
El número de Dios: el amor en tiempos de las catedrales
“El número de Dios” es una novela sobre la luz. La luz de las catedrales góticas que rasgan las paredes y sustituyen los muros del románico por las vidrieras policromadas e inundan los templos de una claridad desconocida. La luz que anuncia una nueva religiosidad, una nueva relación del hombre con dios. Es el alumbramiento de una nueva época, un período de claridad, el siglo XIII, en el que la mujer encontrará un lugar al sol. Este período conocerá un protagonismo de la mujer como no se verá hasta el siglo XX. Una época en la que nos encontramos mujeres que trabajan en la construcción de las catedrales góticas, como la protagonista de la novela Teresa Rendol, pintora y cátara. Una mujer que trabaja y ama en pie de igualdad con los hombres, que dispone de su vida y de su sexualidad libremente.
El número de Dios es la secreta proporción que manejan los constructores de catedrales para erigir los prodigiosos templos góticos, que permite “imitar a Dios” levantando edificios de una altura y esbeltez imposibles hasta ese momento. El valor numérico de esta razón, que se simboliza con la letra griega “ phi” (), es 1+5/2= 1,61803...., magnitud del rectángulo áureo, donde la base partida por la altura será “el número de Dios”.
Sin embargo, no es más que una técnica constructiva, que se transmite de generación en generación entre los miembros del gremio. La narración evita entrar en el campo del esoterismo o la numerología, tan de moda, en la novela histórica actual. La novela no es una nueva vuelta de tuerca de conspiraciones de secretas sociedades, de fabulaciones misteriosas; no es, para entendernos, un nuevo “ Código da Vinci”. La obra se mantiene siempre dentro de la recreación históricamente documentada.
La novela descansa sobre un gran fresco de la época, donde como un ruido de fondo, aparecen las cruzadas, la Reconquista, movimientos heréticos como los cátaros, la incipiente Inquisición; grandes figuras históricas como Leonor de Aquitania, que por momentos parece el “ alter ego” de Teresa Rendol o las luchas por el poder en los reinos cristianos.
Es, también, una luminosa historia de amor entre Teresa y Enrique Rouen, maestro de obra de las catedrales de Burgos y León. Un amor pleno de pasión que crece a la par que los muros de las catedrales que construyen hasta apoderarse de la novela. Un amor que no conocerá otro límite que la conciencia, la obediencia cátara de Teresa. Estas creencias, más heredadas que propias, y la imposibilidad de descendencia hacen que sus caminos si bifurquen. O no... Tal vez el amor perviva entre los muros de las catedrales que ambos construyen. Acaso el amor y su obra se fundan en su vocación de permanencia como la muestra más sublime de espiritualidad del ser humano.
Como en todas sus novelas, el autor se impone el rigor histórico, los personajes son reales, salvo Teresa que, creación de ficción, tiene la verosimilitud de los grandes personajes literarios. A su lado, el resto se nos antoja como figuras corales al servicio de la heroína.
La novela es un material precioso para conocer el arte gótico, las técnicas de construcción de las catedrales, la pintura al fresco o la fabricación de las vidrieras. Permite un acercamiento a los grandes acontecimientos de la época, lo que constituye un aliciente adicional para leerla.
Para acabar una curiosidad: en la página 254 se refiere un episodio donde se pone de manifiesto la “ relajación de costumbres” del clero de la época. Es un sucedido real que se produjo en Daroca y que el autor recrea situándolo en Burgos. Pero para saber más habrá que leer la novela.
JCMartín