Aquí donde me ven, he sido un niño asimétrico. En los primeros años de la década de los sesenta, cuando apenas tenía unos meses de edad, mi madre observó, entre preocupada y espantada, cómo la sonrosada parte izquierda de mi cuerpo engordaba alarmantemente, mientras la derecha se mantenía en una pálida delgadez. La mejilla izquierda se hinchó con una especie de flemón, al punto de que una tía lejana le dijo a mi madre que era muy pequeño para comer adoquines. Enfrentado de perfil al espejo: por un lado, parecía el muñeco de Michelín, o un pez globo, según otras opiniones; y por el otro, un niño sacado de un cartel de una colecta del Domund. Mi madre se barruntó que alguna malformación congénita me estaba convirtiendo en un adefesio. El problema no era mi madre, que al fin y al cabo, me querría igual, sino las vecinas que habían empezado a murmurar a sus espaldas. Mi padre no veía mayor problema: si el niño había salido feo qué se le va a hacer. Pero, mi madre no se dejó arrastrar por el derrotismo que se respiraba a su alrededor. Acudió a la consulta de Don Alejo, el médico del pueblo, que a su bondad natural añadía un buen ojo clínico, por no hablar de su proverbial sentido común.
- Pasa Encarna, ¿qué te trae por aquí?-, dijo el galeno. - Mi chico Juan Carlos- le contestó mi madre.
El doctor dio un respingo en la silla porque el parto había sido accidentado y la había tenido que enviar a parir al Hospital San Juan de Dios de Zaragoza. De esta actuación del doctor, probablemente, le debo estar vivo, pero conservo la secuela de que en mi carné de identidad figura “nacido en Zaragoza”. - ¿Qué le pasa?-, inquirió el médico. - Pues que tiene una cara más gorda que otra ...
El médico relajó el gesto y esbozó una media sonrisa. A mi madre no le pasaron desapercibidos los esfuerzos de Don Alejo por mantener la compostura y pensó, para sus adentros, que no era propio de un médico hacer escarnio de las desgracias ajenas.
- ¿Qué tal come y duerme el chico?-, dijo el médico recuperando la seriedad que le era propia. - Sólo se despierta para comer y se despacha las papillas de Maizena sin talento- le respondió mi madre con aplomo. - ¿Y dónde duerme?-, continuó el interrogatorio Don Alejo.
Mi madre empezó a sospechar que Don Alejo empezaba a desvariar, pero por seguirle la corriente, le contestó:
- Recostadico en una cuna de mimbre que me dejó mi hermana. Pero, cómo el chico está tan lustroso ya se le está quedando pequeña.
Don Alejo suspiró profundamente y se aprestó a prescribir el tratamiento:
- Mira Encarna, vas a hacer lo siguiente: los días pares, acuestas al niño del lado izquierdo y los días impares, del lado derecho.
-Y no haría falta que viera usted al chico-, se atrevió a sugerirle mi madre.
- No, déjalo no se vaya a despertar-, dijo, mordiéndose los labios para evitar la risa.
Aquello, lejos de reconfortarle, incrementó su desconcierto. Empezó a pensar que había perdido el tiempo y que Don Alejo no se tomaba el asunto con la debida profesionalidad.
A la salida de la consulta, en la sala de espera se encontraba Felicitas, a la que mi madre había puesto en antecedentes del problema, que le preguntó: - ¿Qué tal ha ido? - No quiere ni ver al chico Doña Felicitas pensó que muy feo debía ser el niño para que ni el médico se atreviese a verlo y arregló el asunto:
- No te preocupes Encarna, que al niño se le ve muy despierto
Mi madre, por un momento, pensó en tomarse la justicia por su mano y estrangular allí mismo a la impertinente Felicitas. La visión de un futuro en la cárcel mientras el niño era el hazmerreír del pueblo le hizo entrar en razón, no sin antes, administrar una lanzada a Doña Felicitas:
- Bueno, que no sea nada lo del ojo-, le espetó mientras salía de la sala de espera.
A doña Felicitas el ojo se le salía de su órbita de pura indignación. Y no el bueno, sino el que tenía de cristal desde que siendo niña se sacó el ojo con el mango con un rastrillo mientras trillaba en la era. Desde entonces ocultaba la oquedad con un parche, hasta que la seguridad social tuvo a bien proporcionarle una prótesis de cristal.
En menos de un mes y aplicando, a regañadientes, el tratamiento, había recuperado la simetría y el perfil griego que, aún hoy, a despecho de los estragos del tiempo, disfruto.
Mi abuela María, en señal de agradecimiento, le puso una vela al Santísimo Misterio. Mi madre, algo más descreída, le llevó a Don Alejo las primeras morcillas de la matanza.
Pensará el lector atento que la historia tuvo un final feliz y que el buen doctor me libró del escarnio público. Y así hubiera sido, si mi madre, henchida de satisfacción por la recuperación de la simetría, no hubiera tenido la ocurrencia de encargarle a Bernal, el fotógrafo de Daroca, un retrato mío a cuerpo entero, de considerables dimensiones. La fotografía muestra a un niño sentado en una silla estampada con motivos campestres, vestido únicamente con una camiseta de algodón sin mangas. No tengo motivo de queja del encuadre ni de la composición e incluso, en otras circunstancias, hubiera valorado la espontaneidad de la imagen, salvo por un detalle que no pasaba desapercibido a las visitas: la camiseta apenas ocultaba el ombligo, mientras mostraba en todo su esplendor las partes pudendas de la criatura. Alguien debió pensar, que no se podía hurtar a la humanidad semejante hermosura. Durante años la fotografía presidió el salón de la casa e incluso, desplazó al calendario de Explosivos Río Tinto, que por aquella época era la única obra de arte que nos podíamos permitir. Pasaban los años, el niño de la foto se perpetuaba en su feliz inconsciencia, mientras el original, un servidor, reventaba las costuras de los pantalones, comenzaba a afeitarse el incipiente bigote y exhibía una cara salpicada de un sarpullido adolescente. Con el transcurrir del tiempo la comparación de la foto y el original resultaba cada vez más cómica para las visitas, que, entre risas, no tenían empacho en especular con las dimensiones actuales de los atributos masculinos de la criatura de haberse producido, como es natural, un crecimiento armónico de toda la anatomía.
Con la llegada de la mayoría de edad me planté y exigí a mi madre la destrucción de la fotografía. Semejante arrebato iconoclasta le hizo reconsiderar su postura y aunque no accedió a la eliminación de toda prueba gráfica, al menos, consintió en relegar el retrato a otro lugar más discreto, al abrigo de curiosidades malsanas.
Durante años reproché a mi madre la impúdica exhibición de mis vergüenzas, sin que ella reconociera nunca la autoría intelectual del oprobio, atribuyéndola a las ínfulas artísticas de Bernal. En otra ocasión sometí al fotógrafo a un interrogatorio, en el más puro estilo forense, para que revelara la verdad sobre la responsabilidad última de la foto. Bernal declinó cualquier responsabilidad, imputando el tanto de culpa a mi madre sobre la iniciativa y oportunidad de la fotografía, reservándose únicamente los méritos artísticos, si los hubiere. Cómo se protegen los culpables. -----------------------------
Hace algún tiempo, acudí a la presentación de una exposición en la Casa de Cultura de fotografías antiguas de Daroca. La exposición había recopilado fotografías de las últimas décadas del siglo XX y la inauguración había convocado a las autoridades locales y comarcales, así como a una nutrida concurrencia de curiosos ávidos de cultura y de canapés, todo hay que decirlo. El Comisario de la Exposición iba comentando, una a una, las fotografías donadas por particulares, que” habían rescatado de sus desvanes sus imágenes más íntimas para componer un gran fresco de la época”, según explicaba con cierta pedantería. De repente, una imagen que creía olvidada apareció ante mis ojos. El comisario llamó la atención sobre una fotografía a la que reconoció como una de las joyas de la exposición. Qué composición, qué encuadre, qué espontaneidad, qué tratamiento de la luz…, decía el deslenguado, en una letanía que parecía no tener fin. Todas las miradas convergieron en mí con risas apenas disimuladas al principio y francas carcajadas al fin. Pude ver las caras enrojecidas de algunos, no por el pudor de la visión del cuerpo desnudo, sino porque no daban abasto para engullir la interclasista tortilla de patatas y reírse al mismo tiempo. El pasado siempre vuelve en su peor versión.
No necesité leer el pie de la fotografía que rezaba:
“Juan Carlos Martín, el niño asimétrico”
JC Martín |