo en mano, repartía mandobles a diestro y siniestro. El cabo Celestino se vio en el suelo al ser derribado por el impacto de la cruz procesional de Pedrillo, el monaguillo estrella de la Colegial, de buen fondo pero malas pulgas.

Momento que aprovechó Gervasio, que doblaba sus funciones como basurero y presidente del Comité de Empresa del Ayuntamiento para abalanzarse sobre el sacristán causándole lesiones de pronóstico reservado. Las Damas del Santísimo Misterio, tacón en mano, pusieron a la fuga al retén de bomberos que por un sentimiento de corporativismo mal entendido, habían salido en defensa del funcionariado y de la Corporación Municipal. Los músicos de la Banda Municipal que cerraban la procesión, cargaron contra los porteadores del paso del Descendimiento a los que dejaron fuera de combate utilizando los saxofones y los clarinetes como bates de béisbol. Pero no pudieron evitar la acometida de la cohorte de Romanos que, en perfecta formación de tortuga, se deshicieron de los aguerridos músicos.

Para entonces, los dos bandos estaban ya definidos: por un lado, los Consistorialistas y por otro, los Confesionales. El alcalde reunió al gabinete de crisis y solicitó lealtad municipal a los concejales. Los socialistas al grito de “lo que mandes alcalde” se pusieron a su disposición; los aragonesistas los secundaron, no sin antes consultarlo con Biel y los del PP, tras alguna duda de conciencia, decidieron apoyar a la autoridad civil, aunque en su gesto había más tibieza que determinación.
Por su parte, el párroco había llamado a capítulo a los priores de las cofradías, a los máximos responsables de los Esclavos y Damas del Santísimo Misterio y a Antonino, que hacía las veces de centurión de los Romanos, al que se encomendó el mando militar de las operaciones, reservándose el párroco la dirección espiritual.

Los Estados Mayores de ambos bandos comenzaron los movimientos tácticos. El Paso de la Cruz haciendo un último esfuerzo, se precipitó contra la formación de concejales, todavía entretenidos en deliberaciones, intentando descabezar el mando de los Consistorialistas. Y hubieran conseguido su propósito si Teodoro no hubiera tenido la ocurrencia de sacar a la calle la máquina barredora y con desprecio de su integridad física no se hubiera lanzado contra el Paso procesional. El ingenio mecánico hizo valer su superioridad tecnológica y dejó fuera de combate al Paso. El pánico cundió entre los porteadores ante la estratagema. Pero Teodoro embebido en su victoria no pudo ver al Cristo penitente que esgrimiendo la cruz como ariete neutralizó la diabólica barredora.

Para entonces la línea de frente había desaparecido y se luchaba cuerpo a cuerpo en una lucha fraticida, en la que familiares se encontraron en bandos distintos y otros se encontraron defendiendo, por pura casualidad, posiciones alejadas de sus convicciones ideológicas. Eutimio que portaba el paso del Ecce Homo, se las entendió con su hermano Cipriano, el concejal y a su vez miembro de la cofradía desde niño, al que su representación política le había llevado al bando de los Consistorialistas. O el caso de Leoncio, secretario general de la UGT local, que procesionaba como hermano de la Piedad y que se vio en la necesidad de estamparle el cirio en la cabeza a su correligionario Tomasico, a la sazón concejal del PSOE. Una dama del Santísimo Misterio le sacudía con la peineta a su hijo Fernandito, que en mala hora había decidido tocar el bombardino en la Banda Municipal. O qué decir de Orencio Bemoles, de comunión diaria y con acta de concejal, que vestido de nazareno se pasó a las filas de los Consistorialistas donde fue recibido como un héroe por sus correligionarios del PAR y el resto de la Corporación, mientras el otro bando lo tachaba de quintacolumnista.
Muy comentado fue el caso de Chesús Hipólito Torquemada, carismático jefe de bomberos, que compatibilizaba su cargo de secretario local de la CHA con el de Prior de los Esclavos del Santísimo Misterio, que desertó del bando consistorialista para organizar la agitación y propaganda de los Confesionales para sorpresa de sus correligionarios y alegría de su tía monja que daba gracias al cielo por la vuelta al redil de su díscolo sobrino.

En un momento de la refriega se encontraron frente a frente el alcalde y el párroco, sin acólitos; sus miradas se cruzaron con la ira reflejada en las pupilas. No podría precisar quién desató las hostilidades, sólo que los vi de hinojos cruzándose golpes con las armas propias de su dignidad: uno con el bastón municipal y el otro, con el hisopo en una mano y la Biblia, edición rústica, en la otra. El cruce de golpes estaba adobado por un intercambio de amenazas e improperios que producían escalofríos al observador imparcial, si lo hubiere.

- Olvídate de la subvención para la merienda de San Isidro -, le gritaba fuera de sí el alcalde.
- No pienso bendecir el nuevo camión de la basura-, le contestaba con escasa piedad cristiana el exaltado párroco.


La noche se hizo en la calle Mayor y un trueno pavoroso paralizó a los contendientes, antesala de los chorros de agua que empezaron a caer. Esto fue interpretado por unos como un designio de la Providencia y por el otro bando, como una confirmación del parte metereológico que había anunciado agua a la hora de la procesión. La lluvia suspendió las hostilidades y se licenciaron a los combatientes de ambos bandos que corrían despavoridos buscando un refugio.

El Alcalde se dirigió al Párroco, en tono grave:
-¿ A qué hora es el Vía Crucis mañana?
- A las once de la mañana, como siempre- contestó el cura.

Convenida la cita para el día siguiente, ambos se perdieron en la noche.

Ingrid Parker, que estaba entusiasmada del espectáculo y no había parado de sacar fotos de la refriega, expresó su sentir en un magnífico castellano:

- Esto es mucho mejor que los desfiles de Moros y Cristianos de Valencia ¿Cómo dices que se llama?,- dijo la criatura
- La procesión del Santo Entierro-, le contestó Luisito Zarragón.
- No me extraña.- dijo con voz apenas audible no exenta de cierta sorna.


El domingo de Pascua la llevó a la romería del pinar de San Cristóbal, donde la Parker disfrutó y de qué modo, pero lo que allí ocurrió debería contarlo Luisito Zarragón, si quiere o Rudy Rodríguez, si se atreve.

La inglesa se despidió de todos con gran efusividad y prometió volver al año siguiente. Sin embargo, viendo la cara de Luisito, algo me decía que no iba a ser posible.

JCMartín
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