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    <title>Entrada de  jcmartin&#039;s</title>
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    <description>Entradas de  jcmartin</description>
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      <title>Entrada de  jcmartin&#039;s</title>
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      <title>El tesoro de Heriberto Heredia</title>
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      <description>Siempre me producía inquietud entrar en aquella tienda. Cuando se abría la puerta una campanilla delataba la presencia del cliente y el tendero se hacía presente detrás del mostrador. Bajo su mirada había que recorrer  tres o cuatro pasos sobre una tarima de madera que crujía como la cubierta de un galeón pirata. Cuando llegabas al mostrador te encontrabas la mirada grave  de Heriberto Heredia interrogándote sobre el propósito que albergabas al irrumpir en su santuario. No era ni alto ni bajo; se peinaba hacia atrás con el pelo engominado; gastaba un bigotillo perfectamente perfilado como era corriente en la época. No me hubiera extrañado encontrarlo con camisa azul, botas altas y correaje, aunque habitualmente usaba una bata gris gastada por el uso.Junto al mostrador tenía una vieja máquina de escribir Olivetti en la que entretenía el tiempo que le dejaba la escasa afluencia de clientes. Supimos que ejercía como corresponsal en el territorio del Jiloca del periódico de adscripción falangista Amanecer. Algunas veces lo veíamos recorriendo Daroca revisado el estado de conservación de los monumentos que salpican nuestra ciudad. Al parecer sus buenas relaciones con algún preboste del Régimen le había proporcionado una bicoca administrativa y sus visitas no eran altruistas sino que se correspondían con su desempeño como funcionario de Bellas Artes, pues tal era su cometido.Años atrás había sido albañil y participado en las restauraciones que se produjeron en los años cincuenta en Daroca. Un día, de manera inopinada, dejó la profesión para instalarse como comerciante en la calle Mayor. Aquello dejó sumido en la perplejidad a más de uno y alimentó una leyenda que no le abandonaría en toda su vida. Una versión acabada de la historia la contaba Felicitas a todo el que la quería oír: al parecer, cuando Heriberto trabajaba en la restauración del torreón del Caballero de la Espuela había encontrado una olla repleta de monedas de oro. El hallazgo se produjo cuando trabajaba en solitario, por lo que pudo hacerse con el tesoro sin compartirlo con nadie. Eso le permitió retirase de la albañilería  y vivir de las rentas. Como se viera obligado a disimular el hallazgo, montó la tienda para que sirviera de tapadera de los ingresos difícilmente justificables.Esto explicaría la dejadez comercial que mostraba y la insistencia en mantener la tienda abierta cuando, a todas luces, el negocio era ruinoso. Más que una tienda era un museo: pequeñas muñecas, pistolas y sables, soldados, indios y vaqueros, todo en plástico, que nunca vimos vender. Nosotros no teníamos mayor interés por semejante arsenal de baratijas, sino en el intercambio de tebeos. Era una de esas tiendas de lance en las que, por una módica cantidad, podías cambiar los tebeos, novelas ilustradas de guerra o de vaqueros y fotonovelas. Aunque nuestro mayor proveedor era El Ordinario, ocasionalmente pasábamos por allí para renovar el arsenal de lectura.Aquella mañana, con ese propósito, mi primo Paco y yo traspasamos la puerta. Encima del mostrador pudimos ver un plano y un ejemplar desvencijado de La isla del tesoro. Reconocimos de inmediato el libro por haberlo leído en una edición de la editorial Bruguera de la biblioteca. Cuando Heriberto advirtió nuestra presencia retiró discretamente el plano. Sin mediar palabra dejamos los tebeos sobre el mostrador. Heriberto, comprendiendo lo que queríamos, desapareció en la trastienda. Mi primo Paco y yo nos miramos y comprendimos que estábamos pensando lo mismo. Era la oportunidad de nuestra vida: sin duda aquello era el plano del tesoro. En algún momento enterraría la olla de monedas de oro en un rincón recóndito y aquel plano era el pasaporte para llegar a él. Sin ponernos previamente de acuerdo nos abalanzamos sobre el plano y lo desplegamos sobre el mostrador. Lo que vimos confirmó nuestras sospechas; era un plano de Daroca con una cruz sobre la calle Mayor que correspondería a la situación de la tienda. El resto de las calles no estaban marcadas, pero sí se reconocía la Iglesia Colegial y cerca de ella una aspa enmarcada en un círculo. No había nombres de calles ni de lugares pero sí algunos datos manuscritos que resultaban incomprensibles para nuestras mentes infantiles:X, I ,50 P, D, 40 p. TY una secuencia de letras: L H E A AB CMi primo cogió un bolígrafo que Heriberto tenía en un vaso de cerámica y copió la leyenda sobre un trozo de papel de envoltorio, mientras yo estaba pendiente de la trastienda para advertir el regreso de Heriberto. Apenas me dio tiempo de avisar a Paco y éste precipitadamente dejó el plano y escondió el papel cuando el tendero apareció con un puñado de tebeos para elegir. No sé si nos llegó a ver, pero no me pasó desapercibido que esbozó una media sonrisa mientras nos miraba fijamente. Dejó los tebeos sobre el mostrador. Nosotros estábamos tan nerviosos que apenas reconocíamos los títulos de los tebeos que se nos presentaba para el cambio: algunos Capitán Trueno, mucho Pulgarcito, DDT y Tío Vivo, varios Hazañas Bélicas. Casi al azar elegimos unos cuantos, le dimos los nuestros al cambio y abonamos las diecisiete pesetas que importaba el lance. Salimos atropelladamente de la tienda no sin antes oír la voz de Heriberto que con cierta sorna nos decía:-	La lectura es un tesoro- mientras se reía a mandíbula batiente.No se reirá tanto el incauto cuando lo desplumemos, pensé, mientras corríamos por la calle Mayor. En un banco de la plaza Santiago nos sentamos para descifrar el enigma.	No nos costó mucho descifrar la primera frase. No podía tratarse sino de una guía para localizar el tesoro. Era evidente que la equis inicial correspondía a la tienda de Heriberto. Y si se trataba de una dirección, la I sería izquierda, la P acompañado de 50 no podría ser otra cosa que 50 pasos. Así fuimos descifrando el misterio: la D es la derecha y así sucesivamente. Pronto estuvimos en disposición de verificar nuestras pesquisas. 	Por la tarde nos situamos en la puerta de la tienda. A la izquierda había un callejón y por allí contamos cincuenta pasos. Siguiendo las instrucciones descifradas llegamos a la plaza Colegial y tras un giro hacia el este contamos los últimos pasos. Estábamos en la T, que sería la inicial de tesoro según nuestro corto entender. Llamarle T al tesoro tampoco es  un prodigio de imaginación, pero para misterios insondables ya están Los Corporales. Probablemente, Heriberto no contaba con tener que vérselas con unas mentes tan engrasadas como las de la pareja de primos.	Miramos a nuestro alrededor buscando el sitio donde pudiera esconderse el Tesoro. Estábamos de nuevo en la calle Mayor, enfrente del cine Fuertes. De repente  a nuestra izquierda divisamos un cartel con una T de dimensiones considerables. Más claro agua. Y por si hubiera alguna duda una leyenda debajo que decía Letras del Tesoro. Cuando la euforia se apoderaba de nosotros vimos un letrero que decía Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Zaragoza, Aragón y Rioja. Así que de esto se trataba.El miserable de Heriberto se había reído de nosotros. Así que el tesoro está en el banco. Cómo no habíamos caído antes. Me imaginaba al fulano satisfecho de la lección moral que nos había dado, recordando que el mayor tesoro es el trabajo y otras estupideces semejantes. Se había reído de nosotros aprovechándose de la natural inocencia infantil.	Tras la humillación solo cabía la venganza. Y a ese objetivo encaminamos nuestras brillantes mentes. Qué se había creído. Sabíamos hacer ecuaciones de segundo grado y además mi primo llevaba gafas, datos que avalaban nuestra superioridad intelectual.La última frase de Heriberto me daba vueltas en la cabeza: la lectura es un tesoro. No le extrañe al lector que la frase me diera vueltas en la cabeza. En realidad, en aquella época mi cabeza parecía una ferretería.Con la frase en los labios nos encaminamos a la biblioteca pública que regentaba Doña Asunción, que doblaba sus labores de maestra nacional con las de bibliotecaria, gracias al tiempo que le dejaba libre su soltería. Nunca supe la edad que tenía aquella mujer pero sí que puedo afirmar sin riesgo a equivocarme que nunca se le vio despeinada. Tengo para mí que la permanente que exhibía no era obra humana, sino creación divina.	No sentamos en una de las largas mesas que había en la biblioteca con las notas que habíamos tomado en la tienda de Heriberto. Una pregunta me asaltaba: ¿qué significado  tenía la secuencia de letras? Si todo el misterio se agotaba en la localización del tesoro ¿qué sentido tenían esas letras que aparentemente no significaban nada? En esas cavilaciones andaba cuando me levanté para ir a buscar  una novela de Zane Grey o Emilio Salgari, que en aquella época devorábamos con fruición. Cuando pasaba por la mesa de doña Asunción advertí que tenía un buen número de libros nuevos pendientes de fichar. Me acerqué por curiosidad y me puse a repasar las portadas: un tratado de jardinería, una biografía de Carlos I De repente un libro llamó mi atención Numerología y filosofía mística. Abrí el libro al azar y leí:	Aquí hay sabiduría. El que tiene entendimiento, cuente el número de la bestia porque es el número de hombre: y el número de ella, seiscientos sesenta y seis							Apocalipsis 13, 18Quise entender que  el nombre de un hombre puede ser representado por números y que el valor numérico de las letras del nombre de la Bestia asciende a 666. Aquello me interesó. Se citaba un libro Numerorum mysteria (¿el misterio de los números?) de un tal Petrus Bungus. Al parecer en el sistema de Bungus  los números se  asignaban a las letras del nombre. De manera que el 1 correspondía a la A, el 2 a la letra B y así sucesivamente. La letra K era el  10 y la L el 20 y a partir de la T los valores numéricos se incrementaban por centenas.Empecé a sustituir la  secuencia de letras por sus valores numéricos:20851123..Cuando terminé se lo mostré a Paco.-	¿Te suena este número?- Le dije sin demasiada convicción.Paco ojeó el número distraídamente y sin darle importancia contestó:-	Eso es el número de una cuenta bancaria- y volvió a  la lectura sin prestar mayor atención.La opinión podía tener fundamento. No en vano, Paco había empezado a estudiar Banca en la celebérrima Academia Izquierdo de Calatayud, la principal cantera de trabajadores de la banca que había en Aragón. Cualquier día en el automotor de Calatayud se podía ver a chicos de toda la comarca haciendo interminables sumas y restas o ejercicios de contabilidad mientras regresaban a casa después de una jornada de estudio.A partir de ese momento todo tuvo sentido. Era una cuenta corriente de la Caja de Ahorros donde el plano ubicaba el Tesoro. Al día siguiente, con el número cuidadosamente anotado en un papel, entramos en la sucursal de la Caja de Ahorros. En el mostrador estaba Gervasio Sánchez, buen amigo de la familia, lo que nos tranquilizó bastante.-	Hola ¿qué quieren los Gallos?- se dirigió a nosotros por el apodo familiar.Le dejamos el papel sobre el mostrador y con cierta temeridad mi primo, como experto en asuntos bancarios, dijo con empaque:-Queremos ver el saldoCon alguna extrañeza se puso a buscar la cuenta. Y cuando pensábamos que se iba a descubrir el pastel y nos iba a echar a patadas, Gervasio pronunció las palabras mágicas.-	A ver, una cuenta infantil conjunta a nombre de Paco y Juan CarlosQué cosa más rara-	 La abuela María que nos abrió una cuenta cuando comulgamos- acerté a decir.-	Eso serátenéis 100 pesetas, ¿qué queréis hacer?- dijo con profesionalidad.-	Sacar todo el dinero- dijo inmediatamente mi primo.Con el dinero en la mano corrimos por la calle hasta la escalinata del Colegio, ya en la plaza de la Colegial. Después de una breve deliberación decidimos qué hacer con el dinero. Entramos en la tienda de Luisito El Ordinario y compramos el primer libro de nuestra vida:Aventuras de un soldado de Napoleón, en una edición barata con ilustraciones que nos dejó a buen precio porque tenía alguna tara en el encuadernado.Seguidamente nos dirigimos en derechura a la pastelería Segura a por unos helados de nata. Mientras dábamos buena cuenta de los helados pasamos por la puerta de la tienda de Heriberto. El tendero estaba en el quicio de la puerta y riendo abiertamente nos espetó:-	La lectura es un tesoro, chavalesY tú que lo digas Heriberto. 			JCMartín</description>
      <pubDate>Thu, 21 May 2009 13:42:25 +0100</pubDate>
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      <title>Viva el comunismo libertario y otras historias</title>
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      <description>Ricardo siempre dice que le gusta venir a Daroca para poder hablar. No le falta razón. En ningún sitio como Daroca para hablar; pero hablar como una de las bellas artes, sin razón ni necesidad, como no sea la de entretener y ser entretenido. Hablar no para vencer, ni para convencer, ni siquiera para ofender o para deslumbrar. Hablar por hablar.Hablar de todo y con cualquiera; con conocimiento de causa o sin él. Como aquella legendaria discusión en el Al fondo Guerra en la que se ventilaba un asunto tan controvertido y de tan candente actualidad como El aoristo en el griego clásico. La cualificación de los tertulianos, en el mejor de los casos, era algún curso de griego en un colegio de curas; y en el peor estaba Fulgencio, que no había terminado la EGB, pero intervenía con la solvencia de un Homero redivivo. Hablar en Daroca exige una preparación física propia de un atleta olímpico y el hígado de una oca. Bien por la duración de las conversaciones, bien por el alcohol que se ingiere para lubricar la lengua. Hasta donde sé, el récord lo ostentan Perico y Eugenio que sostuvieron una conversación durante veinticinco horas seguidas (testimonio de diferentes testigos han permitido reconstruir la secuencia temporal). Cuando terminó la conversación, la despedida figura en los anales del surrealismo darocense: -	Ya hablaremos, dijeron las criaturas.Por mi parte, he participado en muchas de estas justas verbales. Siempre a favor de la controversia. Si alguien defiende una posición por sensata y bien fundada que sea, yo mantengo lo contrario. Pero si por alguna extraña razón mi interlocutor cambia de opinión, modifico mis posiciones para que el debate no decaiga. No es de extrañar que mis enemigos me atribuyan una insoportable levedad intelectual.	Otro género es el de la narración oral. Tenemos la suerte de contar con alguno de los más portentosos narradores orales que se puedan encontrar. Este género exige el compromiso de no cuestionar la veracidad de la historia; es un dato irrelevante. El único compromiso que tiene el narrador es que la historia sea buena y esté bien contada.	Recuerdo cierta Nochebuena en la que Pedro nos estaba refiriendo su visita a cierto lupanar de lujo en Paris. Un palacete neoclásico regentado por una rubia oxigenada que reventaba las costuras de su vestido como una serpiente antes de mudar la piel; un escote palabra de honor que desnudaba los hombros y escondía los secretos de mil noches de placer mercenario. En el establecimiento ejercía como una diosa del amor su hija: una Lolita pecotosa, con un cuerpo en formación y el vicio en las venas. Escaleras de mármol de Carrara y muebles art decó. Champán servido en copas heladas de cristal de Bohemia. Habitaciones con cortinas estampadas que recreaban escenas del Kama Sutra y sábanas de raso en camas de ébano torneado. En fin, en este plan. La historia y la magia de la narración se vio interrumpida abruptamente por Pilar cuando reprochó al narrador:-	Eso no es verdadMiramos a la aguafiestas con cara de pocos amigos y tuvo que plegar velas. Eso no se hace.	Nadie osó enmendarle la plana a Martín cuando refería su aventura aérea. Al parecer, un amigo suyo tenía una avioneta para fumigar cereales y le invitó a dar una vuelta por el territorio del Jiloca. Como viera a su amigo Eusebio andando por el camino de Las Suertes decidió gastarle una broma. La avioneta se lanzó en picado hacia el pobre Eusebio que aterrado no acertaba a encontrar un escondite. La pericia del piloto se puso de manifiesto cuando, con la punta del ala del aparato, le quitó la gorra de la cabeza, sin tocarle  ni un pelo,  para rápidamente ganar altura. Eusebio, apenas se hubo repuesto del susto, elevó el puño al cielo en gesto amenazante. Martín, entre risas, le lanzó en un papelito un mensaje tranquilizador para Eusebio: no te preocupes, soy tu amigo M.. El Eusebio, que sabía apreciar una buena broma, devolvió enfervorizados gestos de saludo. Desde el Barón Rojo no se había visto tamaña  hazaña aérea. 	Adentrándonos ya, en lo que el amigo Víctor denomina el realismo mágico darocense. Contaba mi primo Paco, que Juanillo se ganaba la vida explotando cuatro vacas lecheras. Aquella temporada, bien fuera porque bajó la producción láctea de los animalicos o porque hubiera más personal en el pueblo coincidiendo con las fiestas, el caso es que se las veía y deseaba para poder atender la demanda de leche. Así que recurrió al procedimiento conocido como bautismo, nada infrecuente en su práctica profesional. Tomaba el agua de una rambla próxima para mezclarla con la leche en una versión contemporánea del milagro de las bodas de Caná. Una tormenta veraniega provocó que el agua de la rambla empezará a bajar turbia. Juanillo no era un hombre que se dejará arredrar por minucias. Continuó añadiendo a la leche el agua, antes cristalina. La leche presentaba un color marrón tierra de difícil justificación. Pero todo en esta vida tiene una explicación y Juanillo la encontró. Cuando la tía Jenara mostró su extrañeza por el color de la leche, Juanillo le disipó las dudas que pudiera albergar:-	Pero mujer, no te das cuenta de que esta leche es de la vaca royaLa tía Jenara lo entendió perfectamente; nada más lógico que el color de la leche coincida con el de la vaca. El sentido común impidió que prosperaran otras interpretaciones milenaristas,  como la que comenzó a propalar Eutimia Barruntos que consideró que el fenómeno de la transubstanciación de la leche era la primera de las plagas bíblicas que preludiaban el fin del mundo. La teoría se vio  reforzada al día siguiente cuando cayó una pedregada  en el territorio del Jiloca. Eutimia consideró como una evidencia de sus tesis, semejante concatenación de desgracias. Benigno, un monje del racionalismo, consideró que lo milagroso hubiera sido que no apedreara un año en el territorio del Jiloca.	 Mis preferidos son los creadores de imágenes o los inventores de palabras o expresiones que renuevan periódicamente el acervo cultural del territorio del Jiloca. Como Luisito, que en una fría noche del franquismo crepuscular, cuando crujía la escarcha, irrumpió en Legido en mangas de camisa y mientras su figura se recortaba en el quicio de la puerta, lanzó su gritó de guerra:-	Viva el comunismo libertario..-No había rematado la frase cuando advirtió la presencia de una pareja de la Guardia Civil. Como viera comprometida su situación, reaccionó demostrando una notable rapidez de reflejos y flexibilidad ideológica, completando la frase de manera antológica:-	Viva el comunismo libertario y la Guardia Civil.Delfín es otro de los más fecundos creadores de imágenes. Una noche, bañada por la luna y la sopeta, nos encontrábamos en las fiestas de San Martín traspasados por la euforia. Esa sensación de bienestar y felicidad mental transitoria la resumió de la mejor manera posible. Me agarró del brazo y mirándome a los ojos me dijo:-	Juan Carlos ,esto es el  Music- Hall de ComansiTodavía hoy no entiendo como se produjo esa prodigiosa asociación de imágenes.De similar altura visual y literaria es la frase que se atribuye a la peña El Chaparro. Como te vieran en circunstancias escasamente dignas o en estados de conciencia alterada, te espetaban:-	¿Hay barro u qué, Mildred?Una versión mejorada de los narradores orales eran los que acompañaban el discurso con una adecuada puesta en escena. Entre ellos estaba Fermín. Cierta noche se presentó en las fiestas de Báguena con una cabra y una trompeta. Se recorrió todas las peñas atrapando al personal en una disertación que versaba sobre la cabra y sus virtudes como animal de compañía. La performance se completaba con diversos números circenses con la cabra como protagonista. Con estas y otras tretas trabó relación con Venusiana, joven escasamente avisada y de encantos discutibles, a la que llamaremos Veni por respetar sus deseos. La madrugada estaba avanzada, cuando la parejita se desfogaba en el asiento trasero de un SEAT 1430 aparcado en la rambla de Anento, mientras la cabra, sentada en el asiento del conductor, devoraba un fajete de cerrajillas, segadas por el propio Fermín en un ribazo al objeto de mantenerla entretenida , mientras le cumplía, o así, a Venusiana. Bien fuera por el alcohol, la ingesta de estupefacientes o la impericia sexual de Venusiana, el caso es que el clímax se retrasaba; Veni había agotado todo su repertorio de gemidos y presentaba síntomas crecientes de aburrimiento. La cabra había dado buena cuenta de las cerrajillas y comenzó a balar desconsoladamente. Los berridos de la cabra estaban desquiciando a Fermín, que se juró que haría chorizos con ella, en cuanto apañara lo de Veni. Así que le abrió la puerta del coche. La cabra saltó a la rambla, no sin antes llevarse en la boca la ropa interior de los amantes. El animal se perdió por la rambla en dirección al pueblo y fue a parar a la plaza, todavía concurrida. Los mozos detuvieron a la cabra y le arrancaron el bocado. ¿De quién serán estas bragas? La pregunta hubiera sido meramente retórica o no hubiera tenido respuesta, si la madre de Veni no hubiera tenido la ocurrencia de bordarle en rojo su nombre en las bragas. Fermín demostró ser hombre precavido porque, si bien había personalizado los calzoncillos, al menos, había utilizado pseudónimo: Abanderado.  A primera hora de la mañana, el alguacil, bien secundado por una cuadrilla de mozos insomnes que querían ver la reacción de la damisela, le devolvió la ropa interior a Veni y de paso le otorgó la guarda y custodia de la cabra hasta que el pleno del consistorio decidiera sobre su destino último.No había pasado ni una semana cuando Fermín se presentó en casa de de Veni. Su padre abrió la puerta, con una escopeta cargada de postas en una mano y le espetó:-	¿Vienes a pedir la mano de la Veni?- le dijo con el ceño fruncido.-	En realidad vengo a por la cabra- le contestó Fermín con un empaque suicida dadas las circunstancias.El padre entró en casa y salió con la cabra y la Veni, que portaba una vieja maleta. Le hizo entrega de ambas a Fermín. Éste no consideró oportuno llevar la contraria a alguien con una escopeta en la mano. Cuando la comitiva se alejaba de la casa, el padre de la feliz novia, a modo de despedida, le dijo:-	Ah, puedes llamarme papá- y cerró la puerta de un portazoY así fue cómo Fermín abandonó la soltería; se recluyó en casa y se volvió taciturno y parco en palabras; él, que había sido el mejor narrador del territorio del Jiloca.JCMartín</description>
      <pubDate>Tue, 04 Dec 2007 19:03:47 +0100</pubDate>
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      <title>Abraham Lincoln en Used</title>
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      <description>En cuestióna de procesiones, Used ha arrasado este año; ya lo siento, porque la del Santo Entierro en Daroca tuvo mucho lustre. En Used recuperaban una vieja procesión de Jueves Santo. El `personal procesionaba disfrazado de romano y otros personajes bíblicos. El evento había atraído la atención de la televisión aragonesa que había desplazado a un aguerrido reportero del programa Aragón directo. La presentadora anuncia una conexión con la procesión que se estaba celebrando en ese momento. Se abre el plano y aparece el risueño reportero haciendo su entradilla vestido de romano, con una lanza en una mano y el micrófono en la otra. El tribulete era un chico joven, muy joven y se le veía muy metido en situación; anuncia a la audiencia que va a entrevistar a algunos de los participantes. En ese momento pasa  un figurante que hacía el papel de Jesucristo con una gran cruz a cuestas. El animoso periodista le aborda y le mete el micrófono en la boca.-	¿Cómo va eso Jesucristo?- le pregunta el tribulete.-	Ya ves  le responde lacónico el interpeladoCuando esperaba que empezara a hacer preguntas de mayor enjundia y habida cuenta de la familiaridad con la que se trataban, el periodista pareció perder el interés por el entrevistado. Creo que fue una ocasión fallida, a ver cuando el fulano va a tener otra vez la oportunidad de entrevistar a Jesucristo en exclusiva. Si hubiera trabajado para otros programas más serios como El Tomate le hubiera hecho las preguntas que todo el mundo esperaba: ¿Qué hay de los rumores de su relación con María Magdalena? ¿Es verdad que ha vendido el reportaje de la resurrección al Hola?El caso es que como no le daba mucho juego se dirigió a por otro procesionario; éste representaba  la figura de un hombre barbado, de aspecto venerable y túnica hasta los pies. El intrépido enviado especial debió pensar que este daría más juego que el escasamente hablador Jesucristo. Para saber no hay cosa mejor que preguntar y se enfrascó en la faena:-	¿De quién vas disfrazado?- , el tuteo se imponía porque había confianza.-	De Abraham - , respondió el aludido con patriarcal seguridad-	¿De Abraham Lincoln?- repreguntó el periodista sin fronteras pensando que estaba vez si que había pillado cacho y tenía un personaje de enjundia.El momento era tenso; el Abraham no sabía qué responder y el tribulete aguantaba el primer plano esperando inútilmente la contestación a tan aguda pregunta. La situación era delicada porque el uno no sabía quién era Abraham y el otro no sabía quién era el tal Lincoln, ni si tenía familia en Used.El reportero resolvió la situación buscando con la mirada otro personaje. Más allá vio a una mujer con un disfraz muy aparente y con la lanza y el micrófono se fue hacia  ella dando grandes gritos:-	María Magdalena, María Magdalena, decía la criatura, dejando sumido en la perplejidad al Abraham postizo.Del Antiguo Testamento no tiene ni idea, pensé, pero del Nuevo Testamento ha debido ver la película.JCMartín</description>
      <pubDate>Thu, 31 May 2007 14:54:07 +0100</pubDate>
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      <title>El centauro del Jiloca</title>
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      <description>No había razones para que aquella mañana de domingo fuera diferente a otras.   Los hijos de Juan estaban plantando las patatas en la partida de santa Bárbara. Agustín, el mayor, aunque no había cumplido los dieciocho años, cortaba las patatas de siembra. Antonio, el mediano, abría los surcos con un arado de vertedera, tirado por una mula torda que respondía al nombre de Leona(o no; porque el animalico era harto imprevisible). Felisín, todavía un muchacho imberbe, depositaba con cuidado los gajos de patata en la ladera del surco procurando mantener la distancia de un paso entre bocados.La mañana había sido fresca, pero desaparecida la neblina matinal, el día se prometía luminoso. Solamente la voz de Antonio dirigiendo a la caballería rompía el silencio en aquella mañana primaveral. La faena corría cierta prisa porque se estaba pasando el tempero.	Cuando la labor estaba ya vencida, dos figuras fácilmente reconocibles se recortaron por la ladera de un tozal. Vestían  de verde con capa y tricornio. Agustín levantó la mirada y los vio a menos de un centenar de pasos; dio el aviso a sus hermanos, que se apresuraron a quitarle el aparejo a la mula. Pero ya era tarde. Los civiles cayeron sobre ellos cuando apenas le habían quitado el collerón y habían soltado la mula del arado.-	Estaos quietos-  dijo el cabo Tiburcio que parecía dirigir el operativo policial.-	Es que se pasaba el tempero y en las fechas que estamos.-, apuntó Agustín a modo de disculpa.-	Chavales, sabéis que no se puede trabajar en domingo.- dijo Tiburcio, mientras sacaba una especie de libreta para iniciar el procedimiento sancionador.La situación se barruntaba complicada. Tiburcio no era persona que atendiera a razones salvo cuando revestían forma de órdenes. Además, eran conocidos los métodos de persuasión del personaje. La única posibilidad que se atisbaba era que el cabo Tiburcio no fuera capaz de redactar el boletín de denuncia. Hipótesis no absolutamente descartable habida cuenta de la manera en que escribía:-	A- GUS- TIN-, el interfecto anotaba en la libreta los nombres de los infractores, mientras los deletreaba en voz alta. Leoncio, el número que completaba la pareja, observaba a su superior con una mezcla de fastidio y desaprobación. Fijó la mirada en los muchachos, dio un respingo y preguntó:-	¿No sois los hijos de Juan?Los muchachos se miraron y comprendieron que había una última oportunidad de salir bien librados del chandrío. Comoquiera que Leoncio viera confirmadas sus sospechas se dirigió a su superior jerárquico.-	Son los hijos de Juan.- dijo a modo de sentencia, como si ya no hiciera falta decir más.Juan era guarda rural y compañero de correrías de Leoncio. Ambos eran conocidos en la comarca por su afición al morapio y a las mujeres, con las que tenían un éxito tan notable como sorprendente.	Tiburcio, bien por no enfrentarse a su compañero o bien para librarse del engorroso trámite burocrático, rompió el boletín de denuncia con cierto alivio. La historia parecía resolverse en una mera anécdota. Pero no estaba de Dios que las cosas  quedaran así.	Tiburcio pasó la mano por el lomo de la caballería mientras pronunciaba las palabras que iban a desencadenar los acontecimientos:-	¡Ay! qué mulica tordaNo pudo terminar la frase. Apenas sintió la mano del guardia sobre su lomo, la mula soltó una coz brutal que dio con Tiburcio en el suelo. Los hijos de Juan no pudieron evitar una discreta sonrisa entre dientes. Sin embargo, Leoncio no pudo, ni quiso, amortiguar las carcajadas. Era más de lo Tiburcio estaba dispuesto a aguantar. Así que se incorporó; se echó a la cara el fusil Máuser que llevaba en bandolera y se dispuso a acabar con el animal del demonio. Aquello hizo cambiar el semblante de los hijos de Juan que mudaron de inmediato su gesto por otro de alarma. El animal era el único medio de tracción de que disponían y en buena medida del trabajo de la mula dependía el sustento de toda la familia. El pequeño Felisín, dotado como pocos para el melodrama, decidió salir a escena. Se interpuso entre el animal y Tiburcio (qué coincidencia) y con los brazos y piernas en forma de aspa intentaba detener al guardia en su pretensión de acabar con el animal.-	Aparta, chaval que te pego cuatro tiros a ti también.- dijo Tiburcio fuera de sí y con el dedo acariciando el gatillo del arma. Su mirada devolvía una fanática determinación.  Felisín  se abrazó a la mula y se hizo uno con ella, en un intento de protegerla con su cuerpo. Había pánico en su expresión pero también una decisión cercana al martirio. Sus hermanos dudaban si hacerse solidarios con el inconsciente Felisín o lanzarse a por Tiburcio; aunque no descartaban, ni mucho menos, otras posibilidades menos heroicas, como echarse a correr o implorar a Tiburcio que no matara a la caballería (bueno, y a Felisín, claro). Leoncio intervino de nuevo para evitar el drama rural y le habló a Tiburcio en término conciliadores, pero con firmeza en su voz:-	Vamos, no me jodas. Deja al chico en paz.- mientras con la mano desviaba el cañón del máuser hacia el cielo.Tiburcio pareció tranquilizarse; se echó el fusil al hombro, iniciando una retirada estratégica que a los muchachos les supo a victoria. Cuando se alejaba del animal vio unas  iniciales grabadas a fuego en el cuarto trasero derecho del animal: C. N. T.Aquello pareció sublevar de nuevo al levantisco guardia.-	¿Y esto que es?- preguntó con rabia. Esas siglas, en los años siguientes a la Guerra Civil, sólo podían significar una cosa. Y era la excusa perfecta para que Tiburcio acabara con el jumento.Pero el mayor de los hijos de Juan anduvo despierto y le ofreció una improvisada explicación, no exenta de ingenio.-	Es que compramos la caballería al tío Canuto y por eso lleva sus iniciales-, dijo con empaqueTiburcio silabeó la palabra canuto mientras contaba con los dedos y pareció dar por buena la explicación, aunque sin mucho convencimiento.	No tardó Tiburcio en convertirse en el hazmerreír  de la Casa Cuartel cuando se divulgó el incidente. Como un loco salió a la calle dispuesto a zanjar la cuestión. Entró en Casa Macanche (en realidad en el cartel ponía El Imperio Vinos, pero como la mayoría de los parroquianos no tenían letras, pocos lo sabían) e interrogó a varios clientes sobre el particular. Tras varias rondas de gañote, a los parroquianos se les fue soltando la lengua y Tiburcio pudo atar cabos. La mula pertenecía al ejército comandado por el  anarquista Ascaso que luchaba en la parte de Huesca. Cuando las tropas franquistas rompieron el frente requisaron abundante material bélico, entre el que se encontraba el jumento. Un oficial vendió el animal a los especuladores que, en la retaguardia, acompañaban al ejército franquista en su avance, haciéndose por cuatro reales con los despojos del ejército republicano, en plena desbandada. Con el cargamento acudió a la feria de san Andrés de Daroca y vendió el animal a Juan por treinta duros.	Tiburcio salió de la cantina con los ojos inyectados en sangre, bien porque la rabia le quemaba la sangre, bien por el morapio ingerido en el curso de la investigación policial. Montó el arma reglamentaria y se dirigió al camino del Puente Tablas, por donde habrían de pasar los hijos de Juan, camino de casa.	No tardaron en aparecer los chavales llevando del ronzal a la mula. En medio del camino los esperaba Tiburcio: el arma en la mano derecha pegada a la pernera; el puño izquierdo cerrado, un Ideales en la comisura de los labios e ira, mucha ira, en el rostro.	Los hijos de Juan que lo vieron desde el Puente Tablas ralentizaron el paso mientras cuchicheaban entre ellos. No tardaron en interpretar la situación: le quitaron la albarda y el ronzal a la caballería; le dieron una palmada en los cuartos traseros y el animal volvió grupas iniciando una huida al galope tendido. Así fue como Leona pasó a la clandestinidad.	Pero Tiburcio era un hombre de acción y comenzó la balacera. Aquello parecía el duelo en O. K. Corral. Las balas silbaban por encima de la orejas del animal, mientras los muchachos, tumbados en el suelo, mordían la hierba del ribazo y lloraban de miedo.	Afortunadamente, el pulso de Tiburcio ya no era el que había sido cuando perseguía al maquis por la serranías del Maestrazgo. Qué tiempos. Cuando en una noche de plenilunio tuvo en el punto de mira a un guerrillero mientras huía por una escarpada ladera. Desde entonces había vivido macerado en cazalla. Hay quién dice que los remordimientos no le dejaban vivir y otros que el odio le impedía morir.	El animal ganó la carretera de Atea y se perdió por la rambla de Daroquilla. Tiburcio tiró con rabia el fusil al suelo, mientras elevaba al cielo un juramento.	Al día siguiente los muchachos volvieron a la pieza con la intención de rematar la faena, esta vez con las azadas, ya que no contaban con el concurso de la mula. Cuando llegaron a la finca no podían dar crédito a lo vieron: la mula estaba al pie del tajo esperando para reanudar la tarea. Después de las carantoñas de rigor, engancharon al animal en el arado.	Al acabar la tarea, le despojaron del aparejo y el animal volvió a recobrar la libertad. El episodio se repitió a diario; unas veces campaleando la remolacha, otras surqueando la tierra para sembrar las judíasDía tras día la mula acudía al trabajo como si de un imperativo moral se tratara.	El hecho se difundió con celeridad por el territorio del Jiloca. El animal empezó a ser tratado como un símbolo de libertad en una sociedad cautiva. En una casilla de los Rebollares nunca le faltaba grano y paja en el pesebre. El herrero del pueblo le cambió una herradura que tenía en mal estado y Toribio, el esquilador, le arregló las crines. El día del Corpus se pudo ver su silueta recortada en el Alto del Val.	El asunto traía de cabeza a Tiburcio que acosaba a los hijos de Juan en busca de la mula fugitiva. Los muchachos desplegaban todo tipo de ardides para evitar que el guardia pudiera seguir la pista del animal. El resto de los guardias se desentendieron del asunto que se  convirtió en algo personal entre Toribio y el animal. Dos inteligencias enfrentadas. En una ocasión Toribio creyó sorprender al animal bebiendo en el Jiloca, pero el animal pudo huir vadeando el río. Desde la otra orilla el animal desafiaba al guardia piafando, antes de desaparecer por un panizo.	Al tiempo la mula dejó de verse; no acudía a trabajar, ni pernoctaba en los lugares donde solía.	Entonces comenzó la leyenda. Hubo gente que aseguraba haberla visto por las cresterías de la sierra de Orcajo. Pronto se hablaba de un caballo azabache que corría con la crines al viento por la Pedrosa. Nicomedes Ventura, el pastor, juró haber visto a un caballo blanco en una noche de luna abrevando en la rambla de Balconchán. Don Manuel, maestro nacional, tan aficionado a la mitología como a los revueltos de anís, contó en el Capi, cómo un centauro rampante le apareció en medio del camino de Ancho en actitud amenazante.	Un día Tiburcio apareció muerto. Al parecer, borracho, cayó de bruces en el cauce del Río Viejo. Encontraron el cuerpo boca abajo, la cara hundida en el fango entre berros y carrizos. La autopsia hablaba de muerte accidental por ahogamiento. Sin embargo, el forense añadió una coletilla inquietante:	Se desconoce el origen y relación con el ahogamiento de una herida en la espalda  en forma de U invertida.	O en forma de herradura, pensó Leoncio, cuando leyó el informe forense.	J C Martín</description>
      <pubDate>Wed, 11 Oct 2006 09:09:24 +0100</pubDate>
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      <title>EL HOMBRE DE MONREAL</title>
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      <description>El automotor  paró en la estación de Daroca con estrépito. Un individuo de aspecto siniestro se asomó a la puerta del vagón y durante un instante mantuvo la mirada perdida en la lejanía. Parecía dudar si había llegado a su destino, pero tras unos momentos, decidió que Daroca era un lugar tan bueno como otro cualquiera. No era ni alto ni bajo, pero debajo del gabán marrón con cuello de piel se adivinaba un cuerpo robusto. Su rostro anguloso y de mentón poderoso componía un gesto hierático, como esculpido en piedra; portaba en su mano derecha una vieja maleta de madera que habría conocido tiempos mejores. En el andén cruzó la mirada con Evaristo Casillas, el jefe de estación, que le observaba mientras se hurgaba las encías con un palillo, tratando de adivinar qué habría traído a esta parte del Jiloca a ese raro personaje. El forastero encendió un cigarrillo negro sin boquilla, se ajustó el cuello del gabán al cuello y con paso decidido se encaminó al pueblo.	En el abrevadero de la Puerta Baja jugueteaban dos niños con el agua. No tendrían más de trece años. Gastaban pantalones cortos que dejaban ver sus rodillas roñosas; alpargatas rotas de lona azul y jersey con cuello en uve que mostraban los cuellos sucios de sus camisas. Interrumpieron sus juegos al ver la extraña figura del forastero que avanzaba con parsimonia envuelto en una neblina vespertina que le proporcionaba un halo de misterio. Los miró desde la acera, ya a la altura de la casa de los Lozano. El autobús de Molina venía por la calzada haciendo sonar el claxon. El forastero esbozó lo que parecía una leve sonrisa e inopinadamente se lanzó a las ruedas del autobús. Apenas pudo reaccionar el conductor, pero en un alarde de reflejos pisó el frenó hasta el fondo y clavó el autobús en el empedrado. Las ruedas delanteras quedaron a un par de dedos del  forastero, ahora ya el suicida, dejando el cuerpo oculto bajo la carrocería del vehículo.	Casimiro, el conductor, bajó apresuradamente del vehículo con el susto en el cuerpo pensando que lo había mandado al otro mundo. Maldecía su suerte. Pero la congoja se convirtió en ira cuando descubrió al individuo ileso sobre el empedrado. Lo cogió de la solapa del gabán y lo levantó del suelo hasta tener la cara enfrentada con la del suicida. No había miedo ni dolor en su cara e impertérrito soportó la arenga del airado conductor:-	Tú eres imbécil. Por qué quieres buscarme la ruina. Si te quieres suicidar cuélgate en un manzano o échate al tren o tírate al río, pero nunca, me oyes, nunca, te arrojes a las ruedas de un autobús, porque tu capricho es mi desgracia y la mis pasajeros- le dijo con una elocuencia que parecía salir de sus entrañas porque Casimiro era más un hombre de silencios que de palabras.El conductor arrojó el cuerpo violentamente a la acera sin que hubiera reacción alguna del forastero, montó en su vehículo y desapareció por la calle Mayor.Los niños habían presenciado toda la escena con una mezcla de curiosidad y asombro. El frustrado suicida se incorporó con la ayuda de los chicos. Las criaturas habían escuchado atentamente las rectas razones que asistían a Casimiro y la exhaustiva relación de posibilidades de suicidio que estaban a su alcance. Siempre a favor de obra y en su ánimo de colaborar con el forastero los zagales apuntaron otra posibilidad bien cercana:-	Si te quieres suicidar ahí tienes la balsa- apuntaron los muchachos con un punto de malicia.Se referían a la balsa donde se recogían las aguas del molino de harina de la fábrica de los Lozano en su camino al río. La balsa tenía una compuerta que regulaba el caudal y donde se formaba un remolino, antes de desaparecer las aguas por un cauce soterrado que salía a la superficie formando otra balsa en la casa de  los Iñigo, en su camino al Jiloca.	Los niños no hablaban a humo de pajas: el lugar era uno de los predilectos de los suicidas de la comarca para ahogar sus penas. Aunque también los había partidarios de la balsa del Santo Cristo en el Carmen o del tren, como apuntaba Casimiro, aunque en este caso el índice de mortandad descendía escandalosamente; mayormente, porque había mucho arrepentido de última hora que retiraba la cabeza del raíl en cuanto oía el pitido del tren, si bien presentaba un alto porcentaje de cojos y mancos por cuanto, no siempre daba tiempo a poner a salvo la anatomía completa. Ese fue el caso de Teodomiro Trasobares que se tiró al tren por un mal de amores y en el último momento se acordó de que tenía encaminada el agua a las patatas en Ancho y, por aquello del qué dirán, decidió ir a cerrar la tajadera. El arrepentimiento le llegó pronto para morir pero tarde para salvar la pierna derecha. 	El forastero que desconocía la geografía del suicidio en el Jiloca Medio, miró la balsa que le señalaban los mozalbetes  y debió apreciar su idoneidad para los propósitos que abrigaba. El caso es que se despojó del gabán y a la carrera se lanzó a la balsa. En escasos segundos el cuerpo se fue al fondo y desapareció de la vista. Pero al llegar a las proximidades de la compuerta el remolino de agua hizo aflorar el cuerpo a la superficie. Los muchachos vieron aparecer la mano y el pie derecho y pensaron que el suicida los saludaba antes de emprender su postrero viaje. Suicida pero educado debieron pensar, mientras con la mano contestaban diciéndole adiós. La corriente volvió a tragarse el cuerpo y el remolino volvió a llevarlo a la superficie, repitiéndose por tanto la escena de saludos y despedidas entre el que se iba y los que se quedaban. A la tercera ronda de saludos, cuando los muchachos ya daban síntomas de aburrimiento, el cuerpo desapareció y los chicos comprendieron que la corriente lo había arrastrado por el canal subterráneo y que ya no volvería a aparecer. Entonces corrieron hasta la balsa de los Iñigo donde de manera inexcusable debería aflorar el cuerpo.	Parece que estaban en lo cierto, porque en unos segundos vieron aparecer el cuerpo flotando a merced de la corriente. Se aproximaron a la orilla y con sus cinturones trenzaron un cabo que lanzaron con una maestría notable para su edad. Tras varios intentos, lograron enlazar el cuerpo y lo acercaron a la orilla. Todavía respiraba pero mantenía los ojos entornados. Uno de ellos recordó algunas nociones de primeros auxilios que le habían enseñado en el Frente de Juventudes y empezó a apretarle la tripa con las dos manos. El forastero empezó a expulsar el agua como un cachalote del Atlántico Norte pero no recuperaba el conocimiento, si alguna vez lo había tenido.-	¿Qué habéis hecho esta vez, cabrones?- dijo la voz ronca del cabo Tiburcio.El cabo Tiburcio era un animal con galones; jefe del puesto de la Guardia Civil en la Daroca de los años cuarenta; despiadado con los débiles y obsequioso con los poderosos. Apaleaba con igual saña a ladronzuelos de fruta que a padres de familia sorprendidos trabajando en festivo, por no hablar de los sospechosos de desafección al Régimen. Pero siempre saludaba con mucha ceremonia a las fuerzas vivas de la comarca, que lo despreciaban tanto como lo necesitaban. En esas circunstancias era la última persona que los mozalbetes hubieran querido ver.		Tuvieron que hacer un relato sucinto de los hechos reservándose algunos detalles por una razón de prudencia elemental; entre otros, cualquier referencia al intento de suicidio. En pocos minutos apareció el doctor Yus que certificó la gravedad del estado del forastero y ordenó su evacuación urgente al hospital de Zaragoza.		Durante semanas se debatió entre la vida y la muerte. Pero un buen día su organismo dio síntomas de recuperación, sin una razón aparente, que una de las enfermeras achacó a sus ganas de vivir y el capellán del hospital a la intercesión de la Virgen del Pilar.		Una mañana el médico le dio el alta. Antes de salir del hospital, en las únicas palabras que salieron de su boca desde el ingreso, preguntó a un celador dónde podía coger el tranvía porque era de Monreal y no conocía la ciudad.Momentos después un hombre era atropellado por un tranvía en una calle de Zaragoza.				--------------------------Al día siguiente Casimiro leía el Amanecer en la puerta del Capi cuando se encontró la siguiente noticia:	Un hombre de Monreal muere atropellado por un tranvía en una calle zaragozana		La información se completaba con detalles del suceso que el periódico atribuía a un caso de mala suerte, así como la paradoja de que ingresó ya cadáver en el mismo hospital del que acababa de salir tras una larga convalecencia tras un accidente que sufrió en Daroca. No había ninguna referencia a un posible intento de suicidio.Esbozó una amarga sonrisa y vio a los mozalbetes apedreando a un perro por la plaza Santiago. Con un gesto los llamó y les mostró el periódico mientras les decía.-	¿Sabéis leer?- pregunta que puede parece hoy al lector absurda, pero nada irrelevante en aquella época.Los muchachos sabían lo suficiente para comprender lo que decía y lo que ocultaba el periódico. Sin mediar palabra devolvieron el diario a Casimiro con el que intercambiaron una mirada de inteligencia.	La voz ronca pero desagradable de Tiburcio resonó como un trueno:-	Hombre, qué casualidad. Con vosotros quería hablar- mientras les administraba sendas collejas a los muchachos que se ya se barruntaban que no serían las últimas.Otro que ya había leído la prensa aquel día.JCMartín</description>
      <pubDate>Sun, 03 Sep 2006 17:34:56 +0100</pubDate>
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      <title>AMORES RURALES</title>
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      <description>Perico Lumbreras era un hombre de pocas palabras, no por discreción o reserva, sino por que no le acudían a la boca cuando las necesitaba; particularmente cuando veía aparecer a Inocencia Peinado. Inocencia era hembra flamenca a la antigua usanza; una mujer poderosa, rotunda de carnes, pechos de matrona, sonrisa franca dibujada en un rostro todavía agradable y media melena al viento o recogida en un moño. En los días de fiesta, con la blusa blanca remetida en una falda de tubo azul marino, aún era capaz de atraer las miradas furtivas de los hombres. No podría precisar su edad, ni ella daba muchas pistas. Podríamos decir que estaba en esa edad indescifrable en la que las mujeres se hacen invisibles para los más jóvenes, pero levantan todavía pasiones entre los maduros.Perico la vio venir, acarreando su cuerpo con aire desenvuelto y la sonrisa esbozada en el rostro. Cuando llegó a su altura, Inocencia amplió la sonrisa  y con la naturalidad que le daba conocerlo desde niños, le saludó con afectividad exenta de compromiso:-	¡Holaaa Perico!- , dijo con marcado acentoPerico apenas acertó a enarcar las cejas, a modo de saludo, sin que pudiera articular palabra, mientras bajaba los ojos evitando su mirada. Cualquier espectador hubiera advertido el rubor en sus mejillas, de no ser por la barba de varios días. Siempre le pasaba lo mismo.	Perico no era un seductor. Y no lo digo por su aspecto: barba de varios días, boina calada, cejijunto, nariz estampada en la cara, orejas ondeando al viento, dientes amarillentos por la nicotina del sempiterno cigarrillo que colgaba en la comisura de sus labios, pantalones de pana gastados, camisa de cuadros que necesitaba algo más que una agua y de ordinario, unas abarcas como calzado. Algo  le impedía acercarse a sus congéneres con naturalidad y particularmente a las mujeres. A su edad su experiencia sexual se limitaba a visitas esporádicas al club La Gata Caliente de Mainar, acompañado por su amigo Ambrosio, el putero más activo del territorio del Jiloca, y a  algunos encuentros sexuales encuadrables en el campo de la zoofilia, mientras pastoreaba a las ovejas, de los que no referiré detalles escabrosos. Estas experiencias sexuales resultaron traumáticas, al punto de que decidió  prescindir de extraños y resolver sus problemas sexuales sin testigos: ora en la soledad de su habitación, ora en la casilla de la viña. La imagen de Inocencia era recurrente en todos estos instantes de placer atropellado y solitario	Ambrosio, buen  conocedor de la naturaleza humana y con probada experiencia en lances amorosos, observó que Perico tenía un comportamiento errático, se le veía meditabundo y un punto melancólico. Y así le habló:-	Perico, tú estás enamorado Perico Lumbreras lo miró con cara de susto y la boca abierta. No sabía exactamente lo que significaba el amor ni que síntomas presentaba semejante desvarío, aunque como seguidor fiel del serial radiofónico Lucecita, había oído esas palabras siempre en boca de personajes atormentados y desgarrados por la pasión. Nunca  se le hubiera ocurrido que tuviera  que ver con él. Sin embargo, algo en su interior le comía las entrañas; se le hacía un nudo en el estómago cuando veía a Inocencia; provocaba encuentros aparentemente casuales con ella; se despertaba sobresaltado por las noches mojado en sudor frío y otros humores. Por un momento se barruntó que Ambrosio podría tener razón y que no eran sino síntomas de un mal mayor: el amor.Ambrosio interpretó su silencio como reconocimiento de culpa y le recomendó que iniciara un acercamiento a Inocencia.-	Todos los sábados va al baile. Acércate a ver qué pasa -, dijo Ambrosio, a sabiendas de que su intuición no andaba descaminada.Perico Lumbreras no había ido a un baile en su vida, si exceptuamos los de la plaza Santiago en las tardes del Corpus. En estas ocasiones se apostaba en la barbacana de la Grajera, aprovechando la penumbra y procurando ver sin ser visto. En su fuero interno sentía envidia de aquellos jóvenes que restregaban sus cuerpos, alegres y despreocupados.	Pero esta vez era distinto. El sábado por la tarde se acercó a la barbería de El Pollo, se sentó en el sillón y ordenó que le cortaran el pelo y afeitaran. Al barbero le sorprendió verlo por allí porque no era cliente habitual. No obstante, le atendió con profesionalidad, no sin antes hacerle ver, que facilitaría mucho su labor si se quitaba la boina.	No juzgó necesario cambiarse de ropa, bien porque no tuviera otra muda disponible o porque apenas hacía una semana que se había cambiado la camiseta de felpa. Arrumbó la boina en un rincón y se acicaló, o así: metió la cabeza debajo del grifo, se cortó las uñas de las manos con las tijeras de podar y abrió un bote de colonia Brumel, que le habían regalado en la Caja de Ahorros; se roció generosamente y con el líquido sobrante se enjuagó la boca.	Maqueado de esta guisa se dirigió a la discoteca El Ruejo. Su determinación se iba resquebrajando conforme se acercaba. En el zaguán de la calle Mayor se detuvo sopesando lo que estaba haciendo. No obstante, despejó cualquier duda e ingresó en la penumbra del local. El contraste le cegó, aunque paulatinamente fue reconociendo las formas: una pareja sobre un sofá buscándose las encías, un corrillo hablando animadamente; una esfera luminosa empedrada de cristales de colores  rotaba proyectando haces de luz. En la pista de baile cuerpos sudorosos se desgañitaban en una especie de danza ritual. Perico oteaba por encima de las cabezas buscando a Inocencia. En un barrido de luz la descubrió conversando con unas amigas. Se acercó por la espalda buscando la oportunidad de abordarla. De repente, la música estridente dejó paso a una melodía edulcorada y la penumbra quedó estampada de una sinfonía de colores. Cuando ya sentía el olor de su cuerpo, un intruso se interpuso en su camino. Pudo ver como hablaba a Inocencia al oído. Momentos más tarde, ella le colgaba los brazos alrededor del cuerpo, mientras él la ceñía por la cintura. Los dos cuerpos, ya uno solo, se dejaban llevar por la música e Inocencia desmayó su cabeza en el hombro de aquel hombre. Perico sintió una punzada en el pecho, los ojos se le nublaron y le faltaba el aire.A partir de ese momento sólo pensó en cómo salir de allí. Buscaba la salida atropelladamente, empujando los cuerpos que le salían al paso. En la calle inició una frenética huida. Corrió como nunca había hecho; corrió por los callejones sin rumbo ni criterio; corrió con la desesperación de los perdedores. Sus hermanos le oyeron abrir la puerta de la casa y cerrar la de su habitación. Se dejó caer en la cama, mientras como un niño asustado escondía la cabeza debajo de la cama. En ese momento no le hubiera importado morir.	Días más tarde, Ambrosio le convenció de que nada estaba perdido y que debía jugar sus bazas. En el Río Viejo recogió unos ababoles y formó un ramo muy aparente. Una vez en Daroca encaminó sus pasos a la casa de Inocencia en Valcaliente. Llamó a la puerta y cuando oyó su voz, arrojó el ramo en la puerta y corrió a esconderse. Desde la esquina pudo ver cómo se recortaba Inocencia en el portal, cómo descubría las flores y buscaba con la mirada a su admirador. No vio a nadie. Intrigada pero contenta cerró la puerta.  Perico lamentó su falta de determinación.Durante varias semanas el episodio se repitió: unas veces eran los ababoles, en otra ocasión un cestillo de avellanas  e incluso, el mejor pollo de su corral  en una caja de cartón agujereada para garantizar la supervivencia del animal. El anonimato impedía los progresos del cortejo pero, al menos, la tenía bien alimentada. Muchas veces pensó que festejar era más laborioso que descoronar remolacha.Aquella tarde, Perico volvía del campo acompañado de Doroteo, su padre, y su hermano Eufemiano. Los tres componían una estampa rescatada del integrismo agrario más profundo. Perico llevaba del ronzal a un tordillo que tiraba de un carro. En el remolque su padre y hermano recostados sobre unos fajos de mielgas para los conejos que criaban  en el corral. A la altura del bar El Ruejo, Perico vio al intruso  que le había robado el amor de Inocencia acodado en la barra del bar, rematando con una cerveza su jornada laboral. Al parecer el forastero era un pintor de Calatayud que estaba trabajando en la estación del ferrocarril. Dejándose llevar por un arrebato, abandonó el mulo e irrumpió en el bar. Sin mediar palabra se abalanzó, por la espalda, sobre el pintor. El pobre hombre no sabía por dónde le daba el aire. De repente, se encontró con Perico subido a sus costillas, golpeándole con una mano, mientras  le tiraba del pelo con la otra y le mordía donde podía. Para entonces, su padre y hermano le secundaban en una acción más propia de guerrilla urbana. En un primer momento, el factor sorpresa, decantó la pelea a favor del equipo local. No obstante, el pintor era hombre fornido y con un violento giro logró deshacerse de Perico que salió despedido, dando con sus huesos en una pecera que había en el bar. El cristal se quebró por el impacto del cuerpo y un torrente de agua, salpicada de pececillos tropicales, cayó sobre Perico. Eufemiano se las tenía tiesas con un compañero del pintor que había acudido en su ayuda. La confusa y tumultuaria pelea se había convertido en una batalla campal, donde volaban las sillas y las botellas. Cuando la pelea parecía cambiar de signo, Doroteo pasó a mayores desplegando una navaja de canalera. El camarero, recuperado de la sorpresa inicial, evitó males mayores y sacando una botella de anís del Mono, la estampó en la cabeza de Doroteo, que perdió el conocimiento: más si cabe. En el suelo quedó, tendido cuan largo era, apestando a anís.Algunos parroquianos salieron a la calle Mayor buscando a la policía municipal. El policía de servicio, del que no revelaré el nombre por razones de seguridad, acudió con más resignación que diligencia. Auxiliado por varios ciudadanos logró parar la pelea, a lo que ayudó el hecho de que los locales habían quedado fuera de combate y los forasteros habían desistido en sus acometidas.	En unos momentos, el municipal nombró a unos comisarios accidentales y la comitiva se dirigió al Cuartel de la Guardia Civil. El séquito iba encabezado por el municipal, seguido por los implicados en la reyerta, separados para evitar que se reanudaran las hostilidades. Los pintores no daban crédito a lo que les había pasado y maldecían su suerte.	 El cabo Venancio se encargó de tramitar la denuncia y la remitió al Juzgado con una nota manuscrita, que resumía el altercado con una precisión quirúrgica: asunto de faldas.El caso se perdió en los vericuetos judiciales y hasta los protagonistas se olvidaron de él.Inocencia, ajena a la tormenta que había desatado, conoció a Aniceto, un encofrador gallego que por entonces se dejó caer por Daroca. No se sabe qué pudo ver en él, el caso es que dejando casa y hacienda, se fugó con el tal Aniceto. Durante años no supimos nada de ella, hasta que Ambrosio se la encontró en el club de alterne La Renault, cerca de Tudela. El nombre no era gratuito, sino que provenía de un antiguo taller mecánico reconvertido en lupanar. Inocencia le refirió cómo Aniceto la había dejado preñada para abandonarla en una lúgubre pensión de Ribaforada; cómo tuvo que soportar las palizas y vejaciones del sujeto. Todavía recordaba el asco que le producía su olor, mezcla de sudor y alcohol, cuando la forzaba en aquel camastro desvencijado. Cómo tuvo que ganarse el pan fregando los suelos de un convento de Dominicas, donde se le acogió en los últimos meses del embarazo. Las monjas la convencieron para que dejara en el hospicio a su niña recién nacida y ella, entre sollozos, firmó los papeles que le pusieron delante sin leerlos. Abandonó el convento y fue dando tumbos hasta que recaló en La Renault, donde ejercía con el nombre de guerra de Susana.Ambrosio le intentó convencer para que volviera a Daroca, pero ella declinó la invitación con una mezcla de orgullo y vergüenza. La madame interrumpió la conversación con hielo en sus palabras:	- Susana, te espera un cliente-, señalando con la cabeza a un tipo de aspecto siniestro, traje negro raído salpicado de caspa, que parecía el gerente de una empresa de pompas fúnebres.Años más tarde Inocencia regresó a Daroca. Una tarde bajó las escaleras del autobús de Agreda y vio caras conocidas en la calle Mayor que la saludaron como si el tiempo no hubiera pasado. No hubo preguntas ni ella dio explicaciones, pero llevaba dibujada su historia  en el rostro.Empezó a trabajar como dependienta en una tienda, donde dio muestras de conservar el encanto personal que le habíamos conocido. Perico no tardó en acercarse a ella con excusas a cual más peregrina e Inocencia agradeció su compañía.	Al tiempo, Inocencia anunció a las clientas de la tienda que se casaba. La vida siempre da una segunda oportunidad. El lector atento habrá adivinado la identidad del feliz novio. Una mañana de marzo, coincidiendo con la misa de ocho de la mañana, se casaba en la capilla de los Corporales conAmbrosio. No hubo invitados y más serenidad que alegría. Donde no llegara el amor lo haría el respeto, pensó Inocencia.	A esas horas, Perico arreaba  el ganado en la paridera. Su gesto ceñudo no podía ocultar una tristeza infinita y un sentimiento parecido a la traición  le reconcomía las entrañas. Durante meses evitó encontrarse con la pareja y retiró el saludo a Ambrosio. Pasaron los días, con los días los meses y el tiempo hizo su trabajo: el odio dejó paso a una suerte de melancolía que bien podría parecerse a la resignación.	Una mañana, Ambrosio, lo encontró con el ganado en un paraje de Jalagra, y lo abordó sin contemplaciones:-	Perico, el domingo hace los años la Inocencia y nos gustaría que vinieses a comer-, en su voz se podría apreciar un difuso sentimiento de culpa.Perico no contestó. Pero el domingo acudió a la cita con un garrafón de vino de garnacha y un par de perdices. Poco a poco se hicieron inseparables. Perico les llevaba los mejores frutos de su huerta; volvió a cazar con Ambrosio y hay quien dice que se les volvió a ver reír juntos. Inocencia le repasaba las mudas y le zurcía los calcetines. Perico aprendió a querer a Inocencia por persona interpuesta: los besos de Ambrosio eran sus besos y las caricias eran sus caricias.Durante algunos años vivieron con una placidez que fácilmente se hubiera podido confundir con la felicidad. Una mañana, Inocencia volvía de la consulta de don Germán con las lágrimas corriendo por sus mejillas. Hacía tiempo que se había descubierto algunos bultos en el pecho y al médico le faltó tiempo para mandarla al especialista, que confirmó los pronósticos más pesimistas. La enfermedad corrió más que la vida y tuvo un  desenlace rápido. Todo Daroca acudió al entierro y dieron el pésame a Ambrosio y al propio Perico, en calidad de viudo putativo. Pasaron los años, Ambrosio y Perico terminaban sus días en la residencia de ancianos de Santa Ana, jugando a la petanca en El Paseo y jugando al guiñote en tardes interminables. Una noche, después de cenar, se sentaron a ver la televisión; era un programa de ésos que buscan desaparecidos: ¿Quién sabe dónde?, ¿Dónde coño estás?,  Sé dónde te escondes, No te escondas que es peor, o algo parecido. De pronto la imagen de una mujer joven apareció en primer plano en la pantalla. Perico, que se estaba bebiendo un vaso de leche, escupió del susto la leche y de paso un trozo de magdalena que había mojado. Miró a Ambrosio y vio que estaba lívido, con la boca abierta y un compulsivo temblor de labios componiendo una imagen patética. Ante sus ojos tenían la viva imagen de una Inocencia veinteañera que con una desenvoltura impropia de su edad pedía ayuda para descubrir el paradero de su madre, o al menos de familiares o amigos que la hubieran conocido.Un rótulo en la pantalla anunciaba el nombre de la buscamadres: Carmen Expósito. A Ambrosio no le pasó desapercibido que era el apellido que habitualmente se usaba en La Inclusa para los hijos de padres desconocidos. Resopló, y mientras se rascaba la boina, adelantó los acontecimientos, pues tenía un cierto conocimiento de la mecánica de esos programas de televisión:-	Perico, ¿has salido alguna vez en la televisión?-	En mi puta vida- dijo con seguridad el aludido.-	Pues aféitate que nos vamos a la tele- dijo Ambrosio, sin perder de vista la pantalla.Marcó el número de teléfono sobreimpresionado en la pantalla y respiró hondo.JCMartín</description>
      <pubDate>Tue, 30 May 2006 19:47:25 +0100</pubDate>
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      <title>LA SEMANA DE PASIÓN DE INGRID PARKER</title>
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      <description>Por nada del mundo Luisito Zarragón se perdía la Semana Santa de Daroca a pesar de que llevaba más de treinta años en Madrid, donde trabajaba en la Casa de la Moneda, merced a la intervención de D. Mariano Navarro Rubio, a la sazón Ministro de Hacienda. Por el territorio del Jiloca circulaba la especie de que su trabajo consistía en quemar los billetes en mal estado que el banco de España retiraba del tráfico mercantil. Esto justificaría, según los malpensados, el que hubiera venido a mejor fortuna y que mostrara signos externos de riqueza impropios de su modesta canonjía funcionarial. Aquel año había venido con su nuevo coche, un deslumbrante SEAT 850 Coupé, tuneado a modo, y llevaba colgada del brazo una media novia que respondía al nombre de Ingrid Parker, a la que presentaba como hija del tercer agregado comercial de la embajada inglesa en Madrid. La hija de la Pérfida Albión era escueta de carnes para el gusto de la época, aunque embutida en una falda de tubo no pasaba desapercibida; gastaba media melena rubia y fumaba rubio emboquillado con un  aire ausente y lánguido que a mi amigo Pascualín le parecía el colmo de la sofisticación. Luisito la llevó a la procesión de Viernes Santo; se situaron en la puerta de la pastelería de Tomás  Segura, en la calle Mayor a su paso por la plaza Santiago, donde podían divisar la estatua de su egregio benefactor. Ingrid se interesó por uno de los cofrades que destacaba del resto por su altura y porte distinguido.-	Es Rudy Rodríguez. Algún día será un gran músico-, le informó solícito Zarragón.No era un secreto que Rudy Rodríguez tenía ante sí una prometedora carrera musical. Con apenas dieciocho años ya era jefe de bombos en la cofradía de la Piedad. Embutido en el hábito azul y blanco rompía el silencio con un bombo de gran tamaño; con el brazo en alto llamaba la atención del resto de los tambores y con solemnidad dejaba caer la maza sobre el bombo; primero, de manera pausada y posteriormente,  frenéticamente hasta que entraba en trance. Era la señal que esperaban el resto de los tambores y bombos para crear una atmósfera atronadora.Aquel Viernes Santo, Rudy golpeaba el bombo como poseído. La sangre no tardó en aparecer en sus nudillos manchando el bombo en una orgía de sangre y sudor. De repente, en un gesto especialmente violento, el mazo se le escapó de la mano, salió volando y fue a parar a la cabeza del alcalde, que marchaba al frente de la Corporación Local, metros más atrás. Sorprendentemente el alcalde recibió el impacto y el mazo, rebotado vino a caer en la cabeza de uno de los maceros o andadores que abrían el séquito municipal. El alcalde no mostró mayores daños, hecho que no extrañó a la oposición municipal. Peor suerte corrió el macero que cayó fulminado por el impacto, perdiendo en la caída la peluca que, junto a la capa, constituye su indumentaria habitual. El macero que completaba la pareja al ver a su compañero en el suelo inconsciente no pudo reprimir un impulso atávico y blandiendo la maza de plata repujada, joya de la orfebrería medieval darocense, arremetió contra Rudy Rodríguez. Afortunadamente, el capirote de nazareno dificultaba un cálculo exacto del golpe y el mazazo no alcanzó zonas vitales, aunque produjo su destocamiento. Ya sin el capirote pudo ver a su agresor y en un acto de legítima defensa estampó el bombo en la cabeza del macero. 	La acción fue secundada, como un solo hombre, por el resto de los tambores que se emplearon a fondo, al punto de constituir un serio quebradero de cabeza para el macero. Por suerte, intervino la pareja de policías municipales que escoltaban a la Corporación municipal.  La Policía Municipal no era un cuerpo propiamente represivo; no es que ejercieran el monopolio legítimo de la violencia con condescendencia, es que no habían puesto una multa de tráfico en la vida. Sin embargo, el cabo Celestino estaba bregado en las algaradas reivindicativas de la Autovía por Daroca. Así que viendo al macero en el suelo sintió la llamada de la selva, desenfundó la porra y arremetió contra los cofrades, escasamente armados con sus baquetas y a los que los tambores y bombos dificultaban la maniobra en el campo de batalla. No tardó en unirse a la represión, Bernardino, el otro municipal, y entre los dos rompieron las líneas de los insurrectos y sembraron el pánico entre los cofrades. La victoria hubiera estado próxima si los monaguillos que encabezaban la procesión no hubieran cargado contra los municipales enristrando como lanzas sus cruces procesionales, bien aleccionados por el sacristán que, hisopo en mano, repartía mandobles a diestro y siniestro. El cabo Celestino se vio en el suelo al ser derribado por el impacto de la cruz  procesional de Pedrillo, el monaguillo estrella de la Colegial, de buen fondo pero malas pulgas. Momento que aprovechó Gervasio, que doblaba sus funciones como basurero y presidente del Comité de Empresa del Ayuntamiento para abalanzarse sobre el sacristán causándole lesiones de pronóstico reservado. Las Damas del Santísimo Misterio, tacón en mano, pusieron a la fuga al retén de bomberos que por un sentimiento de corporativismo mal entendido, habían salido en defensa del funcionariado y de la Corporación Municipal. Los músicos de la Banda Municipal que cerraban la procesión, cargaron contra los porteadores del paso del Descendimiento a los que dejaron fuera de combate utilizando los saxofones y los clarinetes como bates de béisbol. Pero no pudieron evitar la acometida de la cohorte de  Romanos que, en perfecta formación de tortuga, se deshicieron de los aguerridos músicos.Para entonces, los dos bandos estaban ya definidos: por un lado, los Consistorialistas y por otro, los Confesionales. El alcalde reunió al gabinete de crisis y solicitó lealtad municipal a los concejales. Los socialistas al grito de lo que mandes alcalde se pusieron a su disposición; los aragonesistas los secundaron, no sin antes consultarlo con Biel y los del PP, tras alguna duda de conciencia, decidieron apoyar a la autoridad civil, aunque en su gesto había más tibieza que determinación.Por su parte, el párroco había llamado a capítulo a los priores de las cofradías, a los máximos responsables de los Esclavos y Damas del Santísimo Misterio y a Antonino, que hacía las veces de centurión de los Romanos, al que se encomendó el mando militar de las operaciones, reservándose el párroco la dirección espiritual.Los Estados Mayores de ambos bandos comenzaron los movimientos tácticos. El Paso de la Cruz haciendo un último esfuerzo, se precipitó contra  la formación de concejales, todavía entretenidos en deliberaciones, intentando descabezar el mando de los Consistorialistas. Y hubieran conseguido su propósito si Teodoro no hubiera tenido la ocurrencia de sacar a la calle la máquina barredora y  con desprecio de su integridad física no se hubiera lanzado contra el Paso procesional. El ingenio mecánico hizo valer su superioridad tecnológica y dejó fuera de combate al Paso. El pánico cundió entre los porteadores ante la estratagema. Pero Teodoro embebido en su victoria no pudo ver al Cristo penitente que esgrimiendo la cruz como ariete neutralizó  la diabólica barredora. Para entonces la línea de frente había desaparecido y se luchaba cuerpo a cuerpo en una lucha fraticida, en la que familiares se encontraron en bandos distintos y otros se encontraron defendiendo, por pura casualidad, posiciones alejadas de sus convicciones ideológicas. Eutimio que portaba el paso del Ecce Homo, se las entendió con su hermano Cipriano, el concejal y a su vez miembro de la cofradía desde niño, al que su representación política le había llevado al bando de los Consistorialistas. O el caso de Leoncio, secretario general de la UGT local, que procesionaba como hermano de la Piedad y que se vio en la necesidad de estamparle el cirio en la cabeza a su correligionario Tomasico, a la sazón concejal del PSOE. Una dama  del Santísimo Misterio le sacudía con la peineta a su hijo Fernandito, que en mala hora había decidido tocar el bombardino en la Banda Municipal. O qué decir de Orencio Bemoles, de comunión diaria y con acta de concejal, que vestido de nazareno se pasó a las filas de los Consistorialistas donde fue recibido como un héroe por sus correligionarios del PAR y el resto de la Corporación, mientras el otro bando lo tachaba de quintacolumnista.Muy comentado fue el caso de Chesús Hipólito Torquemada, carismático jefe de bomberos, que compatibilizaba su cargo de secretario local de la CHA con el de Prior de los Esclavos del Santísimo Misterio, que desertó del bando consistorialista para organizar la agitación y propaganda  de los Confesionales para sorpresa de sus correligionarios y alegría de su tía monja que daba gracias al cielo por la vuelta al redil de su díscolo sobrino.En un momento de la refriega se encontraron frente a frente el alcalde y el párroco, sin acólitos; sus miradas se cruzaron  con la ira reflejada en las pupilas. No podría precisar quién desató las hostilidades, sólo que los vi  de hinojos  cruzándose golpes con las armas propias de su dignidad: uno con el bastón municipal  y el otro, con el hisopo en una mano y la Biblia, edición rústica, en la otra. El cruce de golpes estaba adobado por un intercambio de amenazas e improperios que producían escalofríos al observador imparcial, si lo hubiere.-	Olvídate de la subvención para la merienda de San Isidro -, le gritaba fuera de sí el alcalde.-	No pienso bendecir el nuevo camión de la basura-, le contestaba con escasa piedad cristiana el exaltado párroco.La noche se hizo en la calle Mayor y un trueno pavoroso paralizó a los contendientes, antesala de los chorros de agua que empezaron a caer. Esto fue interpretado por unos como un designio de la Providencia y por el otro bando, como una confirmación del parte metereológico que había anunciado agua a la hora de la procesión. La lluvia suspendió las hostilidades y se licenciaron  a los combatientes de ambos bandos que corrían despavoridos buscando un refugio.	El Alcalde se dirigió al Párroco, en tono grave:-¿ A qué hora es el Vía Crucis mañana?- A las once de la mañana, como siempre- contestó el cura.Convenida la cita para el día siguiente, ambos se perdieron en la noche.Ingrid Parker, que estaba entusiasmada del espectáculo y no había parado de sacar fotos de la refriega, expresó su sentir en un magnífico castellano:-	Esto es mucho mejor que los desfiles de Moros y Cristianos de Valencia ¿Cómo dices que se llama?,- dijo la criatura-	La procesión del Santo Entierro-, le contestó Luisito Zarragón.-	No me extraña.- dijo con voz apenas audible no exenta de cierta sorna.El domingo de Pascua la llevó a la romería del pinar de San Cristóbal, donde la Parker disfrutó y de qué modo, pero lo que allí ocurrió debería contarlo Luisito Zarragón, si quiere o Rudy Rodríguez, si se atreve. 	La inglesa se despidió de todos con gran efusividad y prometió volver al año siguiente. Sin embargo, viendo la cara de Luisito, algo me decía que no iba a ser posible. JCMartín</description>
      <pubDate>Tue, 14 Mar 2006 19:16:56 +0100</pubDate>
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      <title>EL NIÑO ASIMÉTRICO</title>
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      <description>Aquí donde me ven, he sido un niño asimétrico. En los primeros años de la década de los sesenta, cuando apenas tenía unos meses de edad, mi madre observó, entre preocupada y espantada, cómo la sonrosada parte izquierda de mi cuerpo engordaba alarmantemente, mientras la derecha se mantenía en una pálida delgadez. La mejilla izquierda se hinchó con una especie de  flemón, al punto de que una tía lejana le dijo a mi madre que era muy pequeño para comer adoquines. Enfrentado de perfil al espejo: por un lado, parecía el muñeco de Michelín, o un pez globo, según otras opiniones; y por el otro, un niño sacado de un cartel de una colecta del Domund. Mi madre se barruntó que alguna malformación congénita  me estaba convirtiendo en un adefesio. El problema no era mi madre, que al fin y al cabo, me querría igual, sino las vecinas que habían empezado a murmurar a sus espaldas. Mi padre no veía mayor problema: si el niño había salido feo qué se le va a hacer.Pero, mi madre no se dejó arrastrar por el derrotismo que se respiraba a su alrededor. Acudió a la consulta de Don Alejo, el médico del pueblo, que a su bondad natural añadía un buen ojo clínico, por no hablar de su proverbial sentido común.-	Pasa Encarna, ¿qué te trae por aquí?-, dijo el galeno.-	Mi chico Juan Carlos- le contestó mi madre.El doctor dio un respingo en la silla porque el parto había sido accidentado y la había tenido que enviar a parir al Hospital San Juan de Dios de Zaragoza. De esta actuación del doctor, probablemente, le debo estar vivo, pero conservo la secuela de que en mi carné de identidad figura nacido en Zaragoza.-	¿Qué le pasa?-, inquirió el médico.-	Pues que tiene una cara más gorda que otra ...El médico relajó el gesto y esbozó una media sonrisa. A mi madre no le pasaron desapercibidos los esfuerzos de Don Alejo por mantener la compostura y pensó, para sus adentros, que no era propio de un médico hacer escarnio de las desgracias ajenas.-	¿Qué tal come y duerme el chico?-, dijo el médico recuperando la seriedad que le era propia.-	Sólo se despierta para comer y se despacha las papillas de Maizena sin talento- le respondió mi madre con aplomo.-	¿Y dónde duerme?-, continuó el interrogatorio Don Alejo.Mi madre empezó a sospechar que  Don Alejo empezaba a desvariar, pero por seguirle la corriente, le contestó:-	Recostadico en una cuna de mimbre que me dejó mi hermana. Pero, cómo el chico está tan lustroso ya se le está quedando pequeña.Don Alejo suspiró profundamente y se aprestó a prescribir el tratamiento:-	Mira Encarna, vas a hacer lo siguiente: los días pares, acuestas al niño del lado izquierdo y los días impares, del lado derecho.-Y no haría falta que viera usted al chico-, se atrevió a sugerirle mi madre.- No, déjalo no se vaya a despertar-, dijo, mordiéndose los labios para evitar la risa.Aquello, lejos de reconfortarle, incrementó su desconcierto. Empezó a pensar que había perdido el tiempo y que Don Alejo no se tomaba el asunto con la debida profesionalidad.A la salida de la consulta, en la sala de espera se encontraba Felicitas, a la que mi madre había puesto en antecedentes del problema, que le preguntó:- ¿Qué tal ha ido?- No quiere ni ver al chicoDoña Felicitas pensó que muy feo debía ser el niño para que ni el médico se atreviese a verlo y arregló el asunto:-	No te preocupes Encarna, que al niño se le ve muy despiertoMi madre, por un momento, pensó en tomarse la justicia por su mano y estrangular allí mismo a la impertinente Felicitas.  La visión de un futuro en la cárcel mientras el niño era el hazmerreír del pueblo le hizo entrar en razón, no sin antes, administrar una lanzada a Doña Felicitas:-	Bueno, que no sea nada lo del ojo-, le espetó mientras salía de la sala de espera.A doña Felicitas el ojo se le salía de su órbita de pura indignación. Y no el bueno, sino el que tenía de cristal desde que siendo niña se sacó el ojo con el mango con un rastrillo mientras trillaba en la era. Desde entonces ocultaba la oquedad con un parche, hasta que la seguridad social tuvo a bien proporcionarle una prótesis de cristal.En menos de un mes y aplicando, a regañadientes, el tratamiento, había recuperado la simetría y el perfil griego que, aún hoy, a despecho de los estragos del tiempo, disfruto.Mi abuela María, en señal de agradecimiento, le puso una vela al Santísimo Misterio. Mi madre, algo más descreída, le llevó a Don Alejo las primeras morcillas de la matanza.Pensará el lector atento que la historia tuvo un final feliz y que el buen doctor me libró del escarnio público. Y así hubiera sido, si mi madre, henchida de satisfacción  por la recuperación de la simetría, no hubiera tenido la ocurrencia de encargarle a Bernal, el fotógrafo de Daroca, un retrato mío a cuerpo entero, de considerables dimensiones. La fotografía muestra a un niño sentado en una silla estampada con motivos campestres, vestido únicamente con una camiseta de algodón sin mangas. No tengo motivo de queja del encuadre ni de la composición e incluso, en otras circunstancias, hubiera valorado la espontaneidad de la imagen, salvo por un detalle que no pasaba desapercibido a las visitas: la camiseta apenas ocultaba el ombligo, mientras mostraba en todo su esplendor las partes pudendas de la criatura. Alguien debió pensar, que no se podía hurtar a la humanidad semejante hermosura.Durante años la fotografía presidió el salón de la casa e incluso, desplazó al calendario de Explosivos Río Tinto, que por aquella época era la única  obra de arte que nos podíamos permitir. Pasaban los años, el niño de la foto se perpetuaba en su feliz inconsciencia, mientras el original, un servidor, reventaba las costuras de los pantalones, comenzaba a afeitarse el incipiente bigote y exhibía una cara salpicada de un sarpullido adolescente. Con el transcurrir del tiempo la comparación de la foto y el original resultaba cada vez más cómica para las visitas, que, entre risas, no tenían empacho en especular con las dimensiones actuales de los atributos masculinos de la criatura de haberse producido, como es natural,  un crecimiento armónico de toda la anatomía.Con la llegada de la mayoría de edad me planté y exigí a mi madre la destrucción de la fotografía. Semejante arrebato iconoclasta le hizo reconsiderar su postura y aunque no accedió a la eliminación de toda prueba gráfica, al menos, consintió en relegar el retrato a otro lugar más discreto, al abrigo de curiosidades malsanas.Durante años reproché a mi madre la impúdica exhibición  de mis vergüenzas, sin que ella reconociera nunca la autoría intelectual del oprobio, atribuyéndola a las ínfulas artísticas de Bernal. En otra ocasión sometí al fotógrafo a un interrogatorio, en el más puro estilo forense,  para que revelara la verdad sobre la responsabilidad última de la foto. Bernal declinó cualquier responsabilidad, imputando el tanto de culpa a mi madre sobre la iniciativa y oportunidad de la fotografía, reservándose únicamente los méritos artísticos, si los hubiere. Cómo se protegen los culpables.-----------------------------Hace algún tiempo, acudí a la presentación de una exposición en la Casa de Cultura de fotografías antiguas de Daroca. La exposición había recopilado fotografías de las últimas décadas del siglo XX y la inauguración había convocado a las autoridades locales y comarcales, así como a una nutrida concurrencia de curiosos ávidos de cultura  y de canapés, todo hay que decirlo. El Comisario de la Exposición iba comentando, una a una, las fotografías donadas por particulares, que habían rescatado de sus desvanes sus imágenes más íntimas para componer  un gran fresco de la época, según explicaba con cierta pedantería.De repente, una imagen que creía olvidada apareció ante mis ojos. El comisario llamó la atención sobre una fotografía a la que reconoció como una de las joyas de la exposición. Qué composición, qué encuadre, qué espontaneidad, qué tratamiento de la luz, decía el deslenguado, en una letanía que parecía no tener fin. Todas las miradas convergieron en mí con risas apenas disimuladas al principio y francas carcajadas al fin. Pude ver las caras enrojecidas de algunos, no por el pudor de la visión del cuerpo desnudo, sino porque no daban abasto para engullir la interclasista tortilla de patatas y reírse al mismo tiempo. El pasado siempre vuelve en su peor versión.No necesité leer el pie de la fotografía que rezaba:Juan Carlos Martín, el niño asimétricoJC Martín</description>
      <pubDate>Tue, 01 Nov 2005 17:23:26 +0100</pubDate>
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      <title>HAY QUE JODERSE O LOS PELIGROS DEL TABACO</title>
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      <description>Bajo un sol de justicia, Timoteo Mediavilla se afanaba en la siega. Decidió tomarse un descanso para reponer las fuerzas que le robaba la exigente tarea. Buscando la sombra se arrimó a un manzano reineto, bien pertrechado de la alforja, de donde extrajo una bota de vino XXL, un queso del tamaño del Ruejo y una hogaza de pan. Sacó de su bolsillo la navaja y la desplegó mientras se apoyaba en el tronco del manzano. Cogió la hogaza con la mano izquierda y se la apoyó en el pecho. Con la mano derecha tomó la navaja y se dispuso a cortar el pan. Bien fuera por el hambre que le devoraba las entrañas o por la calidad del acero, el caso es que de un tajo cortó la hogaza, se cortó el cuerpo por la mitad y de paso, taló el reineto en el que se apoyaba. Cuando el frío acero albaceteño penetró en su carne y quebró su, en otros tiempos, juncal talle, comprendió que algo iba mal. Sensación que vio corroborada cuando el reineto cayó con estrépito.Timoteo, de natural roqueño, no perdió la compostura y cogiendo una aguja de coser sacos, enhebró un cabo de liza y se dio unas puntadas que devolvieron su anatomía a la unidad. Satisfecho, observó el cinturón de puntadas y pensó que había minimizado los daños. Con algunas molestias volvió a Daroca, no sin antes, haber acabado de dallar la finca, pues, aunque tuviera otros defectos, era cumplidor en su trabajo.Cuando llegó a casa, Lorenza, su madre, como no podía ser menos, se llevó un gran disgusto y verbalizó su dolor en los siguientes términos:-	Hay que joderse, el único reineto que nos quedaba.A Timoteo, la aflicción de su madre se le hacía insoportable y prometió plantarle media docena de reinetos, un peral de malacara y si se terciaba, un membrillo.Al objeto de llevarle unas ciruelas claudias se pasó por casa de Don Alejo, el médico, aprovechando para referirle el incidente. Cuando Don Alejo vio el costurón en la cintura de Timoteo y conoció las circunstancias del hecho, no pudo evitar exclamar:-	¡Hay que joderse!-, expresión, si se quiere no muy científica, pero ilustrativa.Descolgó el teléfono y llamó al Doctor Yus, el otro médico de Daroca. Juntos revisaron la herida y cuando Don Alejo le inquirió su parecer al colega, éste no pudo por menos que decir:-	¡Hay que joderse!- coincidiendo de esta manera con el diagnóstico de Don Alejo.Los galenos se admiraron de la precisión de la sutura y ponderaron la buena maña que se daba Timoteo para el cosido de heridas e incluso aventuraron, que de no ser por su falta de letras y su limitado discernimiento, bien hubiera podido hacer carrera como cirujano o, en el peor de los casos, como sastre. Le dieron de alta, un bote de agua oxigenada y le recomendaron que dejara de fumar:-	El tabaco te va a matar-, coincidieron los doctores.Timoteo mostró buena encarnadura y en pocos días la herida había cicatrizado. No le quedaron secuelas dignas de mención, salvo una sorprendente flexibilidad de cintura, que le permitía hacer cosas insólitas, como asomar la cabeza entre las piernas mientras excavaba la remolacha, lo que dejaba perplejos a sus compañeros de faena, que no sabían si iba o venía; o beber agua a morro en el brazal sin flexionar las piernas.Pronto se conoció por la comarca sus cualidades para el contorsionismo y los guasones le empezaron a apodar El partido o Gomaespuma.  Su fama llegó a oídos de Paco Falomir de Calamocha que había iniciado una modesta pero apreciable carrera como faquir e ilusionista. Falomir, de profesión hojalatero, había visto declinar su negocio con la generalización del acero inoxidable y el teflón en los utensilios domésticos. Así que, hizo un cursillo del INEM de ilusionismo y un módulo de FP de Ciencias del Espectáculo y compró un juego de Magia Borrás. Con este bagaje intelectual se lanzó al mundo de la farándula de la mano de su representante artístico Santafé, que haciendo honor a su apellido, confió en el neófito artista de variedades. Había debutado en Báguena, donde presentó su espectáculo El Gran Falomir y el mundo de la ilusión. Haciendo el número del cajón pidió un voluntario. Toñín Cabezas, famoso por su temeridad desde que se bañó en el Jiloca, después de comer y sin guardar las dos horas de la digestión, se prestó para ayudarle. El Gran Falomir lo introdujo en  un cajón y lo fue atravesando de espadas. En una de éstas, un grito desgarrador hizo enmudecer al respetable. Se paró el número: Toñín terminó en el urólogo con una herida con dos trayectorias que interesaron el escroto y que a la postre lo dejaron estéril; el Gran Falomir acabó en el pilón merced al buen hacer de los mozos que, agavillados para tal fin, lo pusieron a remojo.Con la ropa todavía mojada, el mago Falomir revisó mentalmente el desarrollo del número, llegando a la conclusión de que el accidente se debió a la falta de pericia y profesionalidad del pobre Toñín. En lo sucesivo recurriría a un profesional.Timoteo escuchó con cierta desconfianza  la propuesta del mago Falomir, pero aceptó ser su ayudante por ver mundo y siempre que estuviese de vuelta para la vendimia.La tournée fue clamorosa, no se si exitosa, pero dieron de qué hablar. En Retascón les fue muy bien y salieron ilesos, aunque los encorrieron por la rambla hasta la Puerta Alta, donde pudieron librarse de los perseguidores acogiéndose al Fuero de Daroca.Peor suerte corrieron en San Martín del Río, donde cayeron en manos de la peligrosa peña Sid Vicius, neopunkis agrarios de estricta observancia, que les hicieron beber una tinaja de sopeta con un envasador, mientras sonaban los grandes éxitos de la Polla Récords. Años más tarde, el episodio sería recordado como una muestra de violencia gratuita: nadie entendió a santo de qué venía esa música.Más crítico, como de costumbre, fue el público de Daroca.  La pareja encadenó varios números de magia en la plaza Santiago. En el número estrella, el mago Falomir metió a Timoteo en una caracolera, cerró la tapa y le apretó fuego. La caracolera se la facilitó Antonio, que doblaba sus funciones como cestero y apicultor. Como quiera que la caracolera había estado guardada junto a unas colmenas y al parecer, conservaba restos de miel y algún panal, empezaron a zumbar las abejas, acribillando a picotazos a Timoteo, que no encontró mejor alivio que arrojarse a la Fuente Veinte Caños hecho un ecce homo. Don Alejo que presenciaba el espectáculo le hizo una cura de urgencia y aprovechó la ocasión para recordarle que el tabaco le iba a matar. Gran maestría mostraba el Gran Falomir  en los números de cartas, gracias a su experiencia en el guiñote. No en vano había ganado el Torneo del club del Jubilado de Fuentes Claras, jugando de pareja con Manolo Tardío, al que el médico le había recomendado el guiñote como terapia para su demencia senil.En Murero, sacó la baraja de póquer que utilizan los magos y le pidió a un niño  que sacara una carta y la viera sin mostrársela. El niño, con la ilusión reflejada en los ojos, extrajo el as de picas y se la ocultó al mago. Falomir, cerrando los ojos, se llevó los dedos a las sienes en gesto de concentración y ante la expectación general, reveló la carta:-	La sota de bastos-, dijo el bisoño mentalista.El cachondeo fue notable, salvo para la pobre criatura que explotó en sollozos. Era más de lo que podía soportar la madre del niño que la emprendió a paraguazos con Falomir, mientras Timoteo, ya avezado en estos menesteres, ponía en marcha el isocarro que les servía de transporte e iniciaba la huida. Bien les valió que la Charanga de Daroca, que actuaba a continuación, se arrancara con la conocida melodía Paquito El Chocolatero y la concurrencia se aprestó a doblar el espinazo y se olvidó de la pareja de artistas. Por el retrovisor del isocarro, Timoteo pudo ver a la gente bailando y lamentó no haber podido disfrutar de un baile que, por razones obvias, bordaba.La pareja decidió olvidarse de las cartas y perfeccionó otros palos del faquirismo. En las fiestas de Orcajo estrenaron el número. En la plaza del pueblo, el Gran Falomir tomaba un sorbo de un líquido que llevaban en un garrafón y Timoteo le daba fuego con un mechero. El mago escupía el líquido creando grandes llamaradas. El público parecía disfrutar y Falomir pensó que era la especialidad que mejor se adaptaba a sus condiciones. El espectáculo hubiera sido un éxito si una llamarada no hubiera alcanzado el pajar del tío Jenaro. En pocos minutos, ardía el pajar y las casas colindantes y penetraba en el bosque de pinsapos, la joya forestal de la comarca. Una vez más  pusieron pies en polvorosa por la rambla de los Rebollares perseguidos por una cuadrilla forestal y una pareja de la Guardia Civil Rural. Gracias a su conocimiento del terreno dieron esquinazo a los beneméritos y a los alegres chicos del ICONA. Llegaron a la carretera de Atea y atravesando la vía del tren alcanzaron el Jiloca, en el paraje conocido como Las Suertes, que dadas las circunstancias, consideraron una cruel ironía. Con la cara tiznada por el hollín y la pelambrera socarrada, más parecían cantantes de blues que magos. Con esa pinta los vio Don Alejo que pescaba en el Jiloca y al ver a Timoteo de esa guisa, le espetó:-	Timoteo, deja de fumar que un día tendrás un disgusto-, mientras hacía gestos de fastidio con la cabeza.Tras esa actuación, y por causas que se me escapan, la pareja artística se disolvió. Falomir sacó provecho de su experiencia en el manejo de espadas  y otros instrumentos cortantes y se colocó como matachín en el matadero de Calamocha, donde llegó a ser Jefe de Sección de Tajo Bajo y Criadillas. Menos fortuna tuvo Timoteo que murió al poco tiempo de un corte de digestión, al caerse al agua en la acequia de Valleantiguo.En el entierro, en la Colegial, había más gente que el día del Corpus. Se echó en falta a Falomir, al que algunos criticaron por su ausencia. Al parecer, todavía había heridas abiertas. Don Alejo decía a todo el que le quería escuchar:-	Hay que joderse. Con las veces que le dije que dejara de fumar.A grandes rasgos es la historia de Timoteo y el Gran Falomir, los mejores artistas que ha dado el territorio del Jiloca. Los que vivieron o conocieron los hechos relatados no me dejarán por mentiroso. O sí.JCMartín</description>
      <pubDate>Wed, 24 Aug 2005 18:07:38 +0100</pubDate>
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      <title>SANTO PASADO POR AGUA</title>
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      <description>La sequía apretaba en el territorio del Jiloca. En Burbáguena, las fuerzas vivas decidieron tomar la iniciativa y utilizar todos los medios que una sociedad moderna tiene a su alcance para combatirla. Reunidos el alcalde, el cura y el presidente de la Hermandad de Labradores decidieron  sacar al santo en procesión. La rogativa estaba encabezada por san Isidro, de sobrenombre El Labrador. Se eligió a este Santo, entre todos los posibles, por su especialización en asuntos hidráulicos y su vinculación sentimental con el campo. Mediada la procesión, negros nubarrones aparecieron en el cielo, que todos interpretaron como un buen presagio y se ponderó la mano que tenía el santo para estos menesteres. Las nubes revelaron su contenido y la lluvia  empezó a calar las boinas de la concurrencia. La euforia se hizo presente y el cura recibía los parabienes de la feligresía. Sin embargo, la lluvia dejó paso al granizo y empezaron a caer piedras del tamaño de un huevo de gallina. En un momento, la manifestación se había disuelto. La pedregada, en cuestión de minutos, se había llevado por delante la cosecha de fruta, las patatas  y la mayor parte de la uva. Aparecieron gestos ceñudos, las mujeres rompieron a llorar y se oyó algún juramento entre dientes. Todas las miradas convergieron en el cura que no acertaba a saber qué había fallado. El Presidente de la Hermandad resumió el sentir de los presentes:-	¡ Al río con él!Los porteadores de la peana hicieron un último esfuerzo y lanzaron el santo al Jiloca. El santo, experto navegante por lo que se ve, se fue alejando a merced de la corriente, hasta que se perdió de vista .Nunca más se volvió a hablar del santo ni se celebró su festividad.		--------------------------Aguas abajo, en el término de Villafeliche, Mosén Cecilio se encontraba pescado plácidamente a la sombra de una noguera, mientras, de vez en cuando, le daba un tiento a la bota. Mosén Cecilio era el cura de Villafeliche desde que salió del seminario de Tarazona. Natural de Daroca e hijo de labradores de ciertos posibles, no había dado muestras de amor al trabajo de la tierra. Así que,  su padre al ver que la criatura no valía ni para tapiar ni para dar tierra procuró reorientar su futuro profesional y le dio a elegir entre la Guardia Civil y el clero. Como Ceciio era de natural pusilánime  y poco amigo de las armas, optó por el servicio a la Iglesia.Su paso por el seminario no estuvo exento de ciertos problemas relacionados con su afición a declamar en latín versos de Virgilio, que a la postre ocasionaron su salida traumática. Al lector puede extrañarle que la afición al latín sea un probema en un seminario. Tal vez no deba hurtarles toda la verdad.Cecilio era aficionado a declamar versos de Virgilio en voz alta(¡ oh puella, ride si sapis ,oh puella!) encima de Serafina, la mujer del conserje del seminario. El asunto levantaba santa indignación entre el clero, pero sobre todo, en el marido, que amenazó con dejar capón al libidinoso seminarista. Cuando pudieron, le hicieron cantar misa y enviaron al misacantano bien lejos de la tentación.En Villafeliche dio con sus huesos e iba para veinte años que pastoreaba, con más voluntad que acierto, la grey del pueblo del Jiloca. Era más fácil encontrarlo echando el guiñote o pescando que en la sacristía.En ésas estaba cuando vio aparecer la peana del Santo flotando sobre las aguas. Se restregó los ojos porque no daba crédito a lo que estaba viendo. El santo vino a embarrancar en el azud donde se encontraba pescando. La imagen presentaba signos superficiales de deterioro por el efecto de la humedad, pero no tnía destrozos estructurales. Sacó la peana del río y  se encontró con una imagen de un santo barbado que no acertó a identificar. Entonces lamentó el escaso interés que mostró en el seminario por la imaginería e iconografía religiosa. Inmediatamente su ingenio se puso a funcionar. Subió a Daroca, compró algunas latas de pintura y unos pinceles en Casa Lázaro y se aprestó a realizar su obra maestra. Le dio al santo un par de manos de tintalux, especialmente en la barba; le perfiló los labios con un bolígrafo bic y dejó la imagen restaurada para la posteridad. Culminada la tarea artística y como quiera que el rostro le había quedado de un blanco virginal, decidió bautizar la imagen anónima como Santa Emerenciana.En la misa dominical anunció al pueblo la extraordinaria venida de santa Emerenciana a Villafeliche y el prodigio que se había hecho y los portentosos dones, que sin duda, iba acarrear a tan laborioso pueblo.Con asombro los feligreses fueron pasando a adorar a la imagen . Doña Felicitas, beata de reconocido prestigio en la localidad, fue la única que formuló alguna observación:-	Parece que  tiene un poco rugosa la cara- dijo esa alma angelical.-	Es que la santa padeció paperas de niña y quedó algo picado su rostro de viruela- acertó a decir Mosén Cecilio.Doña Felicitas dio por buena la explicación, por venir de quien venía, no si antes pensar que, con esos antecedentes médicos ,milagroso fue que la santa llegara a la edad adulta.Durante años se veneró a a la santa en la localidad. Incluso, mereció la atención del prestigioso estudioso del arte religioso Cándido Pardillo, que en su monumental e inédita tesis doctoral  Imaginería religiosa medieval en el Jiloca Medio glosó la imagen en los siguientes términos:	 Santa Emerenciana constituye una cumbre en la imaginería religiosa del siglo XV. Destaca el tratamiento de la policromía con colores de inusual intensidad para la época, la pincelada vigorosa, la serenidad del gesto e incluso, una cierta sensualidad en el perfilado de los labios..... Sin embargo, los designios de la providencia son inescrutables. Una gotera de la Iglesia salpicó a la santa y empezó a correrse la pintura por la mejilla. Mosén Cecilio, ocultó el asunto de la gotera, y explicó que la Santa había obrado un milagro y que la imagen lloraba para purgar los pecados ajenos. El prestigio de la Santa fue en aumento, hasta que el día de la procesión le cayó un chaparrón de agua, a resultas del cual, las lágrimas se convirtieron en llanto desconsolado y se  abrieron surcos en la pintura del rostro hasta dejar al descubierto la barba oculta por el titanlux.A Mosén Cecilio,  la camisa no le llegaba al cuerpo y mandó recoger la imagen en la Iglesia para estudiar el prodigio. Cuando se quedó solo con el cabo de la Guardia Civil, éste le dijo:-	Muchos milagros me parecen a mí.Al día siguiente tenía en casa dos citaciones urgentes: una, para que se personara en el cuartelillo de la Guardia Civil y otra, para que se presentara en el arzobispado. De nuevo se encontraba ante un dilema que podría marcar su vida. A quién debía atender, a la justicia humana o a la divina. Decidió atender a la divina que, si bien es implacable, es más bien a largo plazo y la confesión facilita mucho la redención de la pena.Se subió al Citroen 2CV y compareció ante el Arzobispo en su despacho particular. El prelado no le dejó ni sentarse y le lanzó sobre la mesa un sobre:-	Ahí tienes un billete de avión para Brasilia. Esta tarde sales para la Amazonia.-	¿ Y cuál será mi misión en la selva?-, se atrevió a preguntar Mosén Braulio, al que no le había pasado desapercibido que sólo había un billete de ida.-	Pues mira, me evangelizas a los tapirapuas y si te queda tiempo, al resto de las tribus jíbaras del Mato Grosso- le espetó, con cierta sorna, el arzobispo.La tribu de los tapirapuas eran famosos por su ferocidad y su aversión al hombre blanco con sotana. Todos los intentos de  conversión habían fracasado. Eran consumados especialistas en la reducción de cabezas y para ellos el canibalismo era mera gastronomía.	Mosén Cecilio vio sobre la mesa del prelado un bote de cristal con lo que parecía una pequeña cabeza humana sumergida en formol.	-¿Y eso que es?- dijo mientras esbozaba un gesto de asco.-  Es  el padre  Prudencio, al que sustituirás en la selva. Parece que tuvo algún conflicto de competencias con el hechicero de los tapirapuas. A ver cuándo tengo un momento y le doy cristiana sepultura, que no llego a nada.Cuando salía por la puerta, oyó la voz de su superior:	- No hace falta que escribas. ¡Ah ¡,y déjate de milagros. En Villafeliche, la autoridad civil se había hecho con el control de la situación. El Alcalde ordenó deshacerse del santo o santa, que inició una nueva travesía por el río Jiloca. Entonces el alcalde pronunció una frase que hizo fortuna, hasta el extremo de que ha sido parafraseada por otros estadistas:-	Teníamos un problema y lo hemos solucionado.                          ----------------------------------Hace un par de veranos, nos encontrábamos  en el paseo marítimo de Cambrils, tomando unas cervezas en una terraza, cuando vimos pasar una procesión  con una imagen femenina :-	Es la Virgen del Carmen- nos dijo el camarero- patrona de los pescadores. Hay mucha devoción por ella. La talla fue encontrada por un pescador de Cambrils en la desembocadura del Ebro y desde entonces es la patrona de la cofradía de pescadores.Mi cuñada, natural de San Martín del Río y con ciertos conocimientos del santoral, no pudo evitar pensar en voz alta:-	Porque dice usted que es la Virgen del Carmen, si no, juraría que se parece a san Isidro Labrador.                                    ------------------------------------- Si sale con barbas, san Antón y si no, la Purísima Concepción					Proverbio popularJCMartin</description>
      <pubDate>Wed, 15 Jun 2005 19:20:45 +0100</pubDate>
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